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Óscar Martínez, periodista salvadoreño en el exilio: «El Salvador es una dictadura y una cleptocracia: las cárceles son un gran negocio para Bukele»

El redactor jefe de «El Faro» y autor de «Bukele, el rey desnudo» asegura que Bukele no tiene un plan político, sino un proyecto mesiánico: «Su única regla es él en el poder»

Óscar Martínez (San Salvador, 1983) lleva media vida mirando la violencia de frente. Primero fueron las calles, las pandillas, los muertos. Después, las cárceles, la represión y los pactos secretos entre el Gobierno de Nayib Bukele y las maras. Los investigó y sacó a la luz, y ahora sigue vigilando al poder pero desde el exilio.

Jefe de redacción de El Faro –el medio independiente perseguido por Bukele–, Martínez defiende que el odio no es un método periodístico, ni siquiera cuando el país que apoya al régimen que te exilió es el tuyo. «Los salvadoreños nunca conocieron la paz; son un pueblo desesperado y Bukele se aprovechó de eso», señala.

En su libro Bukele, el rey desnudo (Anagrama, 2026), desarma la lógica de un régimen sin más regla que su propia permanencia. «Bukele no tiene un plan; tiene un proyecto mesiánico cuya única regla es él en el poder». Este octubre comienza la campaña electoral en El Salvador. Pero, ante unas presidenciales que considera un mero trámite y que se celebrarán de aquí cuatro meses, Martínez no mira a las urnas, sino a la ausencia de contrapesos. «Mi verbo ahora es estorbar», dice. «Porque a las dictaduras hay que estorbarlas».Play Video

¿Qué régimen político tiene hoy El Salvador?

Desde que Bukele se reeligió en 2024, El Salvador es una dictadura. Legalmente, ya controlaba todos los poderes desde mayo de 2021, cuando utilizó a su Asamblea Legislativa para sustituir al fiscal general y a los magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema. Antes ya no tenía contrapesos, pero hubo una última demostración de su deriva autoritaria: la violación de cuatro artículos de la Constitución para poder ser reelegido. Si por encima tuyo no tienes ni siquiera la Constitución, ya no tienes límite.

Se lo pregunto porque Bukele sostiene que el suyo es un Gobierno democrático porque fue elegido en las urnas y porque su partido controla 53 de los 60 escaños de la Asamblea, también «por voluntad popular».

La democracia es mucho más que depositar un papelito en una urna cada cinco años. Es un sistema de contrapesos, es un debido proceso. Todo eso está roto en El Salvador. Además, la democracia es la posibilidad de que, procedimentalmente, quien perdió en las urnas tenga las mismas posibilidades que quien ganó. Eso tampoco ocurre. De entrada, la carrera política de Nayib Bukele es muy poco democrática desde el principio: llegó al poder de la mano de las pandillas. En El Faro lo hemos demostrado. Está escrito en documentos del Departamento de Estado de Estados Unidos y de la Corte de Nueva York, donde se juzga a 27 líderes de la Mara Salvatrucha. También está documentado por cabeceras como The Washington Post, ProPublica y Frontline. En 2015 llegó a la alcaldía de San Salvador pactando con las maras que amedrentaban a la gente a cambio de votos. Eso ya cuestiona que pudiera ser una carrera democrática.

«Bukele está sentado en un trono construido sobre una base de dolor que al mundo le es difícil imaginar»

¿Existe hoy algún contrapeso efectivo al poder de Bukele?

En 2019 y en 2021, Bukele ganó las presidenciales y las legislativas. Electoralmente, le otorgaron a su partido y a él mismo todo el poder. El problema es que luego utilizó ese poder para tomarse el que le faltaba: el judicial. A partir de ahí empezó a mermar las posibilidades de cualquier grupo crítico. Gran parte de los liderazgos más visibles de los dos principales partidos, Arena y el FMLN, están exiliados o presos. Además, la sociedad civil, incluido el periodismo independiente, está en el exilio. La Asociación de Periodistas de El Salvador señala que hay 53 periodistas en el exilio. Es muy difícil imaginar la posibilidad de establecer un contrapeso efectivo, incluso desde el discurso.

