Cultura

Liliput queda más cerca de lo que creemos

Hace tres siglos, Jonathan Swift convirtió un huevo, una isla
volante y unos caballos racionales en una sátira implacable de la
humanidad.

Por: Marcos Jacobo Suárez Sipmann.

A finales de octubre de 1726 apareció en Londres un libro que
prometía viajes extraordinarios y escondía una acusación contra la
humanidad. Su autor, Jonathan Swift, publicó la obra bajo el
nombre ficticio de Lemuel Gulliver. Bajo ese título, Travels into
Several Remote Nations of the World, se escondía algo bastante
menos tranquilizador: una sátira de la política y la condición
humana. Tres siglos después, el texto sigue vigente.
Al igual que su contemporáneo Daniel Defoe, Swift fue escritor y
periodista político. Es curioso que ni Robinson Crusoe ni Los
viajes de Gulliver estuvieran concebidos originalmente para el
público infantil. La posteridad acabó convirtiendo ambas obras en
clásicos juveniles, a menudo al precio de suavizar sus aristas.
Donde los niños encontraron aventuras, los adultos de 1726
podían reconocer disputas partidistas, ambiciones imperiales y
vanidades intelectuales.
Pese a estas similitudes, Defoe y Swift estaban en las antípodas.
Defoe, defensor activo de la ética puritano-burguesa, concibió con
Robinson el himno de una clase en ascenso: ambiciosa y
optimista. Su personaje trabaja, organiza, calcula y transforma la
adversidad en oportunidad. Robinson vuelve de su aislamiento
convencido de sus capacidades; Gulliver regresa de sus viajes
cada vez menos convencido de las de su especie.
Swift no observaba el poder desde una posición ajena a sus
contradicciones. Nacido en Dublín, pertenecía a la minoría
protestante angloirlandesa y ocupó un lugar destacado en la
Iglesia de Irlanda. Desde esa posición denunció decisiones de
Londres que consideraba abusivas, entre ellas la concesión a
William Wood de una patente para acuñar moneda de cobre

destinada a Irlanda. Contra el proyecto escribió sus célebres
Cartas del pañero. Su relación con Inglaterra no fue la de un
observador neutral: conocía sus instituciones desde dentro y
padecía las consecuencias de sus decisiones sobre Irlanda.
Liliput: guerras mínimas
En su primer viaje, Gulliver naufraga en Liliput, donde unos
habitantes de apenas quince centímetros lo atan mientras duerme.
La diferencia de tamaño produce escenas cómicas, pero la sátira
pronto apunta a objetivos más serios. Liliput mantiene una guerra
con la vecina Blefuscu por una cuestión que, vista desde fuera,
roza el delirio: de qué extremo debe romperse un huevo cocido.
La disputa tiene antecedentes religiosos, divisiones políticas y
consecuencias mortales.
Swift conocía bien los mecanismos de la política de su tiempo: las
intrigas cortesanas, la lucha entre facciones y la facilidad con que
una discrepancia se convierte en prueba de lealtad. En Liliput, los
cargos se disputan saltando sobre una cuerda y las discrepancias
sirven para distinguir a los fieles de los sospechosos. La política
no necesita gigantes para resultar grotesca.
La metáfora ha encontrado una aplicación centroamericana
concreta. En 2012, Juan Carlos Fernández Saca publicó un
estudio sobre el conflicto territorial entre Nicaragua y Costa Rica
titulado “El permanente conflicto entre Liliput y Blefuscu”. Su
análisis aborda las disputas entre ambos países y sus efectos sobre
la integración regional. No es una profecía de Swift, sino una
lectura posterior de la vigencia de su sátira.
Los conflictos fronterizos responden a intereses reales y
problemas complejos. Precisamente por eso conviene desconfiar
de quienes los reducen a una lucha entre buenos y malos o los
prolongan porque retroceder tendría un coste político. Swift no
explica todas las disputas, pero retrata un mecanismo persistente:
llega un momento en que defender el orgullo importa más que
resolver aquello que originó el conflicto.

