Es el imperialismo, estúpido.
Estados Unidos ha bombardeado Venezuela como antaño bombardeó e invadió tantos otros países en América Latina. El 3 de enero de 2026 será estudiado como el día en el que las agresiones militares del imperialismo estadounidense en América Latina regresaron. Y junto con ellas, los cipayos y los entreguistas “light”.
Estados Unidos ha agredido Venezuela. Ya no es una presión económica, una amenaza diplomática o una campaña mediática orquestada por la asociación de plumas del imperio. Se trata de un ataque militar, del secuestro de un presidente latinoamericano en ejercicio y de la amenaza de nuevos bombardeos si la cadena de sucesión de Miraflores no se entrega incondicionalmente.
Desde que Marco Rubio asumió su puesto como secretario de Estado, se hizo evidente que el imperialismo estadounidense entraba en una nueva-vieja fase. “Nueva” porque, a diferencia de Clinton, Bush (hijo), Obama y Biden, que optaron por un injerencismo light a través del comercio, las embajadas y la siempre solícita oligarquía cipaya latinoamericana, Donald Trump abrió la puerta a las agresiones crudas, con bombardeos y boots on the ground. “Vieja” porque, en realidad, Estados Unidos ha intervenido decenas de veces en prácticamente todos los países latinoamericanos.
Y la fórmula ensayada la conoce el mundo de sobra, aunque algunos (por inocencia o por complicidad) la han ignorado. Se construyó mediáticamente al enemigo, se deshumanizó a sus bases y se diseñó quirúrgicamente la retórica de las “armas de destrucción masiva” que justificasen, en pos de la seguridad nacional de Washington, la agresión. Por eso Trump habló del fentanilo en esos términos, aunque Venezuela no sea un actor de peso en la problemática interna de Estados Unidos, fruto de la muy rentable inutilidad de su sistema de salud.
La fórmula ensayada la conoce el mundo de sobra, aunque algunos (por inocencia o por complicidad) la han ignorado. Se construyó mediáticamente al enemigo, se deshumanizó a sus bases y se diseñó quirúrgicamente la retórica de las “armas de destrucción masiva”
La representante local de los intereses petroleros y extractivos de Estados Unidos, María Corina Machado, venía ya suplicando una agresión armada contra su propio país… Algo que, en cualquier otra latitud, sería entendido automáticamente como alta traición. Machado ofreció un plan acelerado de privatizaciones y entrega del suelo venezolano. Ofreció, antes siquiera de tenerlo en su poder, el petróleo, el oro, la bauxita y el futuro de Venezuela.
Ahora, con el presidente Nicolás Maduro secuestrado ante la pasividad de buena parte de la “comunidad internacional”, ella aceptará —si acaso se los dan— los cargos de presidenta “encargada” y de jefa universal de la libertad.
Desde las elecