ARGENTINA. A 50 años del Golpe de Estado – 1976-2026.
Por: Marcelo Valko.
El desaparecido no tiene entidad.
No está muerto ni vivo…está desaparecido.
dictador Jorge Videla
“Josef K. sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”. Con esa incertidumbre difusa Kafka comienza El Proceso. A mediados de abril de 1976, Iris Pereyra de Avellaneda fue secuestrada en su hogar junto a Floreal, su hijo de 15 años y llevada a la comisaría de Villa Martelli, uno de los 814 centros clandestinos de detención como la ESMA, el Pozo de Banfield, El Campito o El Chalet que funcionaron en jefaturas de policía, regimientos, comisarías, unidades penales y hospitales. Iris le pregunta a uno de sus represores “¿Qué hice para que me traigan acá?”, el sujeto responde “No sé señora”. Realmente lo ignora, pero si la chuparon debe ser por algo que él no necesita saber. Más tarde otro le dirá “está acusada de Comunista Montonera”. Un mejunje imposible donde Floreal, El Negrito como le decían en casa sería asesinado tras un suplicio brutal. De alguna manera, la incertidumbre de esta madre, la explica el general Ibérico Saint-Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, cuando en mayo de 1977 afirma de manera enfática: “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”. Si Kafka hubiese padecido los crímenes de la Dictadura cívico-militar-eclesiástica de 1976/1983 podría haber agregado a su libro una sutileza criolla propia del terrorismo simbólico: «Josef K. sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido, por algo sería».
Las elites que manejaban a la Dictadura buscaban desguazar el Estado, desindustrializar el país, achicar su aparato productivo y adecuarlo al rol de exportador de bienes primarios sin valor agregado. Para lograrlo era necesario disciplinar a como diera lugar a una sociedad acostumbrada a ejercer sus derechos. Y así, se produjeron signos de un espanto sin control. En aquel tiempo, una persona fue fusilada contra la pared del Obelisco. Parece increíble, pero sucedió. En la madrugada del domingo 4 de julio de 1976 en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires un grupo de sujetos con cascos de acero bajó de un automóvil frente al Obelisco, en aquel entonces no tenía el cerco de rejas que tiene en la actualidad. Sacaron del auto a un joven atado y amordazado “lo apoyaron contra una de las paredes de piedra blanca del monumento, formaron un pelotón de fusilamiento y lo agujerearon a balazos. Se fueron, dejando allí el cadáver”. Con toda tranquilidad, el grupo de tiradores regresó al vehículo y se alejó del lugar. Poco después, el cuerpo fue retirado por miembros de la Comisaría 1° sin brindar mayores datos. El día anterior, en el coqueto barrio de Belgrano, una patota desbocada ejecutó a cinco sacerdotes de la orden palotina. En esos años siniestros, los Grupos de Tareas, secuestraron médicos en hospitales, abogados que presentaban habeas corpus, delegados gremiales combativos, monjas que asistían a enfermos, sacerdotes y hasta obispos que eligieron la opción por los pobres, estudiantes a la salida de la Facultad, amas de casa en su cocina, embarazadas. Jóvenes soldados que cumplían su año de conscripción fueron “chupados” en los cuarteles. Oscar Smith, secretario del gremio de Luz y Fuerza fue secuestrado en febrero de 1977. Semanas después una docena de delegados de ese gremio fueron “chupados” y al igual que Smith continúan desaparecidos. Se estima que 510 niños, algunos nacidos en cautiverio, fueron secuestrados y desaparecidos, de los cuales hoy, más de un centenar logró recuperar su verdadera identidad.
La Dictadura sembró incertidumbre. Nadie comprendía porque se llevaban a un vecino, a un compañero de oficina, a un pibe que pedía boleto estudiantil. Al terrorismo de Estado se sumaba el terrorismo simbólico. Todos “podían” desaparecer. Aquellos años de plomo no solo fueron aciagos por el horror físico de la tortura y la muerte, sino también por la incertidumbre. Charly García lo expresó en una estrofa de Los Dinosaurios: “Los amigos del barrio pueden desaparecer”. La clave radica en la posibilidad, impone el riesgo de ser “chupado”. Todos podíamos desaparecer en las garras de los Grupos de Tareas muchos integrados por mano de obra de la Triple A que condujo López Rega, rostro visible de la ultra derecha que fuera ministro de Bienestar Social de Juan Perón y luego de Isabelita. En 1979 cuando llega la Comisión de la OEA para investigar sobre las violaciones a los DDHH, estos Grupos de Tareas continuaban operando con tal impunidad que hasta crearon empresas para vender los bienes que robaban de los domicilios de la gente que secuestraban.
