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América Latina: el regreso de los cuchillos largos.

Venezuela y la resurgimiento de la Doctrina Monroe, versión siglo XXI.

Por Miguel A. Saavedra.

«Salvan a Venezuela… para robarle el petróleo.»El resurgir de la Doctrina Monroe… versión Trump

Donald J. Trump, desde su retorno a la Casa Blanca, no ha ocultado su propósito: revivir la Doctrina Monroe como principio rector explícito de la política exterior de Estados Unidos en el hemisferio occidental. En palabras de su administración, “América para los americanos” significa asegurar que ninguna potencia extrahemisférica léase China, Rusia o Irán tenga influencia significativa en Latinoamérica.

Pero este resurgimiento no es un mero retorno nostálgico al siglo XIX o XX: es la instrumentalización de una concepción colonial de dominio directo bajo nuevos ropajes. La retórica antinarcóticos, longeva excusa para intervenciones, se ha convertido en pretexto para presionar, aislar y debilitar o incluso sustituir gobiernos incómodos bajo la bandera de la seguridad hemisférica.

Hay épocas que regresan como regresan los malos inviernos: no porque se las invite, sino porque nunca se fueron del todo. América Latina vuelve a sentir ese frío antiguo el de los cuchillos largos cuando el discurso geopolítico de Washington desempolva la Doctrina Monroe con la naturalidad de quien saca del armario un abrigo heredado. Viejo, sí. Pero aún útil, y, sobre todo, reconocible.

La escena no es nueva, aunque el elenco haya cambiado de peinado. “América para los americanos”, decía Monroe en 1823, sin aclarar nunca cuáles. Dos siglos después, la consigna reaparece con acento trumpista: menos diplomacia, más ultimátum; menos multilateralismo, más espectáculo.
La ironía es amarga: una doctrina nacida para frenar imperios europeos termina convertida en coartada para ejercer un tutelaje que huele a siglo XX… o peor, a los setenta. Venezuela entra en este teatro como entra el relámpago en una noche cerrada: ilumina de golpe todas las contradicciones. Para la Casa Blanca de Trump, Caracas fue menos un problema que una oportunidad. Un respiro político, un antagonista conveniente.

Cuando la imagen presidencial se resquebraja en casa impeachments, pandemias mal gestionadas, polarización hasta el cansancio, enriquecimiento acelerado usando su influencia como gebernante , escandalos  en su vida personal que rayan en la inmoralidad y otros señalamientos legales ;entonces nada como un enemigo externo para recomponer el relato.El “régimen venezolano” funcionó como espejo deformante: mientras señalaba sus autoritarismos, se silenciaban los propios excesos. Antítesis perfecta: denunciar dictaduras ajenas mientras se flirtea con el autoritarismo doméstico.

El discurso se volvió entonces moralista, casi misionero. Pero detrás de las palabras nobles democracia, libertad, derechos asomó el viejo reflejo: recursos. Petróleo, minerales, posiciones estratégicas. El botín siempre precede al sermón, como la sombra al cuerpo.Se habla de pueblos, pero se negocia con cifras,se invoca la libertad, pero se pacta con quien garantice estabilidad para los mercados. Nada nuevo bajo el sol; solo un sol más cínico.

¿Petróleo, poder o piratería moderna?

Venezuela posee oficialmente las mayores reservas de petróleo del planeta más de 300 mil millones de barriles pero su infraestructura ha sido devastada por décadas de mala gestión, sanciones y falta de inversión.Para muchas voces críticas, la obsesión estadounidense con Venezuela no es realmente sobre democracia ni narcotráfico sino sobre el control de recursos estratégicos energéticos en un mundo que intenta abrirse paso entre bloques rivales de poder.
Trump ha llegado a afirmar que compañías petroleras de EE. UU. invertirían miles de millones en la industria venezolana una vez desplazado Maduro, aunque estas declaraciones no han sido ratificadas por las empresas involucradas.

Si se rastrea la historia desde la época de las oligarquías petroleras y los golpes apoyados desde Washington en los años 70 y 80 hasta hoy se revela un patrón persistente: cuando los recursos de una nación comienzan a subvertir el dominio económico extranjero, se vuelve objetivo de presiones, sanciones o intervención directa.Esto no es solo realpolitik: es política de poder sobre cuerpos, economías y territorios que el sistema global quiere moldear a su imagen y semejanza.

