La Justicia Torcida hoy: Fábrica de culpables en El Salvador.
El Holocausto Salvadoreño: Un país-cárcel para mantener un régimen.
Por: Armando Fernández/Comunicador Comunitario
La justicia torcida hoy: crónica de una fábrica de culpables en El Salvador
Hay épocas en que la justicia se parece a una balanza; otras, menos nobles, se asemeja a una máquina.Y toda máquina, cuando se acelera sin control, deja de distinguir entre materia prima y desecho humano.
Se nos ha vendido una épica: la del país que, cansado de la violencia, decidió enfrentarse al monstruo. Pero en esa narrativa hay una grieta que crece como humedad en pared vieja. Porque combatir el crimen no debería implicar fabricar culpables. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que muchos observan: un sistema que, en nombre del orden, ha convertido la sospecha en sentencia suprema.
La ironía es que para salvar al ciudadano, se le despoja de su condición a todos los ciudadanos.
Lo que está pasando en El Salvador no es solo una «estrategia de seguridad»; es la construcción de una fábrica de culpables. Estamos ante un sistema que ha decidido que, para que unos duerman tranquilos, miles deben ser sacrificados en el altar de la arbitrariedad. Como bien se denuncia, estamos ante una «justicia de cartón», donde la estructura legal es solo una fachada para un control social absoluto.
La ética al camión de la basura: verdugos con toga
El Fiscal General, por pura higiene ética y por la mínima prevalencia del derecho, debería estar auditando lo que a todas luces huele a fraude procesal. Pero no. Lo que tenemos son verdugos con toga. La justicia se ha vuelto creativa: ante la falta de pruebas reales y verificaciones concretas, han decidido inaugurar la «fábrica de evidencias». Si no hay delito, se inventa; si no hay pruebas, se fabrican.
¿Cómo es posible que un «testigo criteriado» que no es más que un delincuente confeso haciendo negocios con el Estado tenga el superpoder de reconocer a 66 personas o más de un solo tajo? Señalan nombres como quien pasa lista en una clase interminable. Sesenta, setenta, los que hagan falta. ¿Memoria prodigiosa o sistema desesperado?
Es una escena que roza lo absurdo: el Estado, que debería combatir el delito con evidencia, termina apoyándose en él como si fuera un bastón. Y claro, el bastón sostiene… hasta que se rompe.
Es la «solución salomónica» del siglo XXI: quemar a otros a cambio de beneficios. Es una burla a la inteligencia y un escupitajo al debido proceso. Se trata de una «maquinaria perversa» donde el Estado utiliza a criminales para validar la persecución de ciudadanos.
El Agravante final: La Cadena Perpetua como capricho imperial
Por si fuera poco, ahora el régimen sella su maquinaria con la amenaza de la cadena perpetua. Estamos ante un castigo que no busca la justicia, sino la aniquilación definitiva del individuo. ¿A cuántas miles de personas les van a joder la vida para satisfacer los caprichos de una paranoia que emula a los viejos emperadores y dictadores de la historia?
Esta sed de castigo eterno no es más que el reflejo de un poder que se siente dueño de los años y de la libertad ajena, condenando a generaciones enteras al olvido en una tumba de cemento, sin más prueba que el antojo de quien hoy se cree intocable. Salomón se retorcería en su sepulcro al ver cómo se usa su nombre para justificar este despropósito.
Como se ha dicho: «están legislando para la muerte civil, no para la justicia».Pues el sistema judicial salvadoreño actual (cooptado y arrodillado a la orden del ejecutivo); aparece apoyando el decreto de la pena perpetua del castigo dentro de un sistema que ha demostrado su incapacidad de distinguir con experticia y precisión al culpable del inocente.
90 mil almas en la misma canasta: El hacinamiento del silencio
Detrás de ese número hay historias que no caben en un titular: el joven detenido por error, el activista incómodo, el vecino denunciado sin pruebas, el culpable real… todos comprimidos en el mismo espacio físico y simbólico.
La narrativa oficial te dice que todos son terroristas. La realidad te dice que en esas mazmorras el hacinamiento es humano y moral. Han metido en el mismo saco a:
· Ciudadanos honestos que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado.
· Defensores de DDHH y luchadores sociales que estorban al poder.
· Ambientalistas que protegen la tierra que otros quieren subastar.
· Veteranos de guerra y presos políticos de gestiones anteriores.
Sí, hay asesinos, extorsionistas y pandilleros que merecen estar ahí. Nadie lo duda. Pero, curiosamente, en esa red de pesca tan fina casi nunca caen los políticos corruptos de ayer y de hoy. Esos que derrochan fondos públicos y se roban la inversión que debería ser para el bienestar común siguen paseando en sus camionetas blindadas mientras el pueblo se pudre en el hacinamiento. El sistema ha pasado de perseguir el delito a perseguir la disidencia.
De la denuncia a la celda: La trampa de la confesión forzada
La distorsión es perversa. Ahora basta una denuncia por infidelidad, una pareja de jóvenes en su intimidad o un grupo que protesta por despidos injustos para que la maquinaria te etiquete de «terrorista». Sin pruebas, solo con la versión policial o el dedo acusador de un delincuente que busca salvar su propio pellejo. Se ha instaurado la cultura del soplo y la sospecha.
Lo más oscuro de esta «justicia torcida» es la extorsión judicial: la fiscalía presiona a los indiciados para que acepten ser culpables solo para «aliviar la audiencia». Es una trampa circular. Si aceptas ser culpable sin serlo para salir del paso, quedas marcado de por vida, listo para ser capturado de nuevo en la próxima redada porque «ya tienes antecedentes». Son tribunales extorsivos disfrazados de legalidad que operan bajo «juicios masivos donde se pierde el rostro y el nombre del ser humano».
El cambio más inquietante no está en las cárceles, sino en la cultura que las rodea. Cuando basta la palabra de un tercero , un policía o criteriado ,basta para activar el engranaje, la sociedad entera se vuelve un terreno resbaladizo. La denuncia deja de ser herramienta de justicia para convertirse en arma de supervivencia o, peor aún, de venganza.
El Despertar ante el holocausto
Estos juicios masivos no son justicia; son el combustible del Holocausto Salvadoreño. Por las fechorías de malos ciudadanos, le suspenden derechos constitucionales a toda la población. Se ha tergiversado de forma perversa la inocencia del ciudadano; ahora todos somos «culpables hasta que se demuestre lo contrario», y a veces, ni así.
Estamos ante un régimen que prefiere un país-cárcel a un país con justicia. Porque la justicia requiere pensamiento, evidencia y ética. El hacinamiento, en cambio, solo requiere muros más altos y un silencio cómplice. Como bien se ha señalado en la denuncia social: «estamos ante una justicia que ha perdido el alma y solo busca el aplauso popular sobre el dolor de los inocentes».
Es hora de despertar. Estamos siendo testigos del holocausto salvadoreño…
La pregunta, al final, no es si el país tiene derecho a defenderse del crimen. Lo tiene. La pregunta es otra, más incómoda, más persistente: ¿qué tipo de país emerge cuando, en esa defensa, decide que algunos derechos son prescindibles?
Porque construir un país-cárcel puede ser rápido. Lo difícil lo verdaderamente difícil es construir justicia. Y la historia, siempre paciente, termina pasando factura.
