LA NARRATIVA DEL CONTROL. Resumen del «manual» que usa Bukele.
POR JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
“La narrativa del control” es un ensayo de divulgación conspirativa. El autor enlaza teorías, hechos históricos y casos supuestamente prohibidos para sostener que vivimos bajo una narrativa diseñada para mantenernos controlados. La tesis del libro es que el mundo funciona como un guion: existiría un poder invisible que suprime tecnologías, manipula a las masas y castiga a quienes se apartan del relato oficial.
Según Magán, el control no es solo político y económico, sino también narrativo, científico, histórico y espiritual. Asier Magán es un escritor español que publica “La Narrativa del Control” en marzo de 2026. Su objetivo declarado es fomentar el pensamiento crítico. En esa línea, busca que el lector ponga en duda la versión oficial.
Para el autor, la dirección de nuestras vidas y de la sociedad no está dictada por fuerzas invisibles, sino por nuestro propio consentimiento perpetuado por hábitos, comodidad y miedo a desafiar lo establecido. El libro pretende que cada persona rompa con el “piloto automático”: que examine la información que consume a diario y recupere su autenticidad, para elegir su propio destino en lugar de seguir un camino impuesto.
En ese marco, la historia oficial y los relatos dominantes se convierten en herramientas de control social. La narrativa del poder se ejercería mediante ocultamiento, manipulación y miedo.
En la primera parte, el autor sostiene que ciertos avances que “no convenían” al sistema fueron “censurados”. Menciona, por ejemplo, a Nikola Tesla y la energía libre, los motores de agua y tratamientos médicos que no generan dinero de forma constante. Plantea que innovaciones e inventos fueron silenciados o ocultados para favorecer el statu quo energético e industrial. Así, el progreso real se frena para no romper el negocio de la energía, la farmacéutica y las patentes.
En la segunda parte, destaca que la deuda, los bancos centrales y la inflación no serían economía, sino esclavitud. El sistema financiero se presenta como un mecanismo de control social: la economía global sería una forma moderna de imponer una reinterpretación de los acontecimientos, bajo la lógica de intereses ocultos. Se trabajaría para pagar una deuda que nunca termina. En ese sentido, el sistema financiero actuaría como una “cárcel moderna” que somete a las personas mediante la deuda y la dependencia.
Magán afirma que el hundimiento del Titanic fue intencional. Según su relato, se pretendía eliminar a banqueros opositores a la creación de la Reserva Federal. El autor interpreta este episodio como una operación destinada a imponer el sistema financiero contemporáneo.
En la tercera parte, sostiene que el cine es una herramienta de programación: vendería una cultura que normaliza la violencia, el sexo y los valores del propio sistema. El control de masas se justificaría a partir de tres pilares: el cine, los programas reales de control mental y el miedo. Entre los programas de control mental menciona el MK Ultra de la CIA. Para crear ciudadanos obedientes se emplearían drogas, traumas, medios de comunicación y cultura pop. Además, el miedo funciona como una herramienta que legitima guerras, violencia y la pérdida de libertades, aplicándose mediante la fórmula Problema–Reacción–Solución.
En la cuarta parte, el autor plantea que la ciencia cruza límites éticos en secreto para crear una humanidad “mejorada” y manejable por las élites. El mecanismo sería la clonación, la eugenesia y el transhumanismo. Las élites “serían como Dios”, de modo que cruzarían esos límites en secreto mediante manipulación genética.
En la quinta parte, Magán denuncia que el Tratado Antártico serviría para ocultar información. Ahí habría zonas prohibidas, mapas imposibles —como el de Piri Reis—, bases nazis y civilizaciones bajo el hielo. Señala que existen límites vedados al mundo en la Antártida, gigantes y civilizaciones perdidas, y retoma la teoría del “alunizaje fingido” como posible explicación de la llegada a la Luna. Del mismo modo, afirma que la historia oficial borraría razas y tecnologías antiguas asociadas a pirámides, gigantes y a Tartaría.
En la séptima parte, el autor sostiene que periodistas y denunciantes de irregularidades mueren o desaparecen por saber demasiado. Según esta visión, habrían sido silenciados tras revelar información sensible.
En la octava parte, afirma que la sanación fuera del sistema está prohibida, porque si curar fuera fácil y barato se pondría en riesgo la industria farmacéutica. Por ello se vedan medicinas naturales, terapias energéticas y de frecuencias. En consecuencia, medicinas y terapias alternativas serían reprimidas por la industria farmacéutica. El autor también describe cómo las élites operarían en la sombra a través de sociedades secretas. En esta interpretación, los presidentes no gobernarían: gobernarían esas sociedades. Estas redes se reunirían a puerta cerrada para decidir el guion.
En la novena y última parte, explica la programación predictiva o predicción simbólica de eventos futuros. Plantea que, a través de ella, las élites anticiparían lo que van a hacer mediante películas, series, símbolos y cartas, como el juego de cartas “Illuminati” de Steve Jackson.
En el epílogo, el autor presenta tres hilos que conectan el libro: el control narrativo, mediante el cual las élites crearían la realidad a través de medios de comunicación, cine y noticias; el control material, a través del endeudamiento que impediría pensar; y el control del conocimiento, ocultando tecnologías, historia y ciencia para que no existan alternativas al sistema. En conjunto, “La Narrativa del Control” cuestiona estructuras de poder, creencias heredadas y relatos oficiales que moldean la vida moderna. El control se sostendría mediante una combinación de conocimiento ocultado, sistemas estructurales y narrativa mediática.
El libro sostiene que las sociedades no solo se organizan por leyes y fuerza, sino también por aquello que se deja de saber y lo que se presenta al público como “real”.
El ensayo de Magán aborda mecanismos sistémicos, el miedo y la obediencia interiorizada a nivel general. El “bukelismo” se plantea como un caso para mostrar cómo un liderazgo puede canalizar esas dinámicas y transformar un país. El autor analiza cómo el miedo opera como catalizador para que las sociedades, a cambio de una supuesta sensación de seguridad, terminen auto gestionando su propia pérdida de libertades. Así, el miedo se convierte en una herramienta de control psicológico masivo.
La piedra angular del éxito político de Nayib Bukele sería la “Guerra Contra las Pandillas” y el régimen de excepción. El Salvador habría vivido durante décadas altos niveles de violencia. En ese contexto, la narrativa oficial capitalizaría el miedo extremo para justificar la suspensión de garantías constitucionales, la concentración de poder y el encarcelamiento masivo. De este modo, la población aceptaría el control estatal absoluto a cambio de paz física y supervivencia.
Magán sostiene que el sistema no se sostiene únicamente por la fuerza, sino también porque las personas interiorizan las reglas y prefieren obedecer antes que cuestionar las estructuras. En El Salvador, gran parte de la ciudadanía habría normalizado la erosión de los contrapesos institucionales bajo la narrativa de que “los políticos tradicionales destruyeron el país”, lo que permitiría justificar cualquier medida de control vertical.
El autor examina cómo los poderes dominantes moldean la percepción mediante el control de la información y la creación de relatos que atrapan el imaginario colectivo. Bukele destacaría a escala global por su maquinaria comunicacional: desplazó los medios tradicionales y monopolizó el relato mediante medios y redes sociales.
En última instancia, “La Narrativa del Control” explora por qué el mundo parece no cambiar pese a los deseos colectivos de transformación: se cambiaría de amo, pero no la estructura de dependencia. Bukele se erigiría en el imaginario popular como una figura mesiánica capaz de refundar la nación. Sin embargo, el “modelo Bukele” no eliminaría las estructuras de poder tradicionales, sino que las centralizaría en torno a una élite y a un liderazgo hiperpresidencialista.
El fenómeno salvadoreño no se explicaría solo por la fuerza policial y militar, sino por una arquitectura psicológica y comunicacional. El gobierno habría entendido que una sociedad sometida al trauma de violencia extrema estaría dispuesta a entregar el control político, la fiscalización y sus garantías, a cambio de un relato de orden, seguridad y esperanza redentora.
