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En El Salvador ESTAMOS VIVOS PERO MUERTOS

El medio muerto que vota, aplaude y defiende a su verdugo. Cuando despertemos descubriremos las libertades y derechos que perdimos.

Por: Walter Raudales.

Henrik Ibsen, escritor nacido en Noruega, no escribió sobre muertos que resucitan. Escribió sobre vivos que descubren que nunca vivieron. En su última obra, «Cuando despertamos los muertos» en el epílogo un escultor famoso, una musa que enloqueció y una esposa que quiere vivir de verdad suben una montaña para despertar. Les cae una avalancha.

Estamos dormidos porque dejamos de preguntar. Imaginemos a Henrik Ibsen despertando en América Latina en 2026. Después de caudillos, dictaduras y democracias frágiles, encontraría el mismo truco con mejor escenografía: gobernantes que llegan con votos y aplausos, e invocan seguridad, patria, Dios o la voluntad mayoritaria para no rendir cuentas. Al ver la red CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) y la agenda «trumpista» haciendo gira por el continente, reconocería el viejo conflicto ibseniano con actores nuevos: la libertad contra la obediencia, la verdad contra la apariencia, las tradiciones contra la vida que quiere vivir. Su pregunta seguiría intacta: ¿cuándo despierta un pueblo y descubre que, en nombre de su salvación, empezó a renunciar a su libertad?

El muerto que vota, aplaude y defiende a su verdugo
Hay sociedades que eligen con entusiasmo y luego descubren que, mientras celebraban, estaban firmando su renuncia. Es la muerte política más peligrosa, porque no quita las urnas. Las deja. Conserva elecciones, himnos y cadenas nacionales, mientras vacía tribunales, desacredita prensa crítica y convierte al adversario en enemigo de la nación.

La CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) es hoy la feria donde esa fórmula se exporta: nacionalismo, líder infalible, religiosidad política y guerra cultural. La agenda «trumpista» le puso el guion: el pueblo auténtico contra las élites traidoras. En América Latina pega porque el dolor es real. Inseguridad, corrupción, desigualdad, hartazgo con los partidos. El problema no es querer orden. El problema es cuando ese dolor se convierte en cheque en blanco. Cuando la emergencia se vuelve permanente y cuestionar al líder se vuelve traición.

Ahí nace el muerto que nos interesa: conserva el voto, pero renuncia al criterio. La ideología en tres dimensiones: QUERER, PODER Y DEBER. Ahí es donde el escritor Ibsen nos desnuda. Dice que hay 3 niveles de la libertad. Así opera el nuevo autoritarismo electoral:

1. QUERER: Nos enseñaron a querer mal. A querer orden antes que verdad. A querer castigo antes que justicia. El votante ya no quiere desde el deseo, quiere desde la herida y la venganza. Desde el algoritmo, desde el enemigo infundado y creado en las redes.

2. PODER: El poder ya no es gobernar, es performar. Poder clausurar, poder insultar, poder humillar en vivo. Como Rubek, pueden esculpir, pero ya no pueden crear. Pueden ganar, pero no pueden transformar.

3. DEBER: El deber se volvió obediencia social. Deber a la patria, a la familia tradicional, a la fe de vitrina. Ibsen, que se crió en el deber luterano, lo dinamita: el deber sin verdad es hipocresía pura.

Como decía San Agustín de Hipona en el siglo IV: ¡Se puede, siempre que se quiere! Pero en Ibsen, querer no es berrinche. Es acto ético. Y hoy tenemos a todos separados: quien quiere no puede, quien puede no debe, y quien cumple el deber jamás quiso.

Religiosidad y descontento
Ibsen no odiaba la fe. Odiaba la religiosidad como anestesia. Eso que vemos hoy, pastores bendiciendo candidatos, rosarios en mítines y colgados en los carros de campaña o a la par del poster del presidente, biblias sobre constituciones, no es fe. Es el código de normalidad que aparece cuando hace falta más que un código de normalidad. Es el calmante para no mirar las deficiencias que saltan a la vista y te chocan de frente. Lo anterior demuestra el uso de la fé, como instrumento y trampolín para perpetuar poder político y cultural sobre la gente, esto con la complicidad y complacencia de algunos líderes religiosos de las grandes iglesias que aglutinan a más feligreses y creyentes.

