Cultura

¿QUÉ HORA ES EN LA LUNA?

Por: Manuel Alcántara Sáez.
Habían pasado la tarde charlando animadamente. Hacía tiempo que no urdían un encuentro con tiempo suficiente para conversar pues la vida les conducía por caminos separados. Sus viejos lazos, la devoción que se profesaban y la convicción de que sería un momento intenso vaticinaban un encuentro feliz. El entorno envuelto por una luz cálida, pero amortiguada por las nubes que encapotaban el cielo los acompañaba. Sus palabras fluían al son de las manos cuyo lenguaje las acompasaban. Entrecruzaban miradas fugaces, profundas. La placidez del valle y la brisa meciendo al arbolado contribuían a amortiguar el impasse de los breves silencios gestados en la plática. Tras el repaso a lo vivido en los últimos tiempos siguieron las preguntas por las amistades comunes, por los seres queridos. Después vino la zozobra por el futuro.Recordaron que tras la banalidad inicial siempre les encantó adoptar un aire intelectualoide y provocarse concitando asuntos complejos, contradictorios, a veces esotéricos. Había llegado el momento de ello. Se interrogaron sobre el sentido del último sueño que habían tenido y que recordaban. Sobre el valor de la conciencia individual en contextos de profunda diversidad. Se sorprendieron ante su desconocimiento acerca del funcionamiento de todos aquellos artilugios que invadían la cotidianidad. Asumieron el colonialismo simbólico en que vivían. Se agobiaron frente al progreso acelerado del mundo digital. Divagaron. Se sentían felices.


¿De dónde surgió aquella pregunta insólita acerca de la hora lunar? Se habían formulado muchas otras que se respondieron entre dientes o, simplemente, se ignoraron. El debate que tuvieron acerca de la reivindicación de un alto mandatario estadounidense de la figura de Hernán Cortés y de su reclamación como descendiente de españoles resultó interesante. Coincidieron en lo extraño del momento en que vivían donde se daba el renacer de una modernidad sólida buscando anclarse en un pasado que parecía haberse desvanecido. Hasta que aquel enunciado, provocado por la aparición ya al final de la tarde de una luna blanquecina sobre una de las colinas, se verbalizó. ¿Qué hora es en la luna?La ironía de la vida hizo que esa no fuera una pregunta retórica pues acaban de saber que muy recientemente se había sometido a votación en Versalles la cuestión de la definición de una escala del tiempo lunar de referencia internacional. El tema se había abordado durante la 28ª Conferencia General de Pesos y Medidas, una asamblea que reunía a 69 estados miembros y que se celebraba cada cuatro años para tomar decisiones relativas al Sistema Internacional de Unidades y a la medición del tiempo.El asunto, aunque pudiera ser filosófico, era tanto físico como geopolítico: el campo gravitatorio más débil de la luna modificaba la forma en que transcurría el tiempo en comparación con la tierra —un reloj lunar se adelantaba unos 56 microsegundos al día—. La definición de una escala de tiempo lunar iba a proporcionar así una referencia cronométrica a las naves espaciales lunares y a los satélites, que requerían una precisión extrema para sus misiones. Una cuestión muy relevante en la carrera por el control espacial por parte de las potencias mundiales.



Fue un relámpago, un fogonazo que le retrotrajo a aquella mañana del invierno parisino cuando después de pasear por el jardín de Luxemburgo deambulaba por la calle que bordea el Senado. Allí, en los soportales, descubrió la lápida que conmemoraba la decisión de la Asamblea que a finales del siglo XVIII había determinado el significado del metro como unidad de medición. La vara emplazada en la pared encuadrada en el memorial invitaba a ser calcada para su uso popular. Una circunstancia que tantas veces usaría en sus clases como ejemplo a la hora de explicar el valor de los índices como elementos fundamentales en cualquier proceso de cuantificación de la realidad. Ahora, sin embargo, estaba confundido. Calló.De pronto, sintió que la conversación mantenida se relegaba a un rincón de su existencia. En el ocaso del día aparecían ideas en penumbra que se iluminaban poco a poco gestándole dudas que animaban su silencio. En su cabeza le resonaba la idea de que el sol y la luna se respetan como lo hacen el día y la noche. También que frente a la disyuntiva de innovar o morir se hacía necesario replantear el concepto de innovación para acentuar la idea de retracción, de volver a valorar algo que había sido sumido en la negligencia. ¿El futuro estaba en el pasado? ¿Definir la hora en la luna era un acto innovador? Si era así, había que avanzar en el proceso y plantearse más preguntas: ¿cómo debería relacionarse la hora lunar con la de la tierra? Más aún, ¿qué hora sería en el sol?


Abandonar esas pretensiones intelectuales y centrarse en algo más prosaico era quizá la alternativa. Como siempre le había pasado. Se imponía volver a la conversación. Cabalgar sobre los recuerdos y las emociones compartidas. Pero ya había anochecido y la luna llena esplendorosa dominaba la escena. No quería pensar en aquel reto científico abordado de modo asambleario por una parte de la comunidad internacional.Por eso evocó aquella historia que le contó su abuelo. La luna escondía un secreto que cada grupo humano había interpretado a su guisa durante el devenir de los tiempos. Lo guardaba la cara oculta. Era la maquinaria que impulsaba su movimiento y que también cambiaba periódicamente su iluminación. Cuando comenzaron los viajes lunares las fotografías de aquel costado habían desvelado palmo a palmo su superficie. No había artefacto alguno. La decepción lo afectó durante años y ahora se preguntaba, si entonces fue así, ¿qué importancia tenía hoy saber la hora en la luna?