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Como el sauce llorón.

Por Elina Malamud. *

En estos días tan impertinentes, acucioso lector, he estado auscultando la memoria de mis archivos, en un esfuerzo por recordar si, en algún momento de la Historia Moderna, si en los estertores de cualquiera de las numerosas guerras que inició la muy civilizada península europea, algún Estado que hubiera alcanzado importantes logros en los avances de la ciencia aplicada a la tecnología militar, se atrevió a experimentar las novedades de una explosión nuclear que afectara a una población de seres totalmente humanos.

De los resultados de mi investigación surge que ha habido un único caso, desdoblado en dos fechas, el 6 y el 9 de agosto de 1945, cuando los Estados Unidos de Norteamérica dejaron caer sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, nombres que sellaron el espanto absorto en que se sumió el orbe cuando despertó en la alucinación de aquella luminosidad mortuoria.

Ese país, que algunos llaman “el Imperio”, tal vez haya despertado a su auto infligido destino de panóptico activo del mundo, cuando le robó el istmo de Panamá a Colombia para construir su canal interoceánico y echó a las últimas colonias españolas para adueñarse del Caribe. Desde entonces en adelante lo puedo atosigar, desmemoriado lector, con una ristra incompleta de obviedades, intervenciones directas o desde las sombras, sobre la soberanía de las naciones, como la invasión a Nicaragua durante la guerra de las bananas en 1912, los más de un desembarcos en Santo Domingo y en Panamá, la amenaza a Cuba cuando el conflicto de los misiles en los años sesenta, la Operación Furia Urgente sobre Granada en 1983, el asesinato del presidente de Bolivia Juan José Torres, parte del Plan Cóndor que graznó y apapachó con sus alas macabras las dictaduras de los años sesenta y setenta en Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile y Argentina. Y casi no me queda lugar en la nota para las patrañas sobre armas de destrucción masiva que desmantelaron a la sociedad iraquí y el revoleo de bombas, presiones, sanciones, gravámenes y lancheros destripados que reviraron al gobierno electo de Venezuela y amenazan con un lento genocidio en Cuba.

Pero “el Imperio” no es más que el hijo de la frescura descarada con que, desde el siglo XVI los reinos peninsulares se apropiaron de casi todo nuestro largo continente, además de que Portugal se estableció en la costa occidental de África, los holandeses en Indonesia, el rey Leopoldo de Bélgica en el Congo, los franceses en la Cochinchina y el Reino Unido y Francia terminaron dos grandes guerras repartiéndose la costa occidental de Asia, que desde este lado del mundo llamamos Oriente Medio, por solo revolver generalidades de las sucesivas expansiones de los poderes del Occidente que dieron origen al capitalismo y a sus renovadas formas de explotación y concentración de la consecuente riqueza.

Y ya estará en autos, avispado lector, de que al echar una reducida mirada retrospectiva sobre la historia de Occidente quiero decir que lo que ha pasado y pasa en Palestina no estuvo aislado de lo que ocurre hoy en Asia Occidental y a nivel mundial, y que el genocidio gazatí a cámara abierta, que todavía sigue ocurriendo, es un escalón en el desmandado proyecto para la región. Haya estado en la intención original del Reino Unido serpenteando en la famosa declaración del Secretario del Foreign Office, Arthur Balfour, o se haya ido configurando a lo largo de la corta historia de su existencia, el país de Israel es, en la actualidad, la expresión del largo brazo de los intereses globales y linda con una tierra donde “el Imperio” sin ley, con su Junta por la Paz, en una burla macabra sobre conceptos básicos del humanismo, ha propuesto edificar un solarium mediterráneo desde donde ya está ejerciendo su propósito de rehacer, con un plumón y tinta china, las fronteras que ellos mismos diseñaron en la historia de su prepotencia.

Con los mismas cuentos del año 2003, pero montados en su cinismo mejorado, la yunta de Bibi Netanyahu y Donald Trump, acompañados por un incompleto cortejo de Occidente del que participa nuestro propio gobierno, hacen hoy del milenario Imperio Persa el objetivo central, borbotando a diestra y siniestra que tratan de evitar que produzcan el mismo estropicio nuclear que el presidente Truman propició en Japón en ese año de 1945 que cité renglones más arriba. Quizá sea más creíble aventurar que nomás se trate de evitar que los caminos chinos de la seda accedan al Mar Mediterráneo y que el petróleo de Irán no llegue a China, además de tomar partido en las diferencias que desde el siglo VII enfrentan a chiitas y sunitas.

Por mi parte, pasé el verano trepando las orillas de ríos serranos. Tropezando raíces y resbalando sobre las piedras, me detuve largos ratos a admirar, entre algarrobos, espinillos y piquillines, la belleza lánguida de los sauces llorones. Sus ramas como que se desmayan, despaciosas y melancólicas intentando acariciar el agua y yo pienso que sus hojitas siempre nuevas habrán visto, azoradas, acompasadas por el rumor variado del río, tantas crecidas, riadas, desbordes e inundaciones como bajantes, estiajes y sequías. Pero, firme en su pedazo de tierra húmeda, el sauce continúa, imperturbable, hundiendo sus raíces al costado de la corriente para pelearle, al pasar constante del río, la erosión de la ribera.

Yo, en tanto sauza llorona que soy, te convido, lector, a que nos sentemos juntos a la orilla de la Historia para observar con nuestros ojos atentos cómo crecieron las espigas, se agilizaron las manos de los artesanos, el hombre fue explotado por el hombre, los dueños de la ambición se armaron para robar tierras, riquezas y hasta seres humanos y cómo la rabia de los pueblos sojuzgados enfrentó al soberbio sin ley con el mismo bramido atropellado de las piedras que arrastra la riada.

Y nos prometamos, lector, estrechar las raíces que mantengan íntegras las costas de nuestra estructura humana con la acción de la palabra escrita o de la palabra hablada o de la pelea, que den al traste con el cambio cultural, con el quebranto civilizatorio al que, en estos tiempos corroídos por el desparpajo abusivo y el cinismo de la destemplanza… pareciera que solo el Chiqui Tapia pudiera ponerle fin…

*Página12. Argentina.