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La anestesia del alivio: El Salvador entre dos miedos.

Por: Armando Fernández /Comunicador Comunitario.

Hay una imagen que define a El Salvador hoy: la de un país de renders brillantes con luces LED que oculta, bajo su superficie, heridas profundas e infectadas. Nos enfrentamos a una paradoja que se refleja en encuestas de opinión pública: un líder con un 85% de aprobación mientras los indicadores macroeconómicos están en zona roja. Aquí se confirma que cuando la gestión del miedo produce más rentabilidad política que la gestión del bienestar, las soluciones estructurales siempre quedan fuera de programación.

Ante esto, los analistas se rascan la cabeza. ¿Es ceguera? ¿Es ignorancia? No. Hablemos claro: es una elección racional de supervivencia. El pueblo salvadoreño está fatigado y pobre, y ante el dolor, ha firmado un contrato tácito. Entregó su derecho a la crítica y aceptó la precariedad a cambio de la eliminación del terror pandilleril. La seguridad se ha convertido en la «droga» la anestesia que mitiga el dolor del hambre y la falta de derechos.

Pero la pregunta que debemos hacernos es inquietante: ¿Estamos ante una fatiga crónica de esperanza?

 El Fenómeno del «contrato de seguridad»

Durante décadas, la violencia de las pandillas no fue una noticia. Fue una experiencia cotidiana.Condicionó rutas, horarios, proyectos de vida y decisiones familiares. Alteró barrios completos. Transformó el miedo en una rutina.

Cuando una sociedad vive demasiado tiempo bajo una amenaza permanente, sus prioridades cambian.La libertad pasa a segundo plano,la prosperidad se vuelve un lujo ,se aplaza el futuro se aplaza pues la única meta inmediata es sobrevivir.

Por eso, cuando la violencia disminuye drásticamente, ocurre algo parecido a lo que siente una persona después de años de dolor crónico cuando finalmente recibe un medicamento efectivo.

Para entender esto, debemos aceptar una verdad incómoda: la mente humana prefiere mantener una mentira coherente que enfrentar una verdad dolorosa que destruya su identidad. El ciudadano ha invertido tanto orgullo en este proyecto que admitir que «están equivocados» significaría admitir que fueron engañados.

Por eso, el ciudadano no vota por prosperidad; vota por no morir. La seguridad es el activo estancado que le queda, mientras que su futuro se ha convertido en un pasivo financiero. Como dijo un joven con mucha razón en un análisis reciente: «Estoy seguro, pero mi futuro, no se ve claro…».

La domesticación del tiempo (El secuestro del futuro)
¿Cómo se logra esto? A través del trauma. Despues de sufrir décadas de violencia sistemática de grupos criminales ,redujeron la capacidad de exigencia ciudadana al «día a día». El tiempo dejó de ser una línea hacia el progreso y se convirtió en un círculo vicioso de supervivencia.

Cuando el miedo al «retorno del caos» es el motor principal del cerebro, el costo de la vida, la educación o las oportunidades de empleo pasan a ser variables secundarias. El ciudadano renuncia a ser un sujeto que merece un futuro mejor para él y para sus descendientes y se conforma con las migajas de una paz que no genera desarrollo.

La Maquinaria del «verdugo necesario» y el Triunfo del Neuromarketing

Aquí es donde entra la figura del culto al «Dueño». El Salvador se ha convertido en un laboratorio político. ¿Por qué? Porque ha demostrado que en la era de la hipercomunicación, un Estado puede prescindir de la legitimidad jurídica ,económica y de la división de poderes, siempre y cuando le sea más fácil gestionar el miedo que el bienestar de la población.

El gobierno ha logrado desplazar el eje del debate público desde la evaluación de sus resultados hacia la administración permanente de un adversario político. Manteniendo vivo el recuerdo de los errores y abusos de quienes gobernaron antes, construye una narrativa donde el pasado funciona como una amenaza constante y como justificación para casi cualquier medida presente.

En ese contexto, las críticas sobre economía, institucionalidad, justicia o desempeño gubernamental dejan de analizarse por su contenido y terminan siendo interpretadas por muchos ciudadanos como intentos de debilitar el modelo que les devolvió estabilidad. Y así, poco a poco, se instala una percepción peculiar: la de un liderazgo cuya imagen parece inmune al desgaste porque toda observación crítica termina chocando primero contra el muro emocional del miedo colectivo.

Es la psicología del verdugo necesario: «Prefiero estar Jodido, pero estar vivo». Es la aplicación más pura del Homo Sacer de Giorgio Agamben: el gobernante tiene el poder de decidir sobre la vida y la muerte (seguridad/cárceles), y el pueblo, por gratitud traumática, le otorga inmunidad total. Le dan el poder absoluto y le entregan el futuro de vida de sus familias. El sistema ha borrado la distinción entre «Estado», «Gobierno» y «Líder», eliminando todo «tercer espacio». La elección es binaria y aterradora: Líder (Seguridad/Pobreza) o Caos (Inseguridad/Muerte).Hay que trabajar en el tercer espacio posible : (Seguridad Integral/Libertad y Desarrollo).

