El baile de las cifras de la dictadura: EL TIRO POR LA CULATA.
Por: Mauricio Manzano.
El anuncio inicial del dictador de liberar hasta el 50% de colaboradores de pandilleros, y reducirla de repente a 10 mil, es la prueba definitiva de que la estrategia del régimen ha entrado en una fase de miedo y cálculo desesperado. Pasar de anunciar la liberación de al menos el 50%, más de 45,000 reclusos, y reducirla a 6,000 o 10,000 «colaboradores ocasionales» no es un ajuste técnico; es el síntoma inequívoco de un poder que midió mal el agua de la piscina y sintió que se ahogaba con su propia jugada. Estas contradicciones no ocurren por accidente. Revelan las costuras rotas de una narrativa que se tambalea.
Analicemos qué significa este repentino frenón y retroceso:
En primer lugar, el Dictador tuvo miedo a un colapso social de repudio.
¿Por qué reducir la cifra de golpe de 45,000 a 10,000? Cuando el Dictador lanzó la cifra inicial de los más de 45,000, el régimen calculaba que la sociedad lo recibiría con aplausos pasivos, viendo la medida como un acto de generosidad del Mitómano. Pero ocurrió lo contrario: la noticia desató una marea de indignación y exigencias legítimas. Familias enteras, organizaciones y ciudadanos en redes sociales empezaron a preguntar por los demás, a exigir la libertad de los verdaderos inocentes y a evidenciar el abuso de las capturas arbitrarias.
Al percatarse de que abrir la puerta de esa manera implicaba admitir públicamente que las cárceles estaban repletas de decenas de miles de personas detenidas sin pruebas contundentes, el Dictador entró en cortocircuito. Reducir el número a 6,000 o 10,000 es un intento desesperado por disminuir el daño, buscando liberar solo a los casos donde el riesgo político sea menor, manteniendo el resto del sistema de opresión intacto.
En segundo lugar, la improvisación del Dictador fue un fallo de libreto.
En un gobierno verdaderamente institucional, una medida de excarcelación masiva pasa por filtros técnicos, judiciales, criminológicos y de seguridad pública antes de ser anunciada al país.
El hecho de que se lancen cifras de esta magnitud y luego se corrijan en cuestión de horas demuestra que no hay una política de Estado seria detrás, sino politiquería de reacción. El régimen gobierna al ritmo de las encuestas, del pulso de las redes sociales y del miedo a perder el control del relato. Si la reacción es negativa o amenaza su popularidad, improvisan un retroceso.
Por último, la confesión del Dictador es la evidencia del abuso.
Independientemente de que sean 45,000 o 10,000, esta contradicción encierra una confesión que ningún opositor podría haber formulado mejor: el reconocimiento de la arbitrariedad. Al aceptar que hay miles de «colaboradores ocasionales» que sí pueden ser devueltos a las calles, el propio gobierno está admitiendo que metió a la cárcel a una masa gigante de personas cuya culpabilidad era, en el mejor de los casos, dudosa o irrelevante. Si eran «terroristas irrecuperables» que ponían en peligro la existencia de la nación, era la justificación de las prórrogas eternas del régimen de excepción, ¿cómo se atreven ahora a soltar a miles de ellos por un simple cambio de criterio administrativo?
En resumen. La contradicción del Dictador en sus propias cifras, y el retroceso ante las exigencias de la opinión pública, deja de proyectar la imagen del líder omnipotente y comienza a mostrar el rostro frágil de un político acorralado por sus propias mentiras. Es obvio, que le salió el «tiro por la culata», se convirtió en un eco ensordecedor que demuestra que la propaganda ya no logra tapar el sol con un dedo. Y que las mentiras le están pesando demasiado para seguir cargándolas.