La tesis más peligrosa: Fabricarle enemigos al pueblo
Ibsen no escribió un enemigo del pueblo en 1882 contra el pueblo. La escribió contra la trampa de convertir al pueblo en turba.

En su obra el personaje del Dr. Stockmann descubre que las aguas del balneario, la fuente de dinero del pueblo, están envenenadas. Dice la verdad. El pueblo no le responde con argumentos. Le responde declarándolo enemigo del pueblo. Le rompen los vidrios, le echan del trabajo, le amenazan a los hijos. ¿Por qué? Porque la verdad era cara y la mentira daba empleo.

Esa es la tesis peligrosa que hoy la agenda CPAC(Conferencia de Acción Política Conservadora) -trumpista perfeccionó en América Latina y en El Salvador, que tienes que nombrar con ejemplos concretos:
La técnica es siempre la misma y consta de 4 pasos:

1. Nombrar al enemigo. No se discute una idea, se personaliza un culpable «Se ataca a la persona, no al mensaje».
2. Deshumanizarlo. No es adversario, es cáncer, parásito, plaga, «hay que destruirlo, en redes y en lo físico».
3. Azuzar a la mayoría. Se le dice a la mitad más uno: tú eres el pueblo bueno, ellos te quieren quitar todo «Atacar a todos los que el gobernante señala».
4. Justificar el atropello. Como son enemigos del pueblo, todo vale contra ellos (amedrentarlos, cerrarle espacios y confiscar los medios, perseguirlos, apresarlos, exiliarlos, y hasta desaparecerlos).

¿Quiénes son hoy esos enemigos fabricados? Ahora los enemigos fabricados del régimen son muchos y por todos lados:

a) La prensa que no aplaude. De «fake news, enemigo del pueblo» de Trump, a «panfletos de Soros», «sicarios mediáticos», «chayoteros», «medios vendidos». No se les acusa de equivocarse, se les acusa de ser traidores. Resultado: la mayoría fanatizada ya no quiere informarse, quiere linchar.
b) La ciencia y la universidad. El profesor, el científico, el médico que dijo que el agua estaba contaminada. Hoy es «adoctrinador», «ideólogo de género», «globalista». En Brasil se quemó el discurso contra universidades, en Argentina contra el CONICET, en México y Colombia contra la UNAM y la ciencia crítica, en El Salvador amedrentaron a los rectores de las universidades y estos hicieron mutis. Si desprestigias al que mide, puedes decir que el agua está limpia.
c) Las mujeres y las disidencias que no piden permiso. El feminismo convertido en «enemigo de la familia.

Protesto por la ausencia de vida en la vida pública.
Veo congresos llenos y vacíos. Veo iglesias llenas y vacías. Veo timelines llenos y vacíos. La arremetida de la ideología CPAC y la agenda trumpista en Latam no nos trajo ideas nuevas. Nos trajo muertos bien maquillados: el anticomunismo de 1960, el patriarcado de 1950, el orden sin justicia de siempre, pero ahora con micrófono, streaming y versículo bíblico.

Rubek, el escultor de Ibsen, cambió el ideal por el encargo burgués. Es nuestra élite: pudo crear futuro y prefirió esculpir estatuas. Irene, su musa, es la memoria que vuelve a reclamar: me mataste el alma. Maja es la que dice basta, yo quiero bajar al valle y vivir.

Nos vendieron que despertar era volver atrás.
¿Quién protesta por lo que falta cuando todos celebran anuncios y promesas?
Falta libertad cuando criticar es atacar al pueblo, no hay justicia cuando tus garantías dependen de si le caes bien al poder. Ausencia de la democracia cuando la mitad más uno cree que puede decidir qué derechos merecen los demás.Y falta ciudadanía cuando dejamos de preguntar.

Nos falta una conciencia que piense, sin pedirle permiso a su camiseta. Del reconocer lo bueno sin dar cheque en blanco. Que denuncie el abuso sin tener que defender a los de antes. Protestar por la ausencia es exigir lo que el poder quiere que dejemos de pedir: verdad, justicia, libertad y cuentas claras.
Lo que más falta es una conciencia libre de su propia organización. Capaz de aplaudir lo que está bien sin volverse cómplice. Y de señalar lo que está mal sin volverse abogado del pasado. Eso es protestar por la ausencia: reclamarle al poder lo que más le conviene que olvidemos.

