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La divulgación extraterrestre como Gran Engaño: Cómo la guerra psicológica OVNI busca abolir Estados e imponer una tecnocracia gnóstica.

Por José Luis Preciado.

La bomba de desclasificación Ovni detonada por la Administración Trump no sólo tiene como objetivo distraer la atención de los estadounidenses (y del mundo) de los problemas actuales de EE.UU., tanto externos como internos, para convertirse en una «carta comodín” en las elecciones de noviembre. En su análisis «Demología en la Casa Blanca: Vance contra los ‘extraterrestres’» publicado por el Instituto Russtrat, Elena Panina documenta una escena política y teológica de singular extrañeza. Mientras la administración Trump desclasifica los llamados «archivos extraterrestres», un grupo de influyentes pastores protestantes, liderados por el obispo Alan Didio y el evangelista Perry Stone, fueron convocados por representantes gubernamentales a una remota casa en las montañas de Tennessee. El propósito: discutir cómo mitigar el impacto de unas revelaciones que, según advierten, podrían presentar la Biblia como un «mito» y hacer que los creyentes abandonen la fe cristiana. En otro ámbito de este mismo espectro, el vicepresidente J.D. Vance —autoproclamado «fanático de los OVNIs»— zanjó la cuestión con una contundente declaración demonológica: «No creo que sean extraterrestres. Creo que son demonios». La congresista Ann Paulina Luna, por su parte, ofreció una tercera vía, vinculando a estos seres con los Vigilantes del Libro de Enoc y acuñando el término «seres interdimensionales». Esta cacofonía de voces —pastores alarmados, un vicepresidente que exorciza, una congresista que reinterpreta la tradición judía— no es el síntoma de un debate genuino sobre la naturaleza de lo desconocido, sino la superficie fracturada de una operación de guerra psicológica OVNI orquestada durante más de un siglo para un único y ambicioso fin: la abolición del cristianismo y su sustitución por una nueva religión gnóstica de dioses cósmicos, misterios iniciáticos y dominación tecnocrática.

Para comprender la magnitud de este engaño multigeneracional, es necesario remontarse a la génesis del complejo militar-industrial de inteligencia angloestadounidense. En su ensayo «La Nueva Era de los Hechiceros: OVNIs, MK Ultra y la Guerra Fría», el historiador revisionista Matthew Ehret desvela cómo la actual campaña de “divulgación” es la culminación de un plan trazado por los gestores científicos del moribundo Imperio Británico del siglo XIX. Figuras como Thomas Huxley y su protegido H.G. Wells no solo sentaron las bases de un darwinismo social aplicado a la humanidad, sino que Wells, en particular, concibió la ciencia ficción como un arma de guerra cultural. Su idea seminal —humanidad unificada bajo un gobierno mundial por el miedo a una invasión alienígena— era el vehículo perfecto para una nueva mitología. Los discípulos de Wells materializaron esta visión en la ciencia del control cibernético, en el Proyecto Manhattan y en los esfuerzos por establecer una Liga de Naciones como germen de un Nuevo Orden Mundial. El año 1947 fue el detonante: con la creación de la CIA y la firma del acuerdo de señales UKUSA, comenzaron los cientos de avistamientos de OVNIs sobre bases militares estadounidenses y británicas. Lejos de tratarse de naves interestelares, eran prototipos humanos de tecnología avanzada, fruto de la ciencia secreta nazi absorbida por la Operación Paperclip. Científicos como Viktor Schauberger, cuyos diseños de discos voladores por implosión fueron robados y clasificados, son la prueba de un conocimiento tecnológico enterrado bajo un manto de secretismo. La estrategia de las comisiones oficiales, como el Proyecto Grudge y el Proyecto Libro Azul, fue deliberadamente dual: ridiculizar a los testigos con explicaciones absurdas mientras se filtraba a la prensa, a través de magnates como Henry Luce, la fascinante idea de que esos objetos eran «dispositivos artificiales, operados por una alta inteligencia no originaria de la Tierra». Lord Louis Mountbatten, tío materno del Príncipe Felipe (Duque de Edimburgo), arquitecto de la partición de la India y ferviente defensor de un gobierno mundial, fue uno de los primeros en promocionar esta narrativa, declarando que la llegada de alienígenas «podría resolver la guerra capitalista-comunista». El doctor Leon Davidson, un químico del Proyecto Manhattan, expuso esta operación con una fórmula que sigue siendo válida: CIA + ECM (Contramedidas Electrónicas) = OVNIs. La tecnología de simulación de radar, utilizada para crear «fantasmas» en las pantallas, no solo explicaba los avistamientos, sino que se convertiría en una herramienta de cambio de régimen, desde el proyecto VECTOR para confundir las defensas de Libia hasta el trágico derribo del vuelo 752 de UIA por parte de Irán, cuyos radares fueron engañados por señales falsas.