El tema de la seguriad , sirve de blindaje comunicaional para que la poblaacion ,exima de responsabilidades y perdone los errores de gestion de las politicas gubernamentales en todas las demas areas de gobierno , de lque perdona todo ,a falta de resultados concretos , del abandono  en los municipios , y de la gestion de sus funcionarios , todo se vale , porque aun persiste con fuerza el agradecimiento al  salvador encarnado en la gestion del presidente haciendo caso omiso de de graves violaciones a derechos y mantener mano dura ahora para opsitores y disidentes de cualquier tipo.. Pareceira ser un mano de invencibilidad con el cual se encubre cualquier cosa,porque la pobalcion actu laizes afaire. por el unico logro  puntual en los  casi 8 años de gestion del poder total.Y se refleja en al rsplado incodicional  a cualquier medida politica , economica o social que se ocurra por desacabellada que parezca.

La fatiga del hechizo (El riesgo del modelo)
Hasta ahora, este ‘modelo solución’ ha funcionado a la perfección para blindarse contra cualquier crítica sobre la forma en que se mantiene el orden, logrando que la población le extienda un cheque en blanco disfrazado de ‘impuesto por la paz.

La ruptura de este hechizo no será un estallido de la noche a la mañana, sin embargo, el modelo carga con una tara letal. Todo su éxito se reduce a la gestión del miedo; en lo único en lo que fracasa rotundamente es en generar desarrollo y bienestar.»

El poder se ha concentrado tanto en la narrativa del «Dueño» que el Estado ha perdido la capacidad de institucionalizar el bienestar. Están construyendo un monumento de seguridad sobre un suelo de precariedad económica. Tarde o temprano, la gravedad de la realidad terminará por agrietar el monumento.

Debemos hacer un escaneo de los puntos de fractura donde la narrativa del «verdugo que nos cuida» chocará con la realidad del estómago vacío:

El cuestionamiento lógico: «¿Cómo es posible que con tanta ‘seguridad’, la producción de granos básicos caiga y los precios por las nubes? Si tenemos el control total del territorio, ¿por qué los alimentos se escasean y siguen subiendo?»

El relevo generacional: El hechizo se romperá cuando la generación que vivió el miedo extremo a las pandillas sea superada por una generación que da por sentada la seguridad y solo exige bienestar material.

La desincronización de la propaganda: Ocurrirá cuando la realidad económica (precios, desempleo) sea tan grotesca que la maquinaria de redes sociales ya no logre ocultarla con videos de centros históricos arreglados.

La «Fuga de la Lealtad»: El punto de quiebre final será cuando el ciudadano empiece a culpar al «Dueño» por su hambre personal, en lugar de culpar a las fuerzas externas. Cuando el miedo al caos sea superado por la urgencia del estómago.

La Realidad que no se puede anestesiar por siempre

La persistencia de este modelo arroja un diagnóstico claro: estamos ante un «Contrato de seguridad casi permanente » que ha mutado en una identidad cultural. La gente no está ciega ante el hambre; está aterrorizada ante la posibilidad de perder su paz. El gobierno no necesita ser eficiente económicamente mientras mantenga el monopolio del miedo.

Pero la anestesia tiene fecha de vencimiento. La «estabilidad» actual es una estructura de cartón-piedra: muy sólida visualmente, pero incapaz de soportar el peso de las necesidades humanas a largo plazo. El ciudadano promedio ya empieza a distinguir entre su «seguridad» y la «gestión económica del dueño», pero el miedo a que todo se desmorone sigue siendo su único motor de acción.

Para que El Salvador despierte, hay que revertir el orden de las necesidades. Hay que entender que el «Derecho al Futuro» es algo superior al «Privilegio de la Paz». Como sociedad, debemos internalizar que la seguridad es un logro nuestro, una conquista que nadie nos va a quitar. Pero, amigos, la seguridad es solo el suelo sobre el cual debemos construir, no es la casa entera.

El hechizo se romperá por dinámicas de entropía interna. Se quebrará exactamente en el momento en que dejemos de ver al salvador de la paz como el único proveedor de tranquilidad, y pasemos a señalar como el responsable directo de la miseria.

El Salvador merece caminos de futuro para construir una casa de vida digna para todos, con estructuras, pisos y techos reales. Porque las fachadas 3D inventadas con inteligencia artificial y las luces LED pueden brillar en las redes sociales, pero, al final del día, las luces LED no construyen futuros.

¿Es realmente sostenible un país donde la única oferta política es «no volver al pasado»? Mientras no respondamos a eso, seguiremos pagando el impuesto por una paz momentánea que nos cuesta la vida.