CRIMEN ORGANIZADO REGIONAL DEPENDIENTE.
POR: MIGUEL BLANDINO.
En El Salvador –y toda Centroamérica, aunque los chapines digan que en su país no hay delincuencia y que todo lo malo les llega desde El Salvador- ni es extraña ni cosa nueva la delincuencia; y dicho fenómeno probablemente ha convivido desde siempre con la mayor parte de la población, esa a la que comúnmente se le llama “sana”.
En la literatura, Salarrué -el cuentista Salvador Salazar Arrué- dejó testimonio de una de las viejas prácticas delictivas: la de los asaltantes de caminos. Su cuento Semos Malos se refiere a esa tragedia cotidiana que involucra a los más pobres de la tierra, en su doble papel de víctima-victimario.
Y siempre el estigma de la criminalidad ha estado relacionado precisamente con la gente de escasos recursos. Se cree religiosamente que pobreza y delincuencia van de la mano. Se afirma que la gente rica es honorable porque sí. Se piensa que la dignidad está en relación directamente proporcional con la posesión de activos fijos, depósitos e inversiones.
De hecho, Roque Dalton al hablar de nosotros, los salvadoreños -los guanacos hijosdeputa-, en su Poema de Amor, nos describe como “los primeros en sacar el cuchillo” y “los reyes de la página roja”. Menciona a las que llenan los burdeles y cantinas de la zona; a los que cruzan las fronteras internacionales sin contar con una visa ni pasaporte; a los contrabandistas; a los estafadores, y dice que son los guanacos, es decir, los salvadoreños -nosotros, pues- los que en todos lados se dedican a la delincuencia, aunque sean los mejores artesanos del mundo.
Revisemos un poco la historia reciente: En las administraciones estadunidenses de Bush y Clinton, doce mil jóvenes fueron deportados hacia el territorio salvadoreño. Varios centenares de ellos habían llegado a los Estados Unidos en calidad de refugiados, durante la década de la guerra civil, acompañando a sus familiares adultos. La gran mayoría de aquellos migrantes eran miserables campesinos sobrevivientes, habitantes que huían de las zonas arrasadas por la guerra de exterminio que realizaba materialmente el ejército gubernamental, cuyo diseño había sido concebido en el Pentágono y era conducido en el terreno por los asesores estratégicos gringos.
Muchos de esos deportados pertenecían a una de las numerosas pandillas de Los Ángeles -la autodenominada Mara Salvatrucha o MS-, que en sus inicios se formó como un mecanismo de autodefensa para enfrentar los ataques de las antiguas bandas criminales que existían en varias ciudades de California. Con el tiempo la MS, que al principio fue una organización defensiva, tuvo una mutación que la llevó a convertirse en otro más de los grupos delictivos de los sucios y desordenados barrios pobres de las ciudades californianas, abandonadas secularmente por el aparato estatal.
Al llegar a suelo salvadoreño la “Mara” alcanzó un desarrollo rápido, aprovechando las debilidades de un Estado que se encontraba en franca retirada de sus obligaciones de seguridad pública, tras haber adoptado la ideología neoliberal, en seguimiento de las diez líneas de trabajo fundamentales de política económica neoliberal que fueron dictadas por parte del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en el llamado Consenso de Washington (1989). Pero, sobre todo, porque se nutrieron de la enorme masa de niños y jóvenes desocupados y sin expectativas de las colonias proletarias de la periferia que forma los cinturones de pobreza extrema en todas las ciudades.
En los años noventa estos grupos de muchachos permanecían vagabundeando en sus vecindarios a la caza de algo que hurtar de las tienditas o en los patios de las casas sin vigilancia o se instalaban en las aceras para mendigar una suegra entre los transeúntes –la incómoda y pesada moneda de un Colón que circuló hasta la dolarización de 2001-. Incluso en los primeros años del nuevo siglo, los muchachos pandilleros no pasaban de ser unos desgraciados que mendigaban con el estribillo “regalame una cora, tío” y se metían en riñas estudiantiles por pertenecer a diferentes instituciones educativas públicas, ya fueran los institutos técnicos o los institutos nacionales.
Con el tiempo, ya en franca expansión, la Mara Salvatrucha y otra pandilla formada también por jóvenes deportados, conocida en Los Ángeles como Barrio Dieciocho, alcanzaron gran notoriedad internacional no solo por sus actividades de extorsión a pequeños negocios y asaltos a camiones de entrega de mercancías o su papel en el narco menudeo y su labor como custodios de los corredores del narcotráfico internacional, sino porque en su disputa por el control territorial y poblacional, desarrollaron una muy cruenta guerra que en veinte años se cobró decenas de miles de víctimas que resultaron asesinadas y lesionadas.
La notoriedad internacional de tales bandas delincuenciales llevó a El Salvador a ocupar la cima a nivel mundial por su brutalidad y por el desmesurado número de víctimas que causaban, con lo que le consiguieron al país el nada digno renombre como el lugar más inseguro del mundo. Pero esos agrupamientos nunca se desarrollaron en lo cualitativo al nivel de la Cosa Nostra, la Logia Masónica Propaganda Due, o la mafia israelí y la rusa. Ni siquiera alcanzaron la importancia de las organizaciones criminales colombianas o mexicanas conocidas como carteles.