La operación de guerra psicológica OVNI, sin embargo, no se limitaba a ocultar tecnología avanzada; su objetivo final era la conquista y remodelación de la mente humana. Aquí es donde el proyecto MK Ultra, la infame iniciativa de control mental de la CIA, juega un papel central. Como documenta Ehret, Sir Henry Tizard —el mismo científico que supervisó el Proyecto Manhattan y el grupo de trabajo sobre OVNIs— presidió la reunión de 1951 en el Ritz-Carlton de Montreal que sentó las bases para el «lavado de cerebro» mediante drogas psicoactivas. Mientras la CIA y el MI6 desarrollaban y probaban LSD, psilocibina y DMT en ciudadanos desprevenidos, su ala de propaganda, encabezada por el magnate mediático y consumidor de LSD Henry Luce, se encargaba de glorificar estas sustancias como la llave a una nueva espiritualidad. El artículo de R. Gordon Wasson, vicepresidente de JP Morgan, titulado “En busca del hongo mágico”, publicado en Life en 1957, fue el detonante de la revolución contracultural. Financiado por los Rockefeller, este movimiento promovía un «paganismo científico», una religión politeísta basada en el sexo, las drogas y la abolición de la moral judeocristiana. Aldous Huxley, un agente cultural de esta operación, confesó a Timothy Leary que el único obstáculo para su «evolución» era la Biblia. Leary, a su vez, lo expresó sin ambages: las drogas que abren la mente a múltiples realidades conducen inevitablemente a un universo politeísta, preparando el terreno para la aceptación de un panteón de dioses alienígenas. Terence McKenna, patrocinado por Laurence Rockefeller, difundió la idea de que los alienígenas se comunican a través de las drogas, completando el círculo de una nueva gnosis psicodélica. La ironía de que la élite financiera y los aparatos de inteligencia fueran los principales patrocinadores de la «liberación» contracultural se perdió en una generación que, despojada de sus tradiciones, estaba lista para abrazar una nueva fe cósmica.

El arquitecto intelectual de esta nueva religión cósmica fue Carl Jung, un psiquiatra suizo, agente de la OSS y mentor del director de la CIA Allen Dulles. Lejos del científico neutral que nos han presentado, Jung era un ocultista, adorador del sol, que se veía a sí mismo como un hechicero destinado a «transformar a Cristo de nuevo en el dios adivino de la vid». Su libro “Los discos voladores: un mito moderno de cosas vistas en el cielo” no es un estudio científico, sino un manual de ingeniería social para crear un mito global. Jung comprendió que los OVNIs eran el arquetipo perfecto del «sí-mismo», una totalidad que unificaría las contradicciones de una humanidad escindida, preparando el camino para la Era de Acuario. Para Jung, los extraterrestres no eran seres físicos, sino dioses arquetípicos, una nueva encarnación del «Anthropos» o Hombre Primordial. Su descripción de la iniciación a los misterios mitraicos, donde el adepto se transforma en el «Dios León» (Deus Leontocephalus), revela el objetivo gnóstico: la apoteosis del hombre como animal divino, liberado del dualismo entre el bien y el mal. La posterior promoción de la hipótesis interdimensional por parte de ufólogos como Jacques Vallee —miembro confeso de la orden Rosacruz— y J. Allen Hynek no es más que la aplicación práctica de las tesis junguianas. Su libro “Pasaporte a Magonia. Del folclore a los platillos volantes”, que equipara a los extraterrestres con demonios, ángeles, hadas y elfos, es un intento de sincretizar todas las tradiciones espirituales bajo un mismo paraguas pagano, un paso crucial para la implantación de la nueva religión mundial. La revelación de que tanto Hynek como Vallee eran miembros de la Rosacruz —una secta gnóstica surgida de las cenizas de los templarios, dedicada a la magia sexual, la alquimia y el culto a Baphomet— debería ser suficiente para alarmar a cualquier cristiano.