La Junta Militar, integrada por Videla, Massera y Agosti no tuvo una idea clara de lo que harían con los cuerpos de las personas “irrecuperables” secuestrados de manera clandestina e ilegal. Si bien aplicaron en algunos casos puntuales la “Ley de Fugas” como en Margarita Belén o muertos en “enfrentamientos”, era imposible “blanquear” de ese modo a millares de personas. Tal como confesó el mismo Videla en la entrevista realizada por Ceferino Reato un año antes de su muerte en prisión: “Nosotros no tomamos esa decisión antes del golpe sino cuando se nos presentó el problema de qué hacer con esa gente, que no podía ser fusilada públicamente ni tampoco podía ser condenada judicialmente. La solución fue apareciendo de una manera espontánea…”. Esa “solución espontánea” llevó a que los cuerpos de las víctimas acabaran en fosas clandestinas como El Pozo de Vargas o La Perla entre otros. También tal “espontaneidad” contó con los Vuelos de la Muerte donde introducían a los detenidos en aviones Electra Lockheed L 188 de la Armada o los Short Skyvan SC-7 de Prefectura. Los prisioneros eran narcotizados con pentotal, conocida en la jerga como “pentonaval” para facilitar la maniobra. Una vez que sobrevolaban el Río de la Plata los arrojaban vivos al agua. Tal como indica la Comisión por la Memoria de Madariaga, ese fue el “Último eslabón en la cadena de acciones de la desaparición forzada de personas: el secuestro, la tortura, la reclusión, el asesinato”. En una tranquila ciudad de provincia como Chivilcoy la Comisión por la Memoria local denuncia que fueron 25 las personas entre ejecutados y desaparecidos, un dato que nos da la magnitud del drama padecido en aquellos años.
El terrorismo de Estado junto a su aparato publicitario logró en buena medida disciplinar a la sociedad silenciando voces valientes. Desaparecieron escritores como Rodolfo Walsh y cineastas como Raymundo Gleyzer. Millares se exiliaron, entre ellos actores como Alfredo Alcón, escritores como Osvaldo Soriano y hasta el músico Ariel Ramírez creador de La Misa Criolla. Se prohibieron libros inmortales como Crimen y Castigo de Dostoievski. Incluso cayeron editores. En una “redada” en el Centro Editor de América Latina (CEAL) creado por Boris Spivacow capturan 24 toneladas de libros y fascículos. Más de un millón y medio de textos fueron “detenidos” y luego quemados en un baldío de Sarandí. Un siglo antes el poeta alemán Heinrich Heine vislumbró el futuro: “donde se queman libros se terminan quemando personas”. En el colmo del absurdo, los ojos de la censura se enfocaron en el mítico programa infantil El Capitán Piluso interpretado por Alberto Olmedo y Humberto Ortiz como Coquito autor de los libretos. El Capitan Piluso fue despojado de su rango y dejó de llamarse Capitán, le quitaron la honda que tenía colgada del cuello, “porque incitaba a la violencia de los chicos” y Coquito perdió su traje de marinero porque ridiculizaba a la Armada Argentina.
Aunque la situación económica se deterioraba cada día más, el retorno democrático parecía una lejana utopía. De hecho en 1981 el general Leopoldo Galtieri aseguró “las urnas están bien guardadas”. Sin embargo, un año después, los imprevistos flujos y reflujos de la historia mostraron una salida impensada. La derrota de Malvinas hundió los sueños castrenses, máxime después de la euforia inicial y el modo en que el Ejército de la Dictadura (no el de San Martín) condujo la guerra. Sugiero consultar el Informe Rattenbach elaborado por los mismos militares donde manda destituir a Galtieri y condenarlo a pena de muerte al igual que a otros responsables. En Chile por ejemplo, donde no hubo un naufragio bélico Pinochet siguió ejerciendo el poder y luego terminó como senador vitalicio. Franco tras su victoria permaneció casi cuarenta años. Si en Argentina, tras la derrota de Malvinas las FF.AA. pudieron retirarse en orden del gobierno, fue debido a la complicidad de políticos radicales y peronistas.
Durante todos los años de Dictadura, se produjeron huelgas y paros valientes que el espacio brindado en esta nota no me permite abarcar, resistencias que dieron la vuelta al mundo como la ronda de las Madres de Plaza de Mayo en torno a nuestra austera pirámide de la Revolución. Ellas enarbolaron un reclamo inmortal con una consigna simple, propia de un ama de casa que busca a un hijo: “con vida lo llevaron, con vida lo queremos”. Para finalizar, y como nobleza obliga, la Junta Militar genocida del ´76 se autodenominó Proceso de RE-Organización Nacional ya que se consideraba heredera de Julio Roca que según la historia oficial, esa obra maestra de la oligarquía, Organizó la Nación realizando un exterminio indígena mayúsculo. Muy pronto, Roca y sus mandantes reemplazaron al Malón Indio para enfocarse en el Malón Rojo con duras legislaciones y violencia inaudita para disciplinar al movimiento obrero. Hoy negacionismo mediante buscan lo mismo. En “Pedagogía de la Desmemoria” planteo una hipótesis obvia: matanza hereda matanza, genocidio hereda genocidio, hoguera hereda hoguera y así seguimos. A 50 años del Golpe de Estado, no perdonamos, no olvidamos. Son 30.000. Memoria Verdad y Justicia. Es lento, pero viene…