En su libro presenta a Bukele como un «rey desnudo». Pero esa imagen solo puede sostenerse porque una parte importante de la sociedad la respalda. Su popularidad ronda el 80%. ¿Qué mueve a tantos salvadoreños a respaldar su proyecto?

Les mueve una mezcla muy triste. Lo primero es que nunca hemos tenido una democracia fuerte, sino una raquítica e indolente. Se firmó la paz, pero tuvimos una paz muy violenta en los 90; luego llegaron las pandillas y después llegó este régimen policial en el que vivimos. No somos una sociedad que haya aprendido de la democracia, así que no podés defender algo que no entendés.

Pero hay otro factor, quizá más inmediato: la desesperación. El Salvador es una sociedad desesperada. Estábamos sumergidos en una ola de violencia. En 2015 tuvimos una tasa de 106 homicidios por cada 100.000 habitantes. Estábamos desesperados por la violencia, pero también por la ineptitud de los partidos políticos.

Imagino que se refiere a los partidos de la posguerra.

Sí, a la derecha representada por Arena y la izquierda representada por la exguerrilla, que se robaron todo lo que pudieron robarse. Nos decepcionaron en un ciclo de más de 20 años, donde nos dejaron claro que no habían llegado para consolidar ni una democracia, sino para repartirse el poder. De ahí que la gente buscara soluciones mágicas. El Salvador es un país cuyo verbo es sobrevivir. Cerca del 60% de la población tiene trabajos informales o precarizados. Cuando tu verbo es sobrevivir, difícilmente tu verbo puede ser reflexionado. Esto lo digo con tristeza: gran parte de mis compatriotas no tienen tiempo para sentarse a pensar si eso que le dicen en un reel de tres minutos es verdad o una soberana mentira.

Hay algo que quizá es difícil de comprender: cómo una sociedad que vive esto en sus propias carnes, que incluso tiene familiares arrestados, sigue defendiendo las políticas de Bukele.

Antes de ser exiliado, entrevisté a personas a cuyos hijos arrestaron, aunque no fueran pandilleros. Aun así, apoyaban al régimen. Bukele está sentado en un trono construido sobre una base de dolor que al mundo le es difícil imaginar. Es muy difícil entender lo que las pandillas nos hicieron. Fue algo brutal. Esos grupos criminales descuartizaron, incendiaron, violaron tumultuariamente, extorsionaron a gran parte de la población. Bukele sabía que esa sociedad apaleada, lacerada, estaba dispuesta a entregar lo que fuera a cambio de ganar seguridad, de que les quitaran a las pandillas de encima. ¿Y qué fue lo que Bukele hizo? Les dijo: «Yo acabo con ellos, solo les pido una cosa a cambio: dénmelo todo». Y se lo quitó. Nos lo quitó todo.

Si el Gobierno presume de haber ganado la guerra a las pandillas, ¿por qué necesita mantener a la población sin derechos constitucionales? El régimen de excepción se ha ido extendiendo desde 2022 y el Gobierno de Bukele señala que lo mantiene porque es popular entre la población.

El régimen de excepción es ahora un cuerpo de modificaciones legales tan etéreo que es imposible ya entenderlo. Es más una especie de voluntad que implica que usted no tiene derechos y que estos señores pueden hacer lo que les da la gana. Un grupo de expertos internacionales ya demostró que es posible que se estén cometiendo crímenes de lesa humanidad en las cárceles, donde la tortura es sistemática. Bukele mantiene el régimen de excepción como un eslogan político. En febrero de 2027 habrá unas elecciones amañadas que, previsiblemente, ganará. En los últimos dos años ha cambiado las reglas electorales y el mapa nacional: El Salvador pasó de 262 municipios a 44. El competidor, en definitiva, ha elegido las reglas de la competencia. Las elecciones están diseñadas como un plebiscito para reafirmarlo en el poder hasta 2033, cuando cumplirá catorce años en el cargo. Y, aunque no ocurra, me atrevo a decir que, si Bukele perdiera las elecciones, no dejaría el poder.

«Si Bukele perdiera las elecciones, no dejaría el poder»

¿Qué plan tiene Bukele?