Querer, poder y deber: la libertad puesta a prueba, tres palabras para no autoengañarnos.
Querer es entender que esto no puede seguir así. Poder es tener instituciones, votos, tribunales, prensa, calle. Deber es usarlos aunque incomode a los nuestros.Hoy están rotas. Queremos seguridad y aceptamos cualquier cosa que prometa. Podemos votar y vemos como nuestros controles se debilitan. Sabemos que hay abusos y callamos porque el líder amedrenta y amenaza.

¿Cuánto tiempo puedes aplazar tus principios en nombre de una emergencia?

La mitad más uno no tiene la razón por decreto. Esta es la tesis más peligrosa que Ibsen nos dejó y que hoy se vende como virtud democrática. Una victoria electoral te da legitimidad para gobernar dentro de las reglas. No te convierte en dueño de la verdad ni de la voluntad colectiva.La mayoría puede equivocarse. Puede votar con miedo. Puede aceptar que otros pierdan derechos porque no son de su grupo o sector. Por eso la democracia no termina el día de las elecciones. Sigue en el juez independiente, en la prensa que incomoda, en la rendición de cuentas, en la protección de la minoría.

Cuando un gobernante responde a cada pregunta jurídica, ética o institucional con «yo tengo los votos», no está respondiendo. Está cambiando de tema. Si los derechos dependen de la simpatía mayoritaria, quien más necesita garantías queda desprotegido.

Dios, patria y familia: cuando la convicción se vuelve coartada.
La fe, la familia y la pertenencia importan. Nadie necesita despreciarlas para pensar. El problema empieza cuando se vuelven propiedad privada de una corriente. Como si solo ellos creyeran en Dios, solo ellos fueran patriotas, solo ellos supieran qué es familia.

La derecha radical las usa para mover el debate: ya no discutimos políticas públicas y resultados, discutimos quién es moral y quién es decadente. La fe que podía inspirar servicio se vuelve blindaje para no responder. Una sociedad plural defiende la libertad religiosa y la libertad de conciencia al mismo tiempo. No te pide renunciar a tus derechos para demostrar que respetas la creencia de otro.

El autoritarismo electoral en latinoamérica y en El Salvador lo ha entendido al revés: Sí el gobernante gana con la mitad más uno o más, desde ese segundo, Dios, el pueblo y la historia me autorizan a demoler cortes, apresar a los incómodos políticos, censurar, perseguir la prensa honesta e investigativa y reescribir la escuela con manuales de Maquiavelo, a usar el dinero del pueblo (presupuesto, a como me venga en gana y sin rendir cuentas). Confunden a propósito: legitimidad con impunidad, mandato con mesianismo.

La hipocresía tiene voceros, pero necesita seguidores.
Todo dictador, todo autoritario con votos, necesita lo mismo: construirse su propia base social. Y no la quiere crítica, la quiere ciega y fanática, por eso estamos vivos pero medio muertos. Una base capaz de renunciar incluso a sus propias convicciones, a sus intereses personales, familiares y colectivos, con tal de no fallarle al líder.

Ese es el verdadero logro del autoritarismo. No es que te quite. Es que logre que tú mismo defiendas que te quiten. Que el trabajador defienda al que le quita derechos laborales. Cuando el creyente defiende al que usa a Dios como coartada cuando dice ser enviado por Dios. Que la madre defienda al que recorta la escuela de sus hijos. O del ciudadano de a pie que celebra al que le cobra más por vivir peor. Lograr que el ciudadano vote mayoritariamente contra su propio bolsillo, contra su propia salud y contra el futuro de su familia, y que además sienta que está haciendo un acto de patriotismo.

Por eso la mentira nunca vive sola.

No se sostiene solo con el que la dice. Necesita todo un ecosistema que la cuide: medios que no verifican, jueces que miran a otro lado y ciudadanos que la repiten porque confirma lo que ya quieren creer.

Así funciona la hipocresía de la que habla Ibsen:

Exigimos transparencia al adversario y justificamos la opacidad del aliado. Denunciamos la concentración de poder en otro país y la aplaudimos en el propio. Gritamos contra la corrupción de los otros y le ponemos excusas a la de los nuestros.