Brobdingnag: mirar desde abajo
En el segundo viaje, la suerte de Gulliver cambia. Llega a
Brobdingnag, tierra de gigantes, donde él mismo se convierte en
una criatura diminuta, exhibida y manipulada. Lo que en Liliput
le había otorgado una superioridad física se transforma ahora en
vulnerabilidad. Swift cambia la escala y, con ella, el juicio: quien
se creía superior descubre lo que significa ser observado desde
arriba.
El rey de Brobdingnag escucha las explicaciones de Gulliver
sobre las instituciones, las guerras y la historia de Europa. La
descripción que recibe no despierta admiración, sino rechazo. El
viajero, orgulloso de los logros de su continente, termina
ofreciendo involuntariamente el inventario de sus crueldades. El
supuesto observador civilizado termina siendo el observado.
Para una región acostumbrada a medirse con potencias mayores,
la escena plantea una pregunta: ¿quién fija la medida del éxito y
desde dónde se juzga un país? El tamaño económico, la influencia
internacional o la capacidad militar no agotan el valor de una
sociedad. Tampoco la condición de país pequeño garantiza virtud,
del mismo modo que el poder no demuestra por sí solo sabiduría.

Laputa: ideas en el aire
El tercer viaje conduce a Gulliver a Laputa, una isla volante
habitada por personas entregadas a las matemáticas, la música y
las especulaciones abstractas. Más adelante conoce en Balnibarbi
a quienes desarrollan proyectos disparatados en la Academia de
Lagado: pretenden extraer rayos de sol de los pepinos, ablandar
mármol para fabricar almohadas o recuperar alimentos de los
excrementos. Swift no se burla del conocimiento, sino de los
proyectos que confunden la extravagancia con el progreso.
Swift escribe en una época de intensas transformaciones
científicas e intelectuales. Su sátira se dirige contra la
investigación desligada de las necesidades humanas, las teorías

que no soportan el contacto con la experiencia y los expertos
incapaces de advertir las consecuencias de sus experimentos.
La analogía con la Centroamérica contemporánea puede
plantearse en términos de desarrollo y gestión pública. Los
grandes planes, las reformas y las promesas de modernización
importan. Su valor depende de que mejoren la vida cotidiana. Un
plan no construye carreteras ni mejora escuelas por el mero hecho
de estar bien redactado. Entre el anuncio y el resultado media un
territorio que no se atraviesa con discursos. Laputa vuela por
encima de él.

Houyhnhnms: ¿razón sin humanidad?
En el cuarto y último viaje, Gulliver llega al país de los
houyhnhnms, caballos dotados de razón, que viven con una
serenidad y una disciplina moral que contrastan con los yahoos,
criaturas humanas representadas como brutales, codiciosas y
dominadas por sus apetitos. Los caballos encarnan la razón; los
humanos, los instintos que prefieren atribuir a las bestias.
Gulliver se siente fascinado por ese orden. Al regresar a
Inglaterra, le cuesta soportar la compañía de sus semejantes y
llega a preferir la de los caballos. Swift no se limita a denunciar la
hipocresía de los poderosos o las extravagancias de los
intelectuales; pone en cuestión la confianza de la humanidad en su
propia superioridad moral.
El orden, la seguridad y la eficacia son aspiraciones legítimas,
pero no bastan para definir una sociedad justa. La razón necesita
compasión; la organización, un lugar para quienes no encajan en
sus reglas. Los caballos de Swift parecen ofrecer una solución,
hasta que el propio Gulliver convierte su admiración en una forma
de rechazo a sus semejantes.

El regreso
Defoe y Swift siguen viajando en direcciones opuestas. Robinson
reconstruye el mundo con sus manos y conserva la confianza en el

orden que lleva consigo. Gulliver descubre que el saber puede
extraviarse y que la razón no siempre corrige los defectos
humanos. Uno confía en lo que el hombre puede hacer; el otro
sospecha de lo que hace con su poder.
No hace falta convertir Centroamérica en Liliput, ni a sus
gobernantes en personajes de una fábula inglesa. Swift no conoció
El Salvador ni escribió para sus lectores. No necesitaba hacerlo:
sus mundos imaginarios permiten reconocer una tentación
universal, la de magnificar nuestras diferencias, confundir los
proyectos con sus resultados y tomar nuestras virtudes por
verdades indiscutibles.
Quizá esa sea la mayor distancia entre Robinson y Gulliver. El
primero regresa a casa con la convicción de que el mundo puede
rehacerse; el segundo, con la sospecha de que antes habría que
revisar a quienes pretenden gobernarlo. Tres siglos después,
ambas preguntas siguen en pie: qué somos capaces de construir y
qué deberíamos cambiar de nosotros mismos antes de hacerlo.