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Valores religiosos, morales y comportamiento electoral.

Por: Elio Masferrer Kan.

Las presiones sobre la población de varios países para influir en su comportamiento electoral son constantes y los políticos están recurriendo cada vez más a temas vinculados con comportamientos éticos y morales evitando cuestiones referidas a lo social y a la redistribución del ingreso. Es allí donde los diferentes actores buscan construir sus proyectos políticos, algunos para desalojar del poder a sus contrincantes y otros para poder configurar un proyecto político que convenza a los electores. En este contexto los políticos más eficientes son quienes lograron posicionarse partiendo de problemas de la seguridad pública.

Las cuestiones relacionadas con la seguridad pública están íntimamente relacionadas con la percepción social compartida de la existencia de un conjunto de fuerzas sociales que ponen en peligro la existencia de los distintos segmentos de la población y están referidos a lo que Stanley Cohen define como pánico social (Folk Devils and Moral Panics, 1972): “un episodio, condición, persona o grupo de personas que han sido definidos como una amenaza para los valores e intereses de la sociedad” y agrega “Su naturaleza se presenta de una forma estilizada y estereotipada por los medios de comunicación” pues los medios de comunicación pueden estimularlas por cobertura mediática o propaganda en torno a un asunto social.

Recientemente la descalificación de la población migrante en los Estados Unidos es un caso típico de construcción de pánico moral, que puede desembocar en procesos de “histeria colectiva”, una definición aceptada de la misma sería “la percepción, real o irreal, de una amenaza incontrolada, que genera pánico colectivo, un “terror excesivo e infundado”. Estas construcciones sociopolíticas tienen una larga historia y han sido estrategias eficientes de control de grupos sociales minoritarios que pueden ser empleados como “chivos expiatorios: un grupo o persona al que se acusa de errores y fracasos para encubrir a los responsables”.

Este tipo de construcciones que desvían la atención de los actores sociales en las sociedades de masas representan construcciones narrativas que permiten a ciertos líderes tomar el poder político desarrollando un conjunto de medidas que no podrían aplicarse en otros contextos: un ejemplo reciente es la explicación del presidente Trump cuando expresó que hay momentos en los que “se necesita un dictador” y que Él estaba dispuesto a asumir ese papel o mandato social.

El papel de las iglesias conservadoras es muy importante pues articulan el concepto de pánico social que generaría un conjunto de prácticas sociales propuestas, aplicadas y desarrolladas por grupos minoritarios, que reivindican la aplicación de criterios de equidad para recuperar un conjunto de posiciones sociales que representan situaciones estructurales que los perjudican. Las iglesias conservadoras construyen un discurso de

legitimación de esas diferencias o carencias sociales o culturales como resultado de una suerte de predestinación o mandato divino, por ejemplo, la subordinación de la mujer que estaría en la interpretación de ciertos textos sagrados, la condena bíblica a ciertas categorías de comportamientos sociales y la necesidad de mantener cierto orden “natural” en las sociedades.

Un caso muy interesante son las corrientes dominionistas bíblicas que rechazan la noción de cambio climático “Y bendijo Dios [a Adán y Eva], y Dios les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra, y sojuzgadla, y dominad sobre los peces del mar, y sobre las aves del aire, y sobre todas las bestias que se mueven sobre la tierra. » – Génesis 1:28 (KJV). En esta perspectiva quienes tienen otras interpretaciones podrían ser descalificados como agentes demoníacos despojándolos de toda condición humana. Estos criterios aplicados actualmente a la política generan los llamados procesos de deshumanización del “otro o los otros”, quienes no tendrían condición humana y por lo tanto carecerían de derechos humanos, sintetizados en una frese empleada alguna vez como slogan político “los derechos son para los humanos y no para las ratas”, aunque en la categoría de rata, estarían los delincuentes o aquellos definidos como “desviados sociales”. Instalando así la ley de la selva, donde no existe normas, autoridades legítimas, criterios éticos y morales de respeto a los semejantes, la supervivencia del más fuerte y el egoísmo.

En estos momentos el mundo está en “el filo de la navaja” y el desafío para los religiosos está en reconstruir el tejido social en torno a criterios de respeto y convivencia o cooperar a la crisis por la que atravesamos.

*Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH