Imágenes en cascada
Por: Manuel Alcántara.
Se dice que vivimos deprisa, que el aislamiento es el patrón de lo cotidiano, pero quizá lo más relevante sea el hecho de que, cada vez más, vivimos sitiados por imágenes. Es el gran cambio registrado en lo que llevamos de siglo desde que comenzamos a acumular retratos en los dispositivos digitales procedentes de nuestra frenética actividad fotográfica o de la abrumadora recepción procedente de las redes sociales que genera una cascada ilimitada de imágenes.
Si es cierta la afirmación de que una imagen vale más que mil palabras, las decenas de miles que nos acompañan constituyen una enciclopedia visual en permanente renovación. El pasado queda rápidamente enterrado y la avidez por lo que está a punto de llegar alumbra la incertidumbre de lo que va a acontecer de inmediato.

Se trata de una composición de la existencia muy diferente a la del pasado reciente. Los álbumes de fotos familiares, las colecciones de postales de giras turísticas enviadas por seres queridos son antiguallas guardadas en alacenas que nunca se abren. Solo el carrusel de imágenes que supuso el cinematógrafo mantiene cierta vigencia.
Mientras tanto, el accionar de quienes mandan se apodera del nuevo flujo que se retroalimenta por gustos, expectativas y ensoñaciones cuyo origen no es muy claro. De la supuesta candidez labrada desde nuestra infancia se pasa a la complacencia gestada por diferentes formas de publicidad que, de modo imperioso, encubren formas de comunicación o de divertimiento aparentemente neutrales y regidas por propósitos ingenuos.
Por ello, aunque las imágenes se guardan constituyendo un repertorio de recuerdos de lo vivido su vigencia se hace obsoleta muy rápidamente. Las nuevas sepultan a las anteriores convirtiendo tanto el contexto como a los personajes registrados en meros testigos de un tiempo remoto, aunque apenas fueran tomadas y guardadas hace apenas una semana. El día a día, más aún, la pulsión frecuente, medida en intervalos de minutos con la que se consulta el celular, determinan la cadencia de lo que suponemos que es real inundándonos momentánea y plenamente de una incierta sensación de satisfacción.
La posibilidad de que las imágenes se conviertan en una ideología, término confuso y tantas veces denostado, que imponga una nueva forma de ser no es una cuestión descabellada. Su fuerza es tan penetrante en el cerebro que doblega la de las palabras articuladoras de un relato elaborado al alimón con el pensamiento donde se vertebra desde el más puro raciocinio hasta el sueño de la razón. Por ello, viejas preguntas vuelven a ser relevantes. ¿Quién las construye? ¿Cuál es el propósito de una imagen? ¿Qué sentido tiene el ritmo secuencial de su exposición? ¿Hay jerarquías? Si las convicciones no preceden a las prácticas si no que se forman por mediación de ellas, las imágenes son la guía perfecta para la construcción del nuevo imperio en el que la humanidad está entrando dócilmente. La servidumbre que los nuevos usos de la revolución digital han impuesto son una vía acelerada, cómoda y nada traumática que enmarca el camino.