Los herederos contemporáneos de esta tradición son los impulsores de la actual divulgación Ovni, cuyo modus operandi ha sido meticulosamente desenmascarado por los investigadores Paul y Phillip Collins en su serie «Engaño a través de la Revelación» y por la Dra. Heather Lynn en su ensayo «¿Ya estás cansado de los ‘Aliens’? De eso se trata”. Señalan a Leslie Kean, la periodista que lanzó a la fama a los «denunciantes» David Grusch y Luis Elizondo, como descendiente de una dinastía política vinculada a la farsa de la Comisión del 11-S y al petróleo saudí. Su tío, Thomas Kean, presidió la comisión que exoneró a Arabia Saudí a pesar de sus evidentes vínculos con el financiamiento del terrorismo, un caso que revela cómo las élites dinásticas protegen sus intereses. La propia Kean, junto con el New York Times, publicó en 2017 un artículo que presenta a Elizondo como el director del misterioso programa AATIP, una afirmación que el Pentágono desmintió categóricamente, declarando que Elizondo «no tenía responsabilidades» con dicho programa. El historial de Elizondo es una maraña de conexiones con el llamado estado profundo: su padre luchó en la fallida invasión de Bahía de Cochinos junto al agente de la CIA E. Howard Hunt, un hombre que pasó sus últimos días confesando su implicación en el asesinato de Kennedy y que utilizó la desinformación OVNI para desviar las investigaciones. Esta red, que incluye la histórica alianza entre la CIA y el New York Times documentada por Carl Bernstein —donde el editor Arthur Hays Sulzberger firmó un acuerdo secreto para proporcionar cobertura a diez agentes de la Agencia— forma un entramado de ingeniería social cuyo propósito es elevar a charlatanes bien conectados al estatus de «expertos» para manipular a la opinión pública. La compra de la Granja Skinwalker por el multimillonario Robert Bigelow, un centro de operaciones oculto donde el Instituto Nacional para la Ciencia del Descubrimiento (NIDS) realizaba experimentos humanos —incluyendo sesiones con tableros ouija, análisis de fluidos corporales y «escáneres cerebrales» sin consentimiento— bajo la fachada de la investigación científica, es la prueba fehaciente, como advierte la Dra. Lynn, de que la línea entre la ciencia, el ocultismo y la inteligencia se ha disuelto en el corazón de esta operación.

La pregunta que enfrenta la cristiandad, resumida en el tenso diálogo entre el vicepresidente Vance, que ve demonios, y los pastores de Tennessee, que temen por la fe de sus feligreses, no es si los entes son extraterrestres o demonios. Como argumenta la Dra. Heather Lynn, el debate binario es la trampa, una «creencia de lujo» que nos distrae de la verdadera cuestión: quién controla el nombre. Nombrar es poseer. Vance, al llamarlos demonios, se alinea con la tradición cristiana, lo que reforzaría la fe en lugar de destruirla. La élite que orquesta la «revelación» no quiere eso. Tampoco quiere que se les nombre como extraterrestres físicos, porque eso requeriría pruebas materiales que no existen. Quiere que se les nombre como «seres interdimensionales», una categoría gnóstica que disuelve la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, que normaliza el contacto con otras «realidades» y que legitima una nueva era de paganismo tecnocrático. El proyecto Galileo de Harvard, que ha vinculado a Elizondo con el físico Avi Loeb, es la punta de lanza académica de esta operación, promoviendo una teología donde los alienígenas son «dioses» que podrían ser una «buena aproximación a Dios», financiada por el empresario cripto Charles Hoskinson, un visitante del Foro Económico Mundial que sueña con un mundo vigilado por la cadena de bloques y la identificación digital obligatoria. La fatiga que el público siente ante el interminable ciclo de noticias, audiencias y «filtraciones» no es un subproducto accidental, sino el objetivo deliberado de la estrategia de la «manguera de fuego de falsedades» descrita por teóricos de la ingeniería social como Cass Sunstein: una población adormecida que ha dejado de preguntarse quién produce la pantalla es una población que ha dado su consentimiento desinformado. Mientras la administración Trump detona su «bomba informativa», los pastores de Tennessee tienen razón en su advertencia: la «Gran Revelación» que se avecina es, en realidad, la «Gran Mentira». Su propósito final no es la verdad, sino la abolición de las naciones-Estado, la aniquilación del cristianismo y la instauración de un gobierno mundial, regido por una casta sacerdotal de «hechiceros modernos» que ofrecerán, como nuevo opio para el pueblo, una religión de misterios interdimensionales, inteligencia artificial y alienígenas. El deber del cristiano, entonces, no es debatir la naturaleza ontológica de los entes, sino denunciar la operación de guerra psicológica OVNI que busca secuestrar su fe.

Fuentes consultadas:

Elena Panina, «Demología en la Casa Blanca: Vance contra los ‘extraterrestres’», Telegram, Enlace, citando declaraciones de Perry Stone, Alan Didio, J.D. Vance y Ann Paulina Luna. 6 de mayo de 2026.

Matthew Ehret, «The New Age of the Sorcerers: UFOs, MK Ultra and the Cold War», Matt Ehret’s Insights (Substack), 9 de mayo de 2026. https://matthewehret.substack.com/p/the-new-age-of-the-sorcerers-ufos

Paul y Phillip Collins, «Deception Through Disclosure Part 2: More Spooks, Complicit Media, and Deep State-Sponsored Fringe Science», citando a Leslie Kean, Luis Elizondo, y las fuentes de The Intercept, The New Yorker y The New York Times.

Heather Lynn, «Tired of the ‘Aliens’ Yet? That’s the Point», Dr. Heather Lynn Substack. https://drheatherlynn.substack.com/p/tired-of-the-aliens-yet-thats-the

Carl Bernstein, «The CIA and the Media», Rolling Stone, 20 de octubre de 1977.

Keith Kloor, «The Media loves this UFO expert who says he worked for an obscure Pentagon program. Did he?», The Intercept, 1 de junio de 2019.