El vocero miente, pero el seguidor es el que le da permiso para seguir mintiendo.
Sin esa base que se traiciona a sí misma, ningún muerto podría seguir gobernando.

Redimirse en virtud de la verdad, no es reconocer el error cuando ya no queda otra. Es investigar, corregir, reparar y aceptar que ninguna causa te da permiso para mentir. La pregunta necesaria no es solo por qué mienten los políticos. Es por qué tantos defienden la mentira cuando viene de su «mentiroso preferido» o del conformismo de que todo siga igual cuando escuchas al ciudadano de la calle decir: Si robaron los anteriores que roben, estos también…»

Hay que despertar antes de que la ausencia sea irreversible
Ibsen nos advierte: puedes pasar la vida defendiendo decisiones que solo entiendes cuando ya perdiste lo esencial. América Latina conoce el precio del líder indispensable y de las instituciones débiles. Por eso la salida no es cambiar un culto por otro. Es recuperar la capacidad de examinar, disentir y exigir cuentas.

Querer es el inicio. Poder es organizarse e institucionalizar. Deber es no abandonar a quienes quedan expuestos cuando la mayoría decide que sus derechos son negociables.Quizá el despertar más duro es este: nosotros también matamos la democracia cuando justificamos en los nuestros lo que denunciamos en los demás.

Hay un personaje que Ibsen no escribió, pero que hoy llena las plazas y los buses. Es el ciudadano «desciudadanizado». No es el fanático que grita, es peor; es el que ya no reclama. Es el que aceleradamente ha sido reeducado para dar gracias por estar jodido con tal que lo dejen sobrevivir, esto incluye a las minorías con grado académico superior en un país como El Salvador, donde el grado escolar promedio de la población es de séptimo grado.

El poder ya no necesita que lo ames. Le basta con que le agradezcas que no te haya matado del todo. Ese es el triunfo del autoritarismo electoral que nos traen CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) y sus franquicias latinas: no fabrican solo militantes, fabrican sobrevivientes agradecidos. Gente a la que le quitaron salud, salario, justicia, futuro, y que aprendió a decir gracias porque al menos no le quitaron la vida.

Es el conformismo del sobreviviente conveniente.

El que dice: «al menos hay orden y seguridad». Al menos no me robaron hoy. Al menos me dejaron pasar. Al menos me dejaron vender en la esquina. Al menos no me llevaron preso a mí. Y así normalizamos lo que nunca debió ser normal: que el ciudadano de a pie diga, como si fuera una filosofía, como si fuera dignidad perder los derechos elementales:

¡Con solo que me dejen sobrevivir, suficiente!
No, no es suficiente. Esa frase no es humildad. Es la derrota, es deshumanizar al ciudadano. Porque sobrevivir no es vivir. Sobrevivir es lo que hace un rehén. Vivir es lo que hace un ciudadano.

El desciudadanizado es Rubek al revés. Rubek tenía arte y lo cambió por comodidad. Este no tenía nada y le enseñaron a confundir la comodidad de seguir respirando con la libertad. Le quitaron el Querer, le anularon el Poder y le convirtieron el Deber en obediencia: tu deber es no molestar, no preguntar, no organizarte. Tu deber es agradecer.

Ibsen diría: cuando un pueblo se entrena para agradecerle a su verdugo que lo deje respirar por la nariz mientras le pisa la boca, ya no está dormido. Está embalsamado y aplaudiendo su propio velorio. Y lo más trágico es que ese ciudadano cree que es realista, cree ser maduro, que es pragmático cuando repite las frases del gobernante. Mientras el poder lo mira y dice: perfecto, así lo quiero, quietos, medio vivos, con miedo pero agradecidos.

Hay que redimir en virtud de la verdad

Hay que redimir en virtud de la verdad, se impone redimirse antes de la mentira, cualidad no tan ordinaria como se pregona en círculos oficiales. Nosotros estamos a tiempo. La tarea no es ser de izquierda o de derecha. Es combatir de verdad. La hipocresía en sus diversas manifestaciones y tener el coraje de mirar el eterno conflicto entre las ideas nuevas y las viejas tradiciones que estalla en todas las clases, hasta en la familia y en los grupos de WhatsApp.

Ibsen no promete final feliz, promete avalancha.