¿Vuelven las dictaduras que antes y hoy apoyan los Estados Unidos?

Es importante recordar que el apoyo de Washington a dictaduras latinoamericanas durante el siglo XX en Chile, Argentina, Brasil, Centroamérica no fue un accidente: fue una política deliberada para asegurar la estabilidad de regímenes políticos alineados con sus intereses económicos y estratégicos.
Hoy, aunque el contexto global es distinto (multipolaridad, aparición de China y Rusia como actores centrales), la lógica de fondo parece la misma: prevenir cualquier modelo de autonomía que ponga en riesgo los intereses del poder hegemónico.

La retórica sobre “restaurar la democracia” se disfraza de humanitarismo, pero en los hechos suele coincidir con presiones económicas, fragmentación social interna y debilitamiento de instituciones soberanas.Venezuela, en medio de una profunda crisis humanitaria que ha desplazado a millones, se transforma en símbolo y campo de prueba de una nueva etapa intervencionista: sostenida por sanciones económicas, presión militar velada o explícita, y estrategias de aislamiento internacional.

Y así regresan también las alianzas incómodas. Oligarquías locales recicladas, élites que sobreviven a cualquier cambio de bandera, apoyos tácitos o explícitos a gobiernos de mano dura, siempre que aseguren orden y apertura económica. Es el eco de los años setenta y ochenta, cuando el Cono Sur fue laboratorio de doctrinas de seguridad y la democracia una palabra aplazada. La historia, como un río mal canalizado, vuelve a desbordarse por los mismos márgenes.

Conviene decirlo con claridad para no caer en trampas retóricas: el problema no son identidades religiosas ni conspiraciones metafísicas. El problema es el supremacismo político y económico, esa convicción de que algunos países o élites tienen derecho natural a decidir por otros.Cambian los nombres, cambian los templos del poder (hoy más financieros que militares), pero la lógica persiste. Dominar para “proteger”, intervenir para “salvar”, sancionar para “ayudar”. Un oxímoron con larga tradición.

Hay que sacar al dictador Maduro para “salvar Venezuela”, proclaman con voz grave y ceño fruncido. Lo curioso o trágicamente coherente es que ese clamor moral se vuelve bizco cuando mira a ciertos dictadores amigos, esos “socios confiables” que pasan por el control de aduanas ideológicas sin que nadie les revise el equipaje.Bukele en El Salvador, con su estética de video- juego autoritario y cárceles como monumentos que acallan discidencias; Milei desde Argentina, con su motosierra retórica cortando derechos en nombre de una libertad tan abstracta que ya no roza el suelo. La antítesis es obscena: se condena el autoritarismo que no obedece y se aplaude el que promete estabilidad, mercado y alineamiento.

¿Qué sigue para Venezuela y América Latina?
La reconstrucción de Venezuela si alguna vez llega no puede depender de la restauración de regímenes pro-occidentales sosteniendo los viejos paradigmas de extracción y dependencia. El desafío es construir modelos de soberanía que no se subordinen ni al hegemonismo estadounidense ni a sustitutos periféricos que sustituyan una tutela por otra.

Al ver el resurgir de instrumentos como la Doctrina Monroe, América Latina enfrenta una encrucijada histórica: o confirma su integración autónoma, diversa y multipolar, o se convierte de nuevo en tabula rasa de potencias externas disputándose recursos y influencia.Síntoma de una región que no logra sacudirse la tutela externa. Escenario de una pulseada global donde se cruzan intereses estadounidenses, rusos, chinos y europeos, mientras la población paga el precio. Como en una partida de ajedrez jugada con piezas humanas, los movimientos se anuncian con solemnidad, pero las caídas nunca salen en los comunicados.

La democracia, en este guion, no es un principio sino una contraseña; sirve solo si abre la puerta correcta. Lo demás se llama “pragmatismo”, ese eufemismo elegante que permite dormir tranquilo mientras se hace la vista gorda.La pregunta incómoda queda flotando: ¿hemos aprendido algo? ¿O estamos condenados a reconocer la historia solo cuando ya nos ha pasado por encima, otra vez, con sus botas bien lustradas? Tal vez el verdadero regreso de los cuchillos largos no sea el de la intervención externa, sino el de nuestra memoria corta. Y esa, a diferencia del petróleo, sí es un recurso que se agota rápido