Los contenidos basura de Internet generados por Inteligencia Artificial: una forma malsana de entretenimiento.
Por: Fabián Acosta Rico. Universidad de Guadalajara – México
Dentro del arte existe una corriente que busca el preciosismo con exageración sentimental y mal gusto, visible en los típicos cuadros de perros vestidos jugando cartas o en el ya casi olvidado retrato del niño llorando pintado de payasito. Esta escuela tiene nombre: kitsch, definido por el semiótico italiano Umberto Eco como lo sublime fallido.
Uno de sus exponentes más conocidos es Mark Ryden, quien pinta niñas de estética coquette, infantilizadas y rodeadas de elementos absurdos: reuniones de té donde se corta carne como tablajera o escenas devocionales dirigidas a Abraham Lincoln. Este surrealismo pop alcanzó amplia difusión con la portada del álbum Dangerous, de Michael Jackson. Para los críticos, el kitsch representa una expresión de decadencia estética que recorre los vastos territorios del mal gusto.
Sin embargo, lo cursi y lo absurdo poseen atractivo para amplios sectores consumidores que hoy encuentran entretenimiento en Internet, donde el kitsch ha sido reemplazado por versiones aún más degradadas producidas mediante Inteligencia Artificial en forma de videos e imágenes basura.
La televisión ya había preparado el terreno con caricaturas como Cow and Chicken, I Am Weasel y SpongeBob SquarePants, que exploraban el absurdo y lo grotesco, aunque equilibrados con creatividad narrativa y humor estilizado. Aquellas producciones, aun dentro del disparate, respondían a una intención artística y narrativa. Hoy el fenómeno adopta nuevas formas en redes sociales mediante contenidos virales conocidos como Italian brainrot, responsables de personajes tan olvidables como tiburones con tenis, cocodrilos bombarderos o bailarinas capuchinas acompañadas de estribillos repetitivos.
Estos videos funcionan como auténtica comida chatarra digital: historias breves, inverosímiles y profundamente sentimentalistas diseñadas para provocar emoción inmediata. Un ejemplo recurrente muestra un avión que cae al mar y del que sobreviven un bebé y un gatito que, milagrosamente, salva al infante en una improvisada barca. Narrativas absurdas que ejemplifican perfectamente lo sublime fallido del kitsch, ahora desprovisto incluso de aspiración estética.
Su valor informativo y formativo es prácticamente nulo; sólo buscan conmover sin propósito. Precisamente por su fácil consumo, su proliferación resulta inevitable. Quienes crecimos viendo televisión aún podíamos elegir entre las animaciones irreverentes de Nickelodeon o los documentales de History Channel, antes de su giro hacia contenidos pseudohistóricos como Ancient Aliens o programas de entretenimiento comercial como Pawn Stars. Hoy, aunque no lo queramos, los algoritmos invaden Facebook, Instagram, YouTube y X con producciones automatizadas.
Si el consumo es sencillo, la producción también lo es. Basta introducir instrucciones básicas y dejar que la IA genere videos en serie. Lejos de alarmarse, los magnates tecnológicos celebran esta etapa. Mark Zuckerberg ha señalado que las redes sociales atraviesan su tercera fase: primero contenidos provenientes de amigos y familiares; después, la profesionalización con creadores e influencers; y finalmente la era actual, donde la Inteligencia Artificial se convierte en la principal productora de videos, audios y textos.
La empresa Meta Platforms impulsa activamente esta transformación mediante generadores de imágenes y video cada vez más accesibles. El uso de la IA para crear contenidos crece sin regulación clara ni filtros efectivos. Según Neal Mohan, director ejecutivo de YouTube, más de un millón de canales utilizan herramientas de IA para producir contenido. A su vez, la plataforma Kapwing estima que alrededor del 20% de los nuevos videos subidos a YouTube son producciones de baja calidad generadas artificialmente.
Entre los ejemplos más recurrentes destacan animaciones con estructura narrativa rígida y repetitiva: un personaje sufre una desgracia, es humillado públicamente, trabaja arduamente para superarse y finalmente alcanza un final feliz exageradamente sentimental. Su estética tridimensional recuerda peluches digitales y relatos diseñados exclusivamente para el consumo emocional rápido. El canal hindú Bandar Apna Dost acumula miles de millones de visualizaciones con este modelo, generando ingresos millonarios.
El problema resulta doble. Por un lado, los creadores pueden sustituir imaginación y esfuerzo por fórmulas automatizadas, empobreciendo el ejercicio creativo. La habilidad que no se utiliza termina atrofiándose. Por otro lado, las audiencias —especialmente las nuevas generaciones— se acostumbran a contenidos superficiales, formando un círculo vicioso entre producción fácil y consumo acrítico.
Así, la Inteligencia Artificial, lejos de elevar el nivel cultural digital, corre el riesgo de consolidar una estética del entretenimiento vacío: un kitsch automatizado que transforma el ocio en una experiencia cada vez más pobre para la imaginación, la sensibilidad estética y la inteligencia colectiva.
