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El Salvador: El manual de Goebbels adaptado al TikTok. El poder que no gobierna, solo monta Show.

Por. Miguel A. Saavedra.

Propaganda sin pudor: Un Estado que ya no gestiona la realidad, sino que se idolatra a sí mismo

Lo que vemos hoy en las pantallas no es comunicación política, es una producción de Netflix con presupuesto estatal. No hay mucho misterio aquí, aunque lo quieran disfrazar de «estrategia digital brillante». El aparato comunicacional del gobierno salvadoreño no informa; fabrica percepción. Y lo hace con una disciplina que le daría envidia al mismísimo Joseph Goebbels, el ex minsitro de propaganda nazi de Hitler.

La propaganda aquí no es un accesorio del poder; es su columna vertebral. Es el poder en escena: cuando gobernar se sustituye por un show.

El manual de Goebbels adaptado al TikTok

Si rascamos un poquito la pintura brillante de los videos en 4K, lo que encontramos es el viejo manual del «Secretario de Propaganda» alemán. La receta es la misma: simplificación, enemigo único y orquestación. Todo converge en un solo punto: la figura presidencial. Las instituciones, los cuerpos de seguridad, los voceros oficiales y los influencers prepago orbitan alrededor de un mismo eje narrativo.

No se trata de explicar la economía , la seguridad alimentaria de la gente o la salud, sino de construir lo que debe percibirse. Como decía el viejo manual nazi: la propaganda no busca la verdad, busca eficacia emocional. Es una maquinaria que no debate, sino que excita; no explica, sino que impone sensaciones. Es el poder y la propaganda: de gobernar a escenificar.

La trampa del espejo: El Estado que se mira el ombligo

En este guion, el Estado deja la gestión y se adora a sí mismo. ¿Las instituciones? Subordinadas. ¿El ejército y la policía? Accesorios de una sesión de fotos. Es un Estado que ya no sirve, solo se exhibe.

Lo curioso y lo oscuro es que en plena era de la información, se apuesta por lo más primitivo: saturar al público hasta que deje de cuestionar. Es una lluvia constante de hashtags y consignas que no te ahogan de golpe, pero terminan calándote los huesos. Mientras tanto, en el famoso “búnker comunicacional”,.Ahí  los errores no se reconocen: se reescriben,se ensayan respuestas como quien practica excusas frente al espejo.

Cuando fallan que fallan bastante seguido .Si algo sale mal, se lanza un tuit visceral a la medianoche. Si no pega, se «edita» la realidad al día siguiente con un nuevo ángulo de cámara, mientras la tropa: Trolls y opinadores que no aportan argumentos, solo ruido. Pero el ruido no es sustancia; es solo pirotecnia para que no mires el bache en la calle o la falta de medicinas.

Fidelidad, sumisión al «Mesías» Digital

La propaganda moderna no solo persuade, condiciona. Crea comunidades emocionales donde disentir no es solo «estar equivocado», es ser un traidor. Se busca esa sumisión voluntaria de quien ya no quiere pensar, porque es más cómodo creer en un relato ordenado que enfrentar una realidad compleja.

Es el gobierno como espectáculo: la gestión pierde, el show gana. Mientras el país espera soluciones reales, el Estado se aplaude a sí mismo. Se construye una narrativa de salvación donde el líder no administra un país, sino que protagoniza una batalla épica constante contra enemigos imaginarios o reciclados.Prueba de ello , es que  llevan 7 años culpando a “los de siempre” y a los 30 años en el poder de otros partidos, respuesta que repiten cuando se les cuestiona por falta de resultados de prosperidad para la gente  desde su gobierno.

La propaganda moderna no solo persuade. Condiciona.

Crea comunidades emocionales donde disentir no es solo incorrecto, sino traición. Sectores completos de la población no solo apoyan: se entregan mostrando fidelidad absoluta y sumisión voluntaria.Una adhesión que no nace del análisis, sino de la identificación emocional con una narrativa de salvación.Como bien lo sintetiza el teórico de comunicación política Walter Lippmann:“La manipulación de las masas es necesaria para fabricar consentimiento.”Y ese consentimiento no se construye con datos,se construye con símbolos, enemigos y promesas.

Pero cuidado, que el show de poder tiene un límite: la realidad. Las acusaciones internacionales no se borran con un filtro de Instagram ni los estómagos vacíos se llenan con retuits. Ningún aparato propagandístico es eterno; la historia es experta en desinflar egos monumentales.