Bukele no tiene ni un plan ni un modelo, sino ocurrencias. Su plan económico fue el bitcoin y hoy El Salvador depende de un préstamo de 1.400 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. En seguridad, pasó del Plan Control Territorial a la llamada fase cuatro y después al régimen de excepción, mientras se demostraba que había pactado con las pandillas. No tiene un plan ideológico ni un proyecto de país, sino un proyecto mesiánico cuya única regla es mantenerlo en el poder. Si para conseguirlo tiene que abandonar el rojo y convertirse en trumpista o en ortodoxo ruso, lo hará. Su único plan es acumular poder.

¿Cree que realmente posible sostener durante todo este tiempo ese sistema en el que casi un 2% de la población está encarcelada? Actualmente hay 92.000 presos.

En El Salvador, las prisiones son un enorme negocio. Los presos hacen obra pública para empresas contratistas. Lo demostramos: el propio director de centros penales puso a los reos a empacar sacos de alimentos para venderlos por su cuenta. Todavía no estamos ni cerca de contar lo que están haciendo en las cárceles y cómo se están enriqueciendo. Porque El Salvador es una dictadura, sí, pero también una cleptocracia. La familia Bukele ha obtenido el 90% de sus tierras en estos años, en zonas donde ha habido privilegios, como la construcción de carreteras. Por eso no ha liberado aún a la gente.

Recientemente, Bukele ha anunciado que evalúa poner en libertad condicional a la mitad de los aproximadamente 92.000 detenidos durante su régimen de excepción. ¿Qué revela este anuncio?

No sabemos a qué responde exactamente, porque Bukele dice muchas cosas que luego no hace. No hay que darlo por hecho. Sin embargo, es la primera vez que se habla de liberar a tantas personas, y eso deja claras dos cosas: hay gente que está presa porque Bukele y su entorno así lo quieren, y hay gente que será liberada solo cuando ellos así lo decidan. Si realmente existe la intención de liberar a personas inocentes, ojalá sea así. Hay personas a las que no se les puede comprobar ni mínimamente una participación en ningún delito no tienen antecedentes penales, ficha policial, tatuajes ni nada que las vincule con una actividad delictiva. Los periodistas hemos documentado decenas de casos y las organizaciones de la sociedad civil, cientos más. Habrá que ver qué hace finalmente el Gobierno, porque está claro que no hay contrapesos entre los poderes del Estado.

¿Es posible desmantelar este sistema sin desencadenar una nueva crisis de seguridad?

El tema de las cárceles nos lleva a un futuro muy oscuro. Cuando esto pase —y pasará, porque todo pasa; Latinoamérica nos ha enseñado eso—, ¿cómo vamos a depurar el sistema judicial? Están haciendo juicios masivos de 900 personas. Hay un defensor público para 500 casos. Muchos defensores públicos nos dicen: «Yo no sabía ni el nombre de la persona a la que defendía». ¿Cómo vamos a decidir a quién liberamos? ¿Cómo vamos a determinar si una persona es o no es pandillera? Un joven que no tenía antecedentes, pero está condenado como pandillero en un juicio en el que no hubo pruebas, ¿la vamos a liberar o no? El trabajo de reconstrucción del país va a ser tan monumental como el que nos dejó la guerra civil.

«Bukele sabía que esa sociedad apaleada, lacerada, estaba dispuesta a entregar lo que fuera a cambio de ganar seguridad»

Hemos visto cómo el modelo de las cárceles de Bukele se ha extendido por otros países. ¿Qué cree que hay detrás de esa fascinación internacional?

Creo que hay un desapego emocional hacia esa entelequia que llamamos democracia. Hay que volver a conectar con la gente y explicar qué significa en su vida cotidiana. Por ejemplo, qué ocurre cuando la Corte Suprema no es independiente: si tu hijo desaparece tras un arresto y quieres presentar un habeas corpus, nadie podrá decirte dónde está. También hay enormes dosis de ignorancia. Cuando voy por el mundo —España incluida—, el taxista me felicita por el régimen que me exilió. Cuando les pregunto por qué les gusta Bukele, muchas veces la respuesta es la misma: porque vieron un reel, un TikTok o el programa de un youtuber. Y eso se llama ignorancia. Por último, hay una voluntad cada vez mayor de buscar soluciones violentas. Mucha gente no quiere justicia; quiere venganza. En mi país lo entiendo, porque la gente ha padecido mucho. Lo preocupante es cuando esa pulsión llega desde otros lugares.

