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Desabrochando intimidades.

Por Elina Malamud.

El mes de enero es un tiempo de comienzos -perdone usted la obviedad- y va desde los deseos que campean en el arbolito de diciembre o en el brindis de San Silvestre a las ilusiones de que se cumplan durante el año. Yo, en estas páginas, lo he dedicado muchas veces a rescatar hechos que retumban en la historia moderna además de los que cimbrean en la reciente actualidad. Sacuden el orden de los días en el calendario: el secuestro del presidente de Venezuela, el asalto al Capitolio en el invierno de Washington, el reclamo de los jóvenes panameños por la soberanía del Canal, allá por los sesentas, que acabó en masacre, el cuerpo de Rosa Luxemburgo recién asesinado que se hunde en un canal de Berlín todavía con los guantes puestos, la Trágica Semana de la represión a los huelguistas de los talleres Vasena y del pogrom, desatado por los “niños bien” de la Liga Patriótica en los barrios judíos de Once y Villa Crespo, único de esas características en el continente americano, cuando Pinie Wald fue torturado para que confesara que quería ser presidente de un soviet maximalista en la Argentina, cuando mi abuelo Elías tuvo la suerte de no ligar más que unos bastonazos, y del que mi papá sesgaba recuerdos volviendo sus callados ojos grises a ese año de 1919, su último año de alumno excelente -si señor, puros dieces- en el Nacional Buenos Aires.

Pero en esta nota, sin su permiso ni su complacencia, intelectualoso y culturoso lector, quiero tener el descaro de contarle cosas de mí y de la intimidad más recóndita de mi vieja infancia.

He de confesarle que desde muy chiquitita, mi mamá, que era tan intelectualosa como usted, me instruyó acerca de la verdad de la “semillita” -mis amigas de la cuadra no me creyeron cuando les fui con la novedad y dividieron su resistencia militante entre el repollo y la cigüeña- poco tiempo después de revelarme la verdadera identidad de los Reyes Magos. Lo de los Reyes Magos fue una cuestión temprana más bien práctica. Si bien la noche de reyes yo lustraba prolijamente mis zapatos, juntaba pastito tierno y fresco y dejaba el pequeño cuenco de agua para la larga sed de los camellos, me aterrorizaba la posibilidad de despertarme en medio de la noche y encontrarme a esos viejos barbudos todos coronados que trasponían vidrios, postigos y celosías sibilinamente y en silencio, encaramados en la joroba de un dromedario dentudo o, peor aún, que me los encontrara rozando la orilla de mi cama con sus mantones de terciopelo que venteaban arenas del desierto y polvo de estrellas… y con sus ojos negros clavados en mí.

Hoy, rememorando esa tranquilidad de que los reyes son los padres -aunque algunos todavía no estén avivados y prefieran seguir votando por los reyes y los nacidos del repollo- extraje, de un cajón antiguo, una carta ya amarronada, toda verseada, ajada y quebradiza, la misma que encontramos mi hermana y yo sobre los zapatitos ansiosos, en la madrugada de un seis de enero de los mediados del siglo pasado. Tenía, la tal carta, la impronta de ese hombre alto, adusto y pelirrojo del que yo heredé mi humor sangrón y la ironía impertinente. Era un hombre de su época, mi papá, con la honda cerrazón del inmigrante de principios de su siglo, la carga machísima del hombre proveedor, la tradición imperiosa de ajustar sus sentimientos y ternezas para que no se le escaparan en un descuido, la custodia de las hijas derivada en la esposa y madre, para que ella, intermediando como la virgen María, rogara por nosotras pecadoras a la hora de nuestros desquicios o de los berrinches por un capricho estrambótico.

Pero ese año del señor, sentado escondidamente a su escritorio patriarcal, en su sillón de algarrobo tan omnipoderoso, tan pesado y difícil de transportar que lo llamábamos “el muerto”, se autopercibió rey mago de la premodernidad y dejó fluir, como pudo y a su estilo, su querencia paternal. Y leímos esa mañana:

Los reyes magos otra vez; Baltasar, Gaspar, Melchor, los tres de nuevo en tierra argentina ¿qué traen para las niñas?

¿un biciclo, una carrada de juguetes? ¡Oh! Historia pasada.

Ya corren otros tiempos, señoritas Malamud, se vive una ilusión, se desea una virtud.

Traemos dulce para el mirar, Gaspar

Picardía para el pensar, Baltasar

Todo muy adobado de amor, Melchor

Ahora ya viejos, con lumbago, con un camello jorobado ¿Quién carga tantas cosas?

Hora es de cambiar el trato. Les traemos, mis niñas hermosas, estos libros para pasar el rato.

Y un saludo dulce, acaramelado, que suscribe por los tres, un

Rey Mago

Y seguía la M de su firma en tinta de lapicera fuente. La carta llevaba un lacre real, con hilos de colores seguidos del dibujo de tres coronitas y descansaba sobre una pila de libros nuevecitos con las tapas de fondo amarillo, típicas de la colección Robín Hood de la Editorial ACME que imprimía Bartolomé U. Chiesino en Avellaneda. Se cerraba en un doblez muy burocrático que rezaba, en diversas líneas:

Sección Gran Buenos Aires – Reparto de juguetes y menudencias.

Servicio nocturno anual (con la fresca). Único gremio que va a domicilio.

Me cabalgan en el recuerdo y todavía se me asoman desde un estante de mi biblioteca, lo confieso, las mujercitas bajo las lilas de Louise May Alcott, las lágrimas agobiantes de Johanna Spyri, el príncipe que fue mendigo de Mark Twain y el soberbio Sandokan que, más allá de la atropellada escritura de Emilio Salgari, a partir de esa noche de reyes fue mi primer héroe antimperialista, que peleando contra el colonialismo británico, le birló al cipayo rajá Brooke el amor de Marianna Guillonk, la morena Perla de Labuán, aunque algunos colonizados la dibujen rubia. Se me desgarra todavía el corazón cuando evoco la escena en que el velamen de su praho malayo, hinchado fortuitamente por el viento, apenas le permite escapar de la nueva amenaza de la tecnociencia inglesa, el barco a vapor, y Sandokan pronuncia la última frase de la última página del libro, un himno de mi generación:

  • Yáñez, pon la proa hacia Java. El Tigre de la Malasia ha muerto para siempre.

Pero retomando el mes de enero que todavía no terminó, ubicuo lector, me queda resto para celebrar la esperanza, recordando que en el día 27 de este mes conmemoramos cómo los cuerpos esqueléticos que quedaban tras las alambradas de Auschwitz miraron, con un nuevo brillo en sus ojos cansados, a los soldados rusos que, del lado humano de la vida, enfrentaban lo que nunca debió haber sucedido y que… no deja de suceder… Pareciera que aquello que sucedió se reencarnara en ese Trump rubio, rechonchón y maquillado que.. otra vez quiere anexar Austria… que aduce su derecho a entrar en los Sudetes y está a punto de invadir Polonia… aunque ahora la llame Groenlandia.

Pero como advierte el último de los Profetas diré que a cualquiera que se haga el Hitler le ha de llegar su Stalingrado.

Y así confiando, aquí me quedo, sentada al umbral de mi puerta, esperando que pase el cortejo. Cuál cortejo, me inquirirá usted, mi suspicaz lector. Imagínese… Y si no, le presto mis libros antiguos para que sueñe.