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HIROSHIMA. Una crónica considerada una de las obras maestras del periodismo del siglo XX.

Por JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.

Hace ochenta y un años, en el mes de agosto, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron víctimas de dos bombas atómicas: Little Boy y Fat Man. La primera, de uranio; la segunda, de plutonio. John Hershey, periodista estadounidense nacido en China, escribe Hiroshima, una crónica considerada una de las obras maestras del periodismo del siglo XX.

El autor narra el horror desde una perspectiva profundamente humana y personal. Hiroshima reconstruye el bombardeo atómico del 6 de agosto de 1945 a través de seis “hibakushas”. Un hibakusha es una persona sobreviviente de los bombardeos atómicos estadounidenses sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. La obra se publicó completa en 1946 en The New Yorker.

El relato volvió “humana” la bomba atómica. Hershey siguió a seis sobrevivientes desde el instante exacto del impacto hasta meses después. La estructura del libro comprende cinco capítulos. En el primero, “Un resplandor silencioso”, se relata el momento exacto de la explosión y lo que cada hibakusha estaba haciendo antes y durante el estallido. A las 8:15 a. m., sin previo aviso, la bomba explota. Hershey describe ese instante no como un estruendo, sino como un destello cegador y silencioso que destruye la ciudad en cuestión de segundos, cambiando radicalmente la vida de los protagonistas, quienes se encontraban a menos de tres kilómetros del hipocentro.

Hatsuyo Nakamura es una costurera viuda y madre de tres niños. El doctor Turufumi Sasaki es cirujano del Hospital de la Cruz Roja. El padre Wilhelm Kleinsorge es un sacerdote jesuita de origen alemán. Tashiko Sasaki trabaja en una fábrica de estaño. El doctor Masakazu Fujii es un médico con clínica privada. Kiyushi Tanimoto es un pastor metodista.

El segundo capítulo, “El Fuego”, describe las horas inmediatas posteriores al estallido: la ciudad en llamas, el caos, la búsqueda de familiares y los primeros intentos de auxilio en medio de la destrucción total. Inmediatamente después de la explosión se desataron incendios voraces e incontrolables en toda la ciudad. Aparecen escenas dantescas: miles de ciudadanos heridos y quemados deambulando hacia zonas seguras. Cada personaje intenta sobrevivir y, al mismo tiempo, ayudar. Nakamura busca a sus hijos entre los escombros; el doctor Sasaki opera sin instrumentos, con luz de vela y sin agua; el padre Kleinsorge recorre la ciudad para asistir a los heridos; Tanimoto saca personas del río en un bote; la señora Sasaki queda con la pierna rota atrapada bajo un armario; el doctor Fujii pierde su clínica y también a su familia. Hershey describe lo que ven: piel colgando, sombras quemadas en el suelo y una muerte silenciosa.

El tercer capítulo, “Los detalles están siendo investigados”, abarca los días siguientes a la explosión. Los sobrevivientes intentan comprender qué ocurrió. Las autoridades japonesas aún no revelan ni entienden del todo la magnitud del arma utilizada. La confusión es total: los sobrevivientes deben organizarse y resistir en condiciones inhumanas. Corre el rumor de “una nueva bomba” y se perciben sus consecuencias: falta de agua, comida y refugio. Nadie sabe qué es la radiación; sin embargo, quienes parecían sanos empiezan a perder pelo y a sangrar. La ciudad se convierte en un cementerio. Los seis sobrevivientes se encuentran, se reconocen y se ayudan.

El capítulo cuatro, “Matricaria y Mijo Salvaje”, narra las semanas posteriores al ataque. Se hacen visibles los efectos de la radiación, el “mal misterioso”. Se describe cómo la ciudad lucha por sobrevivir en medio de la escasez. Lo dominante de los meses siguientes es la aparición de la enfermedad por radiación. Surgen hospitales improvisados y llegan familiares desde otras prefecturas para buscar a los suyos. En ese proceso, cada sobreviviente enfrenta su duelo: Nakamura entierra a su hijo menor; el doctor Sasaki colapsa después de trabajar veinte horas y Tanimoto organiza comités de ayuda. El nombre del capítulo alude a la resistencia de la planta herbácea de matricaria y del cereal mijo.

El capítulo cinco, “Las secuelas del desastre”, sigue la vida de los protagonistas en los años posteriores a la explosión. Narra cómo la bomba marcó sus cuerpos, sus familias y sus decisiones vitales. Hershey agregó este capítulo en la edición de 1985, cuatro décadas después de los hechos narrados. Su propósito es describir cómo los sobrevivientes reconstruyeron sus vidas y cuáles fueron las secuelas físicas y psicológicas a largo plazo, incorporando reflexiones personales sobre el impacto histórico y moral de la bomba.

Hershey se reúne con los sobrevivientes un año después. Nakamura vive en una casa reconstruida, pero con miedo y en la pobreza; el doctor Sasaki queda marcado por lo que vio, aunque continúa operando; el padre Kleinsorge se encuentra enfermo por problemas relacionados con la radiación; la señora Sasaki queda coja y le cuesta conseguir trabajo por las cicatrices; el doctor Fujii se rehace y abre otra clínica; Tanimoto viaja a Estados Unidos para pedir ayuda para los niños hibakushas.

El libro intenta humanizar lo inhumano. Hershey no habla de kilotones: habla de una madre que busca a su hija. Al mismo tiempo, denuncia que ni Japón ni Estados Unidos explicaron con claridad qué era la radiación, y por eso la gente moría sin saber por qué. A pesar de todo, sin embargo, la gente reconstruye su vida, se ayuda y sigue; por eso el título se vincula con la idea de matricaria y mijo.

En la actualidad, ante el lenguaje de exterminio de Donald Trump—“una civilización entera va a morir esta noche”, en referencia a arrasar por completo a Irán—conviene preguntarse qué tan cerca está la humanidad de que ocurra una guerra nuclear. Para que esto suceda, depende de que el conflicto regional crezca y se descontrole. Esto implica la participación de potencias con capacidad nuclear indirecta o con patronazgos estratégicos. Asimismo, habría que considerar ataques profundos y el colapso de frentes u objetivos existenciales.

La decisión de escalar el conflicto israelí-estadounidense-irani obedece a cómo se interprete la desinformación, a los fallos de inteligencia, a los errores de lectura y a las decisiones tomadas bajo presión o con tiempo comprimido. En Medio Oriente participan múltiples actores y diversos alineamientos. Si una potencia nuclear percibe que sus intereses vitales están comprometidos, podría concluir que no hay otra salida más que la “opción” nuclear. Bastaría con un incidente grave—ataques a instalaciones críticas, fallos de mando y control o un evento que parezca un ataque nuclear—para aumentar de forma drástica la probabilidad de decisiones catastróficas.

Las consecuencias de un intercambio nuclear en esa región no quedarían allí. Habría un impacto humano inmediato y masivo por las explosiones, el calor y la radiación inicial; los efectos sanitarios se extenderían a largo plazo. También se verían afectados la infraestructura y la cadena alimenticia: hospitales, energía, agua, puertos y carreteras quedarían inutilizables durante semanas, meses o incluso más. Además, los efectos climáticos serían globales: el humo y las partículas generadas por las bombas podrían alterar las precipitaciones y las temperaturas. Habría repercusiones directas en la agricultura.

El invierno nuclear provocaría cambios climáticos globales; se produciría un colapso de la seguridad y un aumento del caos. También surgirían crisis migratorias, conflictos por recursos y nuevos choques derivados de malos entendidos. La economía y la gobernanza se verían afectadas: se romperían las cadenas globales y aumentaría el riesgo de desórdenes civiles. Hiroshima muestra que el daño de usar armas atómicas no es solo físico, sino también social y sistémico, con efectos que se prolongan durante décadas.