IA impostora: falsos religiosos creados con Inteligencia Artificial engañan a creyentes.
Por: Fabian Acosta Rico. (Universidad de Guadalajara- México).
El hombre moderno ha recorrido el dilatado trecho de la secularización queriendo liberarse de lo religioso. Romper las ataduras del pasado y adentrarse en el nihilismo, en la nada, deseando encontrar una idea, un dato, una notificación —aunque sea falaz— que lo distraiga o entretenga. Nada le aterra más que el aburrimiento, el tedio. Internet, como pasatiempo o, mejor dicho, como mata-tiempo, nos gravita en su adicción y nos vuelve demandantes de actualización constante, de novedad o de sorpresa.
Pronto entendimos que la tecnología no es en sí secular, aunque muchos integristas, de criterios medievales, consideren sacrílego emplear las máquinas con fines religiosos. El común de los creyentes no tiene ese pendiente; la invasión de la tecnociencia en el ámbito de lo sagrado puede tolerarse o aceptarse siempre y cuando no se crucen ciertos límites, como el de querer confesarse con un chatbot, por ejemplo.
Y vaya la sorpresa: muchos han regresado fortalecidos o se han reencontrado con su fe gracias a las redes sociales o, en algunos casos —no tan raros ya—, creen haber reconectado con Dios gracias a la IA, con aplicaciones como la ya popular Text With Jesus, de la que en su momento comentamos en un artículo anterior.
La cibertecnología al servicio de la religión… no había que esperar mucho. Con IA se pueden crear, sin demasiado esfuerzo, todo tipo de contenidos; no solo escritos, sino también fotográficos y de video, simulando lo que a la mente humana se le pueda ocurrir. El pantano de las noticias falsas anega la web, y es un pantano, magnificando la analogía, tecnológicamente pútrido. Lo apodan la “Internet muerta”, es decir, una cuyos contenidos son creados mayoritariamente por la IA, movida por no sabemos qué cuestionables motivos. Pues ahora resulta que el ciberpredicador al que le tienes tanta fe, cuyos consejos y alivios espirituales son el bálsamo que tu alma en busca de perdón necesita, puede tratarse de un montaje creado con inteligencia artificial.
Así empiezan a proliferar en Instagram, Facebook, TikTok y otras plataformas, con mucho éxito, videos de supuestos frailes, como el popular Fray Martín, todo un fenómeno en Instagram, y de religiosas muy socorridas en redes sociales. Como ocurre con muchas creaciones de la IA, de momento se desconoce quiénes son las personas, los grupos, las empresas o las instituciones —de la índole que sea— que están detrás de estos videos. En lo que no hay misterio es en que la Iglesia no es el artífice de estos montajes digitales. Además, no lo necesita, en la lógica de que no carece de predicadores ni de divulgadores de la fe; en sus filas, hombres y mujeres consagrados, así como laicos comprometidos, llevan ya tiempo desempeñándose como evangelizadores en las redes sociales.
El papa León XIV ya ha prevenido sobre la suplantación de identidades utilizando la IA sin ninguna regulación o normatividad ética, es decir, con irresponsabilidad o incluso con malicia. Para la Iglesia, todo creyente, por el don del bautismo, está llamado a ser profeta y a anunciar la Buena Nueva; pero también es cierto que por algo existe toda una institución eclesial, fiel custodia de la ortodoxia y de la Verdad revelada. Todo emprendimiento evangelizador debiera contar con la tutoría moral y doctrinal de un hombre consagrado, para evitar desvíos y malas interpretaciones del mensaje cristiano. La situación se agrava si es una IA, haciéndose pasar por un fraile, la que se pone a predicar en las redes sociales sin ninguna autorización ni supervisión de la Iglesia.
Los videos de estos falsos frailes sí logran engañar a un espectador inexperto. Están muy bien montados y parecen personas reales: los milagros de las nuevas tecnologías y su capacidad de simulación de la realidad. Lo que los ha delatado no ha sido tanto la imagen como sus contenidos, demasiado complacientes y muy en el tono de una espiritualidad de autoayuda y superación personal. Quienes se metieron a investigar con mayor profundidad descubrieron, no sin sorpresa, que los frailes y las religiosas de los videos no existían en la vida real. Finalmente, las propias IA terminaron validando las sospechas y afirmando que con ellas habían sido creados estos materiales audiovisuales.
Desde sus albores, la tecnología ha potencializado el trabajo humano, reduciendo esfuerzos, economizando tiempos y precisando procesos, pero también ha enajenado el potencial de las personas al atrofiar muchas de nuestras habilidades. Con la inteligencia artificial corremos el riesgo de que esto ocurra incluso con nuestras capacidades intelectuales. Imaginemos al pastor protestante o incluso al presbítero católico solicitándole a la IA que le escriba el sermón; peor aún, delegándole la tarea de evangelizar en las redes sociales, precisándole hacerlo con apego a la esencia misionera de su iglesia. ¿Dónde quedará entonces el diálogo ecuménico y el interreligioso? ¿Será sostenido entre IA católicas, luteranas, evangelistas o incluso budistas e islámicas?
Tendríamos en un futuro la desfachatez —quizá por comodidad, pereza o atrofia— de dejarle la custodia intelectual de los dogmas y de las verdades sagradas a las inteligencias artificiales. Esto comenzó con estos videos de falsos frailes, pero puede tratarse de una tendencia, de una inercia que se está posicionando: que una IA me adoctrine y me forme en las verdades de la fe.