Eran apenas soldados rasos. Tan solo grupos de jóvenes aglutinados a una banda por una sola circunstancia: vivir en la zona que estaba bajo el control de una franquicia; no por una opción ideológica, sino por una suerte de destino fatal, simplemente por vivir en ese barrio y no en el que era controlado por otra pandilla.
La misma tragedia proletaria relatada por Salarrué y Roque Dalton, solo que ampliada. Aunque ya no como la protagonizada por el delincuente individual o por pequeños grupos de muy corta temporalidad, sino de una dimensión territorial y temporal muchísimo mayor.
Seguían teniendo en común el hecho de ser agrupaciones integradas por gente desharrapada. Y con el paso del tiempo dejaron de ser grupos de jóvenes, como cuando fueron deportados, para convertirse en bandas de adultos e, incluso, algunos de ellos bastante maduros.
Con el transcurso de los años, estas concentraciones de gente pobre, que en sus inicios eran poco menos que una panda de gente apenas inofensiva, fueron contactadas por verdaderas bandas criminales sanguinarias integradas por antiguos militares y policías desmovilizados tras la firma de los Acuerdos de Paz –y por militares y policías en servicio activo- que servían al crimen organizado internacional.
De ser pandillas casi inocuas y dispersas, fueron transitando hacia formas de organización superiores, con un comando central que era reconocido por los grupúsculos locales -a los que dieron el nombre de “clica”- y que ya obedecían a un jefe llamado “palabrero”.
De causar desórdenes callejeros, riñas tumultuarias, mendicidad escandalosa y alguno que otro delito menor, los miembros de las pandillas se transformaron en cuadros operativos que actuaban sobre el terreno para asegurar el desarrollo de los negocios de gran escala. El negocio que cruza el territorio nacional necesita de alguien que sea un experto conocedor de la población y del territorio para que realice la labor de inteligencia y de custodia de manera permanente.
Cada una de las dos pandillas principales que existían en El Salvador -y otras menos conocidas, pero también importantes- se pusieron al servicio de las diferentes grandes corporaciones del crimen organizado regional en sus distintas facetas de negocios, desde el tráfico de personas que pretenden llegar a los Estados Unidos sin necesidad de visa, el transporte de armas para los carteles colombianos, el contrabando de carros robados en un país para legalizarlo en otro, narcotráfico hacia el norte del continente, el movimiento de divisas para la compra de voluntades de policías y militares, funcionarios y políticos o para el financiamiento de iglesias cristianas sionistas, etc.
Para usar un concepto que los científicos sociales han tomado prestado de las ciencias naturales desde hace no muchos años voy a referirme al resultado de esta conexión amplia como un “ecosistema” criminal, con una cadena trófica bien identificada. En dicha cadena los muchachos –niños y jóvenes- de las pandillas son los microorganismos del sustrato básico; los agentes de policía y militares activos, junto con los jueces, legisladores, líderes religiosos y políticos y gobernantes, forman el nivel intermedio; mientras que los banqueros, operadores bursátiles y grandes empresarios forman la cúspide de la cadena alimentaria elemental de nivel nacional.
Pero ninguno de los integrantes de dicho ecosistema obtiene mágicamente, por generación espontánea, la energía necesaria para su existencia. Al igual que los ecosistemas del medio natural, que requieren del sol para obtener la energía vital, este “ecosistema” criminal requiere sí o sí de la vitalidad que le insufla el imperio yanqui, sin el cual no puede sobrevivir ni un solo día.
En ese sentido, el crimen organizado existente en la región centroamericana debe su supervivencia a la gracia de las estructuras del gobierno estadunidense que lo administran y le dan mantenimiento de forma permanente.
El crimen organizado es consustancial del capitalismo, especialmente en su fase superior parasitaria, el imperialismo. Lo vimos en el primer narco gobierno del mundo, con la Reina Victoria del Reino Unido, y lo vemos hoy en el imperialismo yanqui.
Los países centroamericanos, como todos los de América Latina, tienen estructuralmente un modelo de desarrollo local que se subordina a las necesidades de su centro de decisiones políticas, económicas y militares. Por eso catalogamos a sus economías como “dependientes”.
Del mismo modo, siendo el crimen organizado regional centroamericano una pieza en la estructura del crimen organizado internacional dirigido desde el imperio yanqui, podemos denominarlo como crimen organizado regional dependiente.
Solo cuando muera este imperio y caigan todos los tentáculos que han crecido en torno a su cabeza, vamos a ver a nuestras sociedades viviendo libres del azote de la peor de las criminalidades conocidas desde el origen de los tiempos terrenales: la anglófona.
La otra delincuencia, la de los que roban a hurtadillas o la de los violentos atracadores de caminos, esa va a desaparecer en la sociedad de justicia y verdad del socialismo realmente real, donde cada uno va a aportar según su capacidad para el colectivo y a cada cual se le proveerá de acuerdo con su necesidad.
