EL ASIENTO VACÍO.
Por: Manuel Alcántara Sáez.
| Lleva todo el día sentada. Los dolores solo desaparecen fugazmente para volver enseguida a adueñarse de su cuerpo. Dice que el sillón no es cómodo, pero ha probado otros con peores resultados. Tampoco sirven de nada los analgésicos. A su vera hay un sofá de tres plazas siempre disponible en el que a veces se recuesta. El conjunto compone una imagen de placidez impostada que da pábulo para elucubrar distrayendo así la atención que mitiga su padecimiento. Hoy ha centrado su observación comparando las sillas que se sitúan en torno de la mesa de comer a las que con frecuencia cambia de sitio con la inmovilidad del tresillo siempre en el mismo rincón. Elucubra con palabras que son sinónimos: butacas, asientos, sillas, poltronas. Piensa que cuando era niña en las noches de verano sus mayores sacaban las sillas a la calle para tomar el fresco y compartir una tertulia con los vecinos hasta la medianoche. Recuerda que la primera vez que fue al cine con sus padres le hablaron acerca de la fila de butacas en la que debían sentarse y más tarde supo que cuando viajaba en un transporte público debería ceder siempre su asiento a las personas mayores y a las mujeres embarazadas. Las tumbonas, las hamacas servían para que su padre se echara la siesta. Constituían una pequeña ristra de palabras con un sentido final idéntico que, no obstante, cada una parecía ser apropiada para situaciones diferentes. Su atención se centra ahora en asiento, el término indudablemente más próximo a la acción de sentarse. Una palabra que se vincula además con cierta inmovilidad, con una expresión de quietud. Frente a las sillas que se desplazan los asientos parecieran determinar una situación de fijación. Por otra parte, mientras que las sillas permiten acomodarse a los deseos de proximidad a alguien deseado de quien va a sentarse, los asientos condenan a convivir con compañías no siempre deseadas, pero también facilitan la reserva para la persona que se quiere que comparta la escena. La silla vacía puede hacerse desaparecer acomodándose el escenario a las personas que están presentes, de manera que al rato nadie recuerda que estaba allí. Por el contrario, el asiento vacío puede llegar a ser testimonio permanente de una anomalía que no es fácil reparar.Hace poco una amiga le ha contado que tuvo un desencuentro curioso con motivo de una cita fallida para cenar en un restaurante. Había quedado en uno que pertenecía a una de las cadenas de moda surgidas recientemente. La cita había sido formulada de manera muy sucinta y se le había escapado la coletilla que precisaba el lugar concreto del famoso restaurante. Ella asumió que se trataba del más próximo a su domicilio, pero resultó que su amigo le había propuesto el que se encontraba en su barrio, en un lugar distante de la ciudad. La hora del encuentro llegó y los dos se encontraron solos. La mesa solicitada al camarero para dos comensales mantuvo una silla vacía que permaneció así el resto de la cena porque cada uno comió por separado. La imagen patética de la silla vacía para ambos fue motivo de risas una vez que supieron del malentendido.La mañana ha avanzado y aunque ya es hora de la comida no tiene ganas de moverse. No solo no tiene apetito, sino que ahora se encuentra cómoda pues no tiene dolor alguno. ¿Por qué cambiar el escenario provocando innecesariamente el malestar que tan bien conoce? El caniche ha hecho su aparición. Parece reclamar atención que sin duda va a conseguir. Eso la entretiene un rato. La distracción se interrumpe al recibir una llamada que durante un breve lapso duda en contestar. Enseguida lo tiene claro. No lo hace. El aparato deja de sonar. Pero es una provocación suficiente para alterar su estado de ánimo. No es la primera vez que recibe esa llamada que nunca atiende Hacía tiempo de aquella historia. Habían planeado ir juntos a una ciudad costera que ambos conocían por motivos diferentes. Aparentemente les hacía ilusión compartir aquel bello y apacible lugar teniendo tiempo para pasear y charlar pues sus ocupaciones les distraían con frecuencia dificultando la existencia de espacios para una mayor intimidad. Él siempre se quejaba más que ella porque el trabajo la absorbía todo el tiempo siendo una esclava de sus responsabilidades. Compraron los billetes en una agencia aprovechando una oferta que les pareció interesante. Dos asientos juntos de ida y vuelta. Faltaban unas semanas para el viaje. Siguieron días de rutinas con compromisos esquivos. A veces mostraban indistintamente malas caras por situaciones que se calificaban de inexplicables. Al final, un ambiente hosco, como ya había ocurrido otras veces, se apoderó de su relación.Ella hoy vuelve a imaginar el momento en que él tomó la decisión de quedarse en casa. Debió ser en el último minuto o quizás no. Se figuró lo que debería ser para él un sinsentido de viaje tras leer un artículo en su medio favorito relativo a la dependencia en las relaciones de pareja, a las renuncias que exigían y al constante ejercicio de empatía requerido para que fluyeran mínimamente y tuvieran expectativas de supervivencia. Supo que ella estaba dispuesta para acarrear con todo, pero dudaba que él estuviera en la misma línea. No quiso hablarlo. Aunque jamás lo conversaron pues su relación se quebró irremisiblemente. Ella todavía recuerda con un escalofrío la escena de su espera solitaria en la sala, el embarque a la hora señalada y la ocupación del lugar que tenía asignado en su billete. Lo que nunca supo interpretar, por más elucubraciones que hizo cuando se cerraron las puertas y se inició el viaje, fue el significado que tendría en su vida a partir de ese momento aquel asiento vacío a su vera. |
