La realidad es más fuerte que la propaganda.
Por: Mauricio Manzano. (Investigador y Consultor Educativo).
Decia Hannah Arendt que «Las masas tienen que ser ganadas mediante la propaganda». Y en la era de la posverdad, los regímenes han perfeccionado el arte del engaño; utilizan algoritmos, luces de neón, drones y discursos mesiánicos para convencer a la población de que viven en el mejor de los mundos posibles. Sin embargo, existe una ley física y moral inmutable; la propaganda puede ocultar la realidad, pero no puede sustituirla. Por más que el discurso oficial intente pintar un paraíso de seguridad y bonanza, los hechos terminan por imponerse y emergen como rocas filosas cuando la marea de la mentira retrocede.
La propaganda se alimenta de lo subjetivo: likes, vistas y tendencias. Pero la realidad se alimenta de lo objetivo: el costo de la canasta básica, el acceso a la salud, educación y la libertad de caminar sin miedo a ser una estadística más en las cárceles del régimen. El dictador puede anunciar una nueva era, pero cuando una madre no puede comprar el pan, o cuando los mas de 450 desaparecidos y muertos bajo custodia estatal se vuelven un grito sordo en las familias, y cuando los videos propagandistas de alta definición del régimen pierdan su brillo, el estómago y el luto no saben de like, ni de hashtags.
La propaganda requiere una inversión constante de energía y recursos, es la inmoralidad de la riqueza aplicada al control mental. Es un motor que debe rugir cada vez más fuerte para tapar el sonido del descontento. Sin embargo, la realidad es autosustentable; no necesita publicidad para existir, tarde o temprano, la brecha entre lo que el dictador dice y lo que el ciudadano vive se vuelve un abismo insalvable. Es ahí donde el alfabetismo moral se convierte en la herramienta de demolición del pueblo, porque al final, la realidad se impone con una sentencia firme.
El fanatismo puede sostener una ilusión durante un tiempo, pero el tiempo es el mejor aliado de la verdad. Las copas de licor exoneradas de impuestos de la casta que gobierna y la persecución de la inteligencia terminan por erosionar las bases de la misma sociedad que el poder dice proteger. La realidad es más fuerte porque es la única que tiene arraigo. La propaganda es humo; la realidad es la piedra sobre la que, al final, tropezarán los tiranos.
La propaganda odia los números reales, afortunadamente la contabilidad de las injuticias están bien registradas, documentadas y probadas, y la realidad tiene la mala costumbre de despertar a los que duermen. Cuando el hambre o el miedo tocan la puerta, la propaganda se apaga como un radio o un televisor viejo. El gran reto es, como decía George Orwell: «En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario».
porque, inevitablemente, los hechos siempre vencen al relato, y la realidad es más fuerte que la propaganda.