¿Qué le diría a un salvadoreño o una salvadoreña que cree que la seguridad justifica cualquier coste democrático?

Le diría que entiendo su desesperación, pero que tarde o temprano la dictadura va a llamar a su puerta. Así son las dictaduras, y Latinoamérica ha sido muy elocuente sobre lo que ocurre cuando le das todo el poder a un solo hombre. En El Salvador lo estamos viendo: dos de cada 100 salvadoreños están presos y la gran mayoría ni están tatuados, ni tenían antecedentes policiales, ni están en el CECOT. Están en las otras 21 cárceles. Bukele puso bajo secreto todos los expedientes, pero nosotros obtuvimos 690 y en muchos solo decía «mostró nerviosismo». Por eso cambio la pregunta: ¿qué le diría a un español o una española que quiera un Bukele en su país? Que cuando se lleven a sus hijos no se queje. Viene en el paquete Bukele.

¿Dónde deposita hoy la esperanza?

Hace falta tiempo. Bukele sigue manteniendo una enorme popularidad, aunque la va perdiendo, muy poco a poco, eso sí, porque El Salvador es un país con un tejido social roto desde los años de la guerra. En El Salvador no se padece en colectivo; se padece de puertas adentro. Esa es una de las razones por las que los números no van más rápido, pero van a bajar. ¿Yo a qué le tengo esperanza? A que somos un pueblo paciente y sufrido. Nos han pasado cosas terribles. Yo nací en la guerra civil, no conozco la paz. Y, a pesar de eso, siempre quisimos contar lo que nos ocurría. Tuvimos una posguerra muy violenta, la paz más violenta que había visto en mi vida. Y, aun así, vamos a documentar lo que ha pasado porque hay un gremio de prensa sano y tozudo. No sé si llamarlo esperanza, pero cuando todo esto pase va a quedar bien documentado cómo ocurrió. Para que, cuando la gente esté dispuesta a ver y a escuchar con la razón y no con la fe —que es como se escucha a Bukele—, pueda ver en qué fallaron, cómo hizo lo que hizo Bukele, paso a paso. Y ojalá eso sirva para que no nos vuelva a pasar.

Vive en el exilio desde 2025, desde que publicó en El Faro aquellas entrevistas con pandilleros que sacaron a la luz los pactos con el Gobierno. Al leerlas, pensaba en su libro Los muertos y el periodista, en el que se pregunta qué significa ejercer este oficio y qué precio exige. El periodismo le ha cambiado la vida por completo. Bukele, mientras tanto, mantiene un 80% de aprobación. ¿Valió la pena?

Sí. Definitivamente vale la pena. Estamos en un momento en el que las sociedades son muy cínicas, muy polarizadas; estamos buscando enemigos y contraposiciones, y la palabra acuerdo o la idea construir derechos humanos suenan a naíf. Yo creo que una persona sin un verbo que esté colgado en el mástil principal del barco es una persona perdida, laboralmente. Antes, mi verbo era querer cambiar las cosas; luego, mi verbo era exponer y ahora mi verbo es estorbar.

«Mi verbo ahora es estorbar. Porque a las dictaduras hay que estorbarlas»

¿Estorbar a quién?

A las dictaduras. A las dictaduras hay que estorbarlas. Y lo haré desde mi trinchera y sin violar mi método. Es difícil porque a mí me exilió Bukele. Me hizo un profundo daño. Pero el odio no es un método periodístico. El día que nosotros depongamos nuestras armas —que son el método y el oficio—, entonces nos quebraremos.

¿Sigue creyendo que el periodismo puede cambiar las cosas?

Sí, nosotros seguiremos estorbando, mostraremos los pactos de Bukele con las pandillas, la corrupción, la crueldad en las cárceles. Sí, Bukele sigue y seguirá aquí, pero le será más difícil que si nosotros no estuviéramos. Y aquí vamos a seguir estando.

Publicado en: LA RAZÓN: diario de noticias de España