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El Reloj del fin del mundo precisa que estamos a 85 segundos de la medianoche o del apocalipsis.

Por: Fabian Acosta Rico. Universidad de Guadalajara- México

La Tierra tiene 4.54 mil millones de años y, en sus edades geológicas, ha pasado por todo: desde su gaseoso génesis, su conversión en roca y las glaciaciones. Sin embargo, habrá que esperar unos 5 mil millones de años cuando el Sol agote su hidrógeno y se convierta en una estrella gigante roja que fagocitará y destruirá a todos los planetas. Ese sería el auténtico e irreversible fin del mundo causado por el colapso del astro rey. Para entonces, es posible que la humanidad se haya extinguido o, en un escenario más optimista, haya logrado migrar a otro planeta habitable, como lo plantea la película Interestelar. La ciencia ficción ha explorado este tema ampliamente con obras como Fundación, de Isaac Asimov.

Cuando hablamos del fin del mundo en términos milenaristas y catastrofistas, en realidad nos referimos a la extinción de la humanidad, partiendo de la idea de que la Tierra nos pertenece y que, sin nosotros, carecería de sentido. Sin embargo, el ejemplo de Chernóbil demuestra lo contrario. Tras el desastre nuclear, la flora y fauna lograron adaptarse a la radiación y prosperaron ante la ausencia humana. Esto deja en claro que la naturaleza no nos necesita y que, incluso, nuestra desaparición podría significar un renacimiento de los ecosistemas.

Existe un instrumento simbólico que mide qué tan cerca estamos de una catástrofe global: el Reloj del Apocalipsis, creado en 1947 por científicos vinculados al desarrollo de la energía nuclear. Sus manecillas representan el tiempo restante antes de un desastre global y actualmente marcan 85 segundos antes de la medianoche, el punto que simboliza la destrucción irreversible del planeta. Este indicador se basa en evaluaciones geopolíticas, económicas, sociales y ambientales publicadas por el Boletín de Científicos Atómicos. La actual posición del reloj es alarmante, ya que representa el momento más cercano al colapso global desde su creación.

Los factores que alimentan estas advertencias incluyen el deterioro de la cooperación internacional, el recrudecimiento del cambio climático, la persistente amenaza nuclear y el desarrollo acelerado de tecnologías avanzadas sin regulación adecuada, como la inteligencia artificial y las biotecnologías. El Reloj no sólo contempla una guerra nuclear, sino también la devastación ambiental, el colapso climático y posibles desastres tecnológicos de alcance mundial.

En el ámbito militar, el panorama es preocupante. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa prolongándose, mientras que Israel e Irán han demostrado su capacidad militar mediante ataques con misiles, drones y aviones. China mantiene su presión sobre Taiwán y las tensiones entre India y Pakistán persisten, ambas naciones con arsenal nuclear. En este contexto, no puede descartarse una guerra nuclear, la más devastadora amenaza para la humanidad. Tras el fin de la Guerra Fría, muchos pensaron que el riesgo de un conflicto nuclear había quedado atrás; sin embargo, el actual orden mundial multipolar muestra a Estados Unidos, Rusia y China modernizando sus arsenales y desarrollando programas militares espaciales.

No obstante, los seres humanos no necesitamos una guerra nuclear para poner en riesgo nuestra supervivencia. El cambio climático, impulsado por la emisión constante de gases de efecto invernadero, está generando daños severos en los ecosistemas. Las sequías prolongadas, el aumento de temperaturas y los fenómenos climáticos extremos evidencian que los efectos del calentamiento global ya son una realidad.

A esto se suma el avance acelerado de tecnologías emergentes que podrían transformar profundamente la naturaleza humana. La inteligencia artificial y las biotecnologías permiten modificar aspectos genéticos, neuronales y físicos, lo que ha dado pie a especulaciones sobre la llegada del posthumano, representado en figuras como los cyborgs. Surge entonces una interrogante ética fundamental: ¿debemos desarrollar todo aquello que somos capaces de crear? El progreso sin regulación ni reflexión puede convertirse en un riesgo para la propia humanidad.

Ante este panorama, resulta urgente fortalecer el diálogo multinacional para atender problemas globales. La sensatez indica que en una guerra nuclear nadie resultaría vencedor, del mismo modo que la sobreexplotación de los recursos naturales y la contaminación ambiental responden a intereses económicos de corto plazo que comprometen el futuro del planeta. La solución no radica únicamente en más avances científicos o tecnológicos, sino en el desarrollo de una conciencia ética que permita modificar nuestros hábitos de consumo y nuestra relación con la naturaleza.