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El botín venezolano que pretende saquear Exxon Mobil, Chevron, ConocoPhillips y entidades financieras como Goldman Sachs y Citigroup.

Rescate de la democracia o delirio imperial.

Por Miguel A. Saavedra.

En horas de la madrugada del día 3 de Enero del presente año y enmedio de una crisis económica, política y moral que corroe a la administración de Donald Trump, la narrativa de una intervención en Venezuela emerge como un recurso clásico del poder imperial en decadencia: desviar la atención interna mediante una demostración externa de fuerza. Cuando el consenso se fractura y la legitimidad se erosiona, el imperio recurre al lenguaje de la guerra, la “seguridad” y la supuesta defensa de la democracia.

El relato de la captura o “extracción exitosa” del presidente Nicolás Maduro y de su esposa término usado por voceros políticos y militares estadounidenses no es solo una provocación semántica: es la cosificación extrema del poder político ajeno, tratado como un objeto quirúrgico que puede ser removido sin consecuencias históricas ni humanas.

El discurso de Trump y de sus altos mandos militares celebrando operaciones, reales o imaginadas, como si fueran éxitos corporativos revela esa lógica deshumanizante. Hablar de “extracción” no es casual: reduce la política a mecánica, la soberanía a obstáculo, las personas a cuerpos extraños. Como si un país pudiera ser intervenido del mismo modo que se repara una máquina averiada.

La pregunta inicial es tan simple como incómoda: ¿qué hay realmente detrás de esta narrativa de intervención estadounidense en Venezuela? ¿Un heroico rescate de la democracia o una locura imperial reciclada para consumo interno? La ironía es difícil de esquivar: en medio de una profunda crisis económica, política y moral, la administración Trump parecía necesitar un espejo externo y un «lavacara»donde verse fuerte, decisiva, casi invencible. Y nada limpia mejor la cara del poder que una demostración militar cuidadosamente empaquetada como cruzada moral.

La historia, sin embargo, tiene memoria. Ayer fueron los reyes de España proclamando que América les pertenecía por designio divino; hoy es el imperio norteamericano insinuando a veces diciendo sin rubor que “el petróleo de Venezuela nos pertenece” y que Estados Unidos puede “administrar” un país ajeno. La antítesis es brutal: se habla de libertad mientras se practica la tutela, se invoca la democracia mientras se decide desde afuera quién gobierna y quién estorba. El lenguaje imperial no ha muerto; solo cambió de traje.

El botín antes de la caída

Según analistas, documentos filtrados a mitad del mes deciembre pasado y versiones abordadas en el debate que circula en espacios alternativos , las grandes corporaciones petroleras ya discutían escenarios de reparto y administración del petróleo venezolano incluso antes de cualquier desenlace político.

 El mensaje implícito es brutal: el petróleo se negocia primero; los gobiernos se reemplazan después. Estamos hablando de una reserva de petroleo equivalente a 300 mil millones de barriles de petroleo,de ahí el gran interés imperial por tener posesión sobre ellos.

De acuerdo con las fuentes, la cantidad de petróleo en disputa es de 300,000 millones de barriles, lo que representa las mayores reservas de crudo del mundo. Según los documentos filtrados mencionados en documentos estrategicos, el ataque a Venezuela no se debió a razones de democracia o derechos humanos, sino a que esta inmensa reserva estaba a punto de quedar fuera del alcance estadounidense al integrarse definitivamente al sistema BRICS y de acuerdos con China.

En cuanto a las trasnacionales petroleras que están pendientes del reparto de esta riqueza, las fuentes identifican específicamente a las siguientes corporaciones estadounidenses:
• Exxon Mobil: Cuyas acciones subieron un 18% inmediatamente después del anuncio de la captura de Maduro.
• Chevron: Que registró un incremento del 15% en su valor en Wall Street.
• ConocoPhillips: Cuyas acciones se dispararon un 22%.

Las fuentes describen que estas corporaciones, junto con grandes entidades financieras como Goldman Sachs y Citigroup (encargada esta última de supervisar la privatización energética), planifican dividirse los activos venezolanos «como un pastel». Se estima que el control de estos recursos generará ganancias de entre 8 y 12 billones de dólares durante las próximas dos décadas, beneficios que irán directamente a los accionistas de estas empresas mientras los consumidores globales podrían enfrentar un aumento en los precios de la gasolina de entre el 15% y el 22% debido a la especulación.

En resumen, la situación se presenta como una «operación de reestructuración petrolera» planificada desde Wall Street, donde la fuerza militar actúa como el ejecutor de un robo corporativo a gran escala para asegurar el monopolio energético.

Analogía: El control de estas reservas es como si una sola persona se adueñara de la única fuente de agua en un desierto; no solo se hace inmensamente rica, sino que adquiere el poder de decidir quién puede beber y a qué precio, obligando a todos los demás a seguir sus reglas para sobrevivir.

Capitaloceno y terrorismo imperial

No es solo una palabra académica de moda; es una lente incómoda. Bajo esta mirada, el capitalismo global no solo explota recursos, sino que cosifica poblaciones enteras. Los países dejan de ser comunidades humanas y pasan a ser inventarios: barriles de petróleo, minerales estratégicos, posiciones geopolíticas. Venezuela, en este relato, aparece menos como nación y más como botín. Una plataforma energética con bandera opcional.

Este acto real o narrado se inscribe en la lógica del Capitaloceno, donde el capitalismo no solo extrae recursos, sino que administra territorios, cuerpos y soberanías. No se invade en nombre del saqueo, sino de la “democracia”; no se secuestra, se “extrae”; no se roba, se “administra”.

Antes los reyes de España decían “América nos pertenece”.
Hoy el imperio del norte afirma, sin rubor: “el petróleo de Venezuela nos pertenece” y que Estados Unidos administrará Venezuela. No es una anomalía histórica: es un renacimiento imperial en clave corporativa.

Advertencia regional

La caída de Venezuela consumada o anticipada en el imaginario geopolítico no sería un hecho aislado, sino la primera ficha de un dominó que amenaza a toda América Latina. En este nuevo orden, cualquier país con recursos estratégicos es un objetivo potencial, y la soberanía se convierte en un obstáculo que el capital global está dispuesto a remover.

Pero el riesgo va más allá de Venezuela. Si se acepta que una potencia pueda secuestrar gobiernos, administrar países y apropiarse de recursos en nombre de un orden superior, el efecto dominó es previsible. Hoy es Caracas; mañana, México,Colombia o cualquier capital que se salga del guión. El terrorismo imperial porque no hay otra palabra cuando el miedo y la fuerza se usan como método político se normaliza. Y el mundo, acostumbrado al escándalo, aprende a mirar hacia otro lado.

La paradoja final es amarga: un imperio que se presenta como guardián del orden global actúa como pirata moderno; un presidente acorralado por crisis internas se disfraza de salvador externo; y una narrativa de progreso se apoya en prácticas que huelen a siglo XVI. Cambian los discursos, cambian los uniformes, pero la tentación del saqueo sigue ahí, como una fiebre mal curada.

La historia no absuelve fácilmente estas farsas. Tarde o temprano, el maquillaje se corre. Y entonces queda la pregunta que ningún imperio ha sabido responder sin temblar: ¿cuánto dura el poder que se sostiene sobre la negación de la humanidad del otro?

No estamos ante un rescate de la democracia.
Estamos ante un delirio imperial que en su crisis, vuelve a mostrar su verdadero rostro.