Reflexiones sobre la oración.
Por: Féli Gabriel Aquino Martínez.
La derrota es oración, oración en la acción de orar, en postrarse de rodillas o tenderse llano en sumisión.
Someterse a un poder mayor no es una muestra de debilidad, por el contrario, es la aceptación de las vastas limitaciones que como humanos tenemos en lo físico e intelectual ante la némesis: la fuerza ejercida sobre nosotros por un ente adecuado, personificado por los abusadores de poder, gobernantes corruptos, lo débil y lo malo.
Constituye parte esencial del cristianismo contemporáneo, esa religión en disputa por los que rezan a santos y a ángeles o a Dios, la purga del vivir de una misma manera para no perecer ante los dardos del maligno y es ese amigo celestial, instigador del desechar amando, que fue una vez como nosotros, quien anula nuestra preocupación de un día dormir y no despertar, de ser nulos nosotros mismos, pero en nuestra vida de trabajo optimizado y rutinas los obstáculos puestos por nuestros afines humanos, la rendición ante este ser superior libera nuestro yugo de una carga casi no humana.
La muerte, el hambre o la desesperación hunden la imbatibilidad del espíritu humano, un sentimiento falso de superioridad ante la amoralidad de la divina providencia. He ahí la derrota: doblegarse ante las fricciones de fuerzas más grandes que nosotros para delegar nuestras aflicciones Él.
Orar es un acto de sumisión y el significado peyorativo de someter viene de un rechazo a la grandeza infinita de lo superior. Podemos intentar luchar contra las fuerzas malignas, como sea que estas sean representadas en nuestra vida, sabiendo que existe una pluralidad de perspectivas en las que uno solo no puede ser el correcto y que por ende escoger un lado de la historia es parte también de la oración. Sin ego, sin lo terrenal, es como se conecta con la fuente del que todas las cosas dependen.
