Cultura

De siervos, vasallos y otras raleas

Por: Manuel Alcántara Sáez.

Uno de los fenómenos de mayor impacto en el orden político actual y que menos atención se presta es la profunda devaluación del concepto de ciudadanía. El ejercicio de derechos y libertades, la participación y la aspiración al bienestar ha definido al individuo del último medio siglo de una parte relevante de la humanidad. Sin embargo, en el marco de las democracias fatigadas en que vivimos se ha puesto el acento a la hora de realizar el diagnóstico de su estado en la representación, un ámbito que ha acabado siendo irrelevante cuando no despreciable por el creciente descrédito de los procesos electorales. La obscena permanente manipulación hasta el último minuto de los distritos electorales en Estados Unidos es la muestra más palmaria de ello.

La mayor complejidad de la ciudadanía hace tiempo que fue reemplazada por la simpleza del electorado y hoy el panorama que se alumbra tiene que ver con una reconfiguración de una figura que parecía relegada como es la del vasallaje. La exponencial revolución digital ha comportado una transformación radical de la sociedad mundial en un lapso muy breve que está trastocando los patrones económicos, las formas de interacción social y la manera en que se lleva a cabo la política. La exacerbación tecnológica, la desenfrenada popularización de su uso, la concentración del capital, las relaciones entre el poder político y el derivado del conglomerado empresarial han gestado una nueva era donde se va diluyendo la sociedad del cansancio que se denomina tecnofeudalismo.

En el tecnofeudalismo, según Yanis Varoufakis, profesor de economía y ministro de Finanzas en Grecia durante seis meses en 2015, en su libro de este título publicado hace justo un año, los mercados han sido desplazados por plataformas digitales que funcionan como feudos y el beneficio empresarial ha sido suplantado por una forma arcaica, pero tecnológicamente avanzada, de extracción: la renta de la nube. Un tipo de capital que, además, no actúa como un medio de producción tradicional, sino como un instrumento de modificación de la conducta humana mediante el algoritmo. Esta capacidad otorga a los dueños de este capital un poder de extracción que va más allá de lo que cualquier capitalista industrial pudo imaginar.

Una de las peculiaridades más malignas del capital de la nube es su capacidad para reproducirse sin que sea necesario pagar salarios a la gran mayoría de quienes favorecen su expansión. En el tecnofeudalismo, el stock de capital de las plataformas aumenta cada vez que un usuario hace un click, sube un video, publica una foto o, simplemente, se desplaza por la ciudad con su celular encendido. Este fenómeno convierte a miles de millones de personas en lo que Varoufakis denomina “siervos de la nube” que trabajan voluntaria, pero inconscientemente, y ocupan entretenidos su ocio para enriquecer a los dueños del capital de la nube porque, al mismo tiempo, cada interacción digital es, en esencia, trabajo gratuito, y a veces placentero, que entrena a los algoritmos y aumenta el valor de la plataforma. De esta forma, se facilita que las empresas tecnológicas mantengan estructuras de costes laborales extremadamente bajas en comparación con su facturación maximizando sus plusvalías.

Mientras que la inmensa mayoría de la población mundial actúa ahora como siervos de la nube, la clase capitalista tradicional, sostiene Varoufakis, ha sido degradada al estatus de vasalla siendo productores de mercancías físicas que, para llegar al consumidor, dependen totalmente de las plataformas en la nube propiedad de los grandes emporios. A diferencia de los trabajadores asalariados tradicionales, los siervos no reciben un pago por su actividad en las plataformas; su «pago» es el acceso a servicios que parecen gratuitos, pero que en realidad son el cebo para la extracción de sus datos y su atención. El capitalista vasallo es propietario de los medios de producción y emplea trabajadores, pero debe entregar una parte sustancial de sus ingresos (la renta de la nube) al dueño de la plataforma simplemente por el derecho a existir en el mercado digital.

En un orden de cosas opuesto, pero que ayuda a entender la coyuntura actual, hace un mes, Palantir Technologies –empresa de análisis de datos e inteligencia artificial cuyos clientes incluyen a los ejército de los Estados Unidos y de Israel, así como a la agencia de control de inmigración ICE– publicó su manifiesto de 22 puntos constitutivo de una especie de teoría del reemplazo que declara públicamente cuál debe ser el orden del mundo y que constituye la contrapartida del pensamiento de Varoufakis. La condena que en el último de los puntos del manifiesto acerca del pluralismo “vacuo y hueco” del que debe resistirse su superficial tentación es un ataque a toda forma de multiculturalismo y de reivindicación del regreso a la más estricta jerarquización de los grupos humanos. De hecho, lo que impone es que la tecnología es una ideología además de ser un poder material.

Ello resulta coherente con la certeza de que la tecnología, por sí sola, puede otorgar libertades que el Estado liberal es incapaz de proveer máxime ahora que están lejanos los tiempos en que se llegó a pensar que la IA se implementaría priorizando la seguridad y el bien común. La decisión del Pentágono de incluir en su lista negra a Anthropic porque quería restringir el uso de su IA —incluso para la vigilancia masiva y las armas totalmente autónomas— fue el gran momento que prestó la competencia para aprovechar la oportunidad y expandirse.

La confianza en los tecnofeudos -Silicon Valley-, alejados de las deterioradas y en declive democracias de masas, es total. Es la línea seguida por un filósofo neofascista, Curtis Yarvin. Conocido por su proyecto de la ilustración oscura, un culto tecnopolítico promotor del reemplazo de la democracia liberal por regímenes autoritarios, incluida la monarquía absoluta, que aboga por la creación de una plutocracia, una élite cognitiva, que sobreviva a una humanidad en decadencia. Se trata de los nuevos señores feudales.

Publicado en La Prensa de Panamá el 11 de mayo de 2026

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