Cómo fabricar una realidad a medida

Si creías que esto era solo cuestión de «caer bien» en redes, no has entendido nada. Estamos ante una operación de ingeniería social que utiliza el presupuesto del país para comprar lentes de realidad aumentada para todo un pueblo. No es gestión; es alquimia política. En este búnker, la verdad no se busca, se manufactura siguiendo un manual de procedimientos que haría palidecer a los propagandistas del siglo pasado.

Identifica los componentes de este veneno  y sedante informativo:

1. El Gran Borrador: Mentir sobre la historia

Para que el «Gobernante Salvador» brille, primero tiene que convencerte de que todo lo anterior fue oscuridad absoluta. Aplican la técnica del revisionismo histérico: borran matices, demonizan procesos complejos y reescriben el pasado para que la historia de la nación parezca comenzar el día de su toma de posesión en el 2019. Si la historia no encaja con el relato del líder, se cambia la historia. Es el Estado que se mira al espejo, pero que ha roto todos los espejos viejos para que no haya comparación posible.

2. Alquimia Estadística: Torturar las cifras hasta que confiesen

En este gobierno, los datos no son información, son plastilina. Si la economía se hunde, se inventan índices de «esperanza digital». Si la deuda asfixia, se maquilla con «inversiones estratégicas» que nadie ve. Es el arte de aumentar resultados en el papel mientras el país espera en la calle. Manipulan el dato, esconden la metodología y, cuando la realidad los confronta, lanzan una ráfaga de gráficas coloridas que no dicen nada, pero deslumbran a los incautos.

3. Escenografías de cartón por piedra: Simular escenarios

Gobernar se ha convertido en una eterna sesión de fotos. Se simulan inauguraciones de proyectos vacíos, se sobreactúan operativos militares para la cámara y se crean escenarios de «primer mundo» en burbujas controladas mientras el resto del país se cae a pedazos. Es el poder en escena: una fachada de luces LED diseñada para ocultar las grietas de una gestión inexistente. El objetivo es que veas el destello del dron y no el bache en tu bolsillo y en tu calle.

4. El Eco Infinito: Multiplicar la mentira

Ninguna mentira funciona si no se repite mil veces. Para eso están los trolls, youtubers y opinadores prepago, que actúan como una caja de resonancia permanente. Toman una cifra maquillada y la convierten en «verdad absoluta» a punta de repetición y ataques coordinados a quien se atreva a verificarla. No es opinión pública; es ruido comprado para silenciar el pensamiento.

En este esquema, la transparencia es el enemigo número uno. Por eso, cualquier dato que no puedan controlar es declarado «información reserva de seguridad». No es que no existan las cifras; es que los hechos reales son el criptonita de este show de poder.

Al final, este despliegue de trucos baratos y efectos especiales tiene un solo norte: que no notes que mientras ellos se aplauden a sí mismos, están saqueando la caja chica del futuro. Porque para un megalómano con aspiraciones de emperador, la realidad es solo un obstáculo que se resuelve con un buen equipo de edición

El miedo como anestesia social

Si la propaganda es la fachada brillante del edificio, el miedo es el cemento que lo mantiene unido. En el búnker comunicacional, el miedo no es un accidente, es un producto diseñado con precisión algorítmica. No se usa para paralizar al enemigo, sino para domar a la población.

Aquí te explico cómo operan esta «pedagogía del terror»:

·         La narrativa del «Enemigo único»: El búnker necesita un monstruo bajo la cama para justificar la existencia del «Salvador». Ya sean las pandillas, los «traidores a la patria» o los organismos internacionales, el mensaje es siempre el mismo: “O estoy yo, o vuelve el caos”. Es una falsa dicotomía que anula el debate; si criticas la gestión, te acusan de querer el regreso de la violencia.

·         La Guillotina digital: El miedo no solo viene de la bota militar, sino del smartphone. El búnker coordina ataques masivos de trolls y «youtubers» contra cualquiera que disienta. El objetivo es el linchamiento ejemplificante: que el ciudadano común vea lo que le pasa a quien alza la voz y decida que es mejor el silencio que el acoso. Es el miedo a la muerte civil y digital.

·         La Inseguridad Jurídica como amenaza: Bajo el régimen del espectáculo, las reglas cambian a medianoche con un tuit. El búnker se encarga de difundir que «quien nada debe, nada teme», una frase clásica de los manuales de Goebbels. Con esto, logran que la gente acepte la pérdida de sus derechos a cambio de una sensación de seguridad que depende enteramente de la voluntad del líder.

En definitiva, el miedo en este show de poder actúa como una anestesia: duerme el juicio crítico y convierte al ciudadano en un espectador pasivo que, por temor a perder lo poco que tiene, termina aplaudiendo al mismo sistema que lo vigila. El búnker sabe que un pueblo asustado no exige transparencia; solo pide protección, aunque el protector sea quien sostiene la amenaza sobre su cabeza.

El fin de la función: El saqueo detrás de la pantalla

Porque cuando la propaganda deja de ser una herramienta y se convierte en el sistema mismo, el poder ya no tiene ciudadanos a quienes rendir cuentas, sino súbditos a quienes exigir culto. En ese punto, la comparación con los capítulos más oscuros de la historia deja de ser una «hipérbole de analista» para transformarse en una advertencia de sobrevivencia.

No nos engañemos: este despliegue de luces, cámaras y drones no es un error de cálculo ni un exceso de entusiasmo juvenil. Es un método quirúrgico diseñado para adormecer la conciencia colectiva. Mientras la masa se embriaga con el espectáculo del «líder fuerte» y la estética del búnker, detrás del escenario se ejecuta la verdadera obra: la acumulación sistemática de riqueza y bienes.

Para esta casta de «iluminados» digitales, el Estado no es un compromiso, es un botín; y el país no es una patria, es una empresa de la cual son dueños absolutos. Usan la propaganda para anestesiar el juicio de la gente mientras desvalijan el futuro, porque en su diccionario de ambición ese que emula la voracidad de los peores tiranos del siglo XX simplemente no existe la palabra «suficiente».

Al final, cuando las luces del show se apaguen y la narrativa ya no pueda ocultar el hambre, nos daremos cuenta de que no estábamos viviendo una transformación épica, sino un asalto en cadena nacional.

Y que conste: cualquier parecido con la realidad salvadoreña… no es coincidencia, es el manual del saqueo perfecto.

Rompe el guion antes de que el guion te rompa a ti

Llegados a este punto, la pregunta no es si el gobierno miente eso ya quedó ,suficientemente demostrado. La verdadera pregunta es: ¿Hasta cuándo vas a seguir pagando la entrada para ver tu propio asalto en primera fila?

La propaganda solo es omnipotente cuando el espectador decide ser solo eso: un espectador. El búnker cuenta con tu pasividad, con tu «me gusta» automático y con ese silencio cómplice que nace del miedo. Pero el guion tiene una falla fatal: necesita tu creencia para existir. Para romper este ciclo de manipulación digno de un premio Pulitzer al engaño, la acción no es solo marchar (aunque sea un derecho), la acción también es desconectarse del trance. Aquí tienes la hoja de ruta para el sabotaje ciudadano al show del poder:

Apaga el monitor, enciende el juicio: Deja de consumir el tuit de la madrugada como si fuera ley. Si la noticia viene con música épica, filtros de cine y un tono mesiánico, no es información, es publicidad engañosa. Trátala como tal.

Sigue el rastro del dinero, no del hashtag: Mientras ellos te distraen con una pelea imaginaria contra un «enemigo externo» o un «traidor» de turno, pregunta: ¿Quién se está quedando con los contratos? ¿A qué cuentas fluye la reserva de ley? El búnker odia las calculadoras; prefiere los sentimientos. Réstales emoción y súmales auditoría.

Recupera la palabra «Suficiente»: Ellos no la conocen, pero tú sí. Hazle saber al círculo del poder que el espectáculo ya no alcanza para tapar el hambre, ni el ruido de los drones para acallar la falta de medicinas. La realidad no tiene edición de video, y es ahí donde debemos encontrarnos.

Pierde el miedo al linchamiento digital y hazles batalla desde esos medios: Los trolls son algoritmos y personas pagadas con tus propios impuestos. Su ruido es proporcional a su vacío de argumentos. Y cuando dejas de temerle a la jauría digital, el búnker pierde su arma más letal ,que es la censura por intimidación.

La verdadera disrupción es volver a pensar por cuenta propia. El sistema de propaganda es un gigante con pies de barro que se desmorona en cuanto el pueblo deja de aplaudir, porque, al final del día, el poder no reside en quien tiene la cámara más cara o el búnker más sofisticado, sino en quien se atreve a decir que el rey está desnudo y que el show, por fin, ha terminado.

El espectáculo se acaba cuando el público se levanta de sus asientos. ¿Te vas a quedar sentado viendo cómo se llevan lo poco que queda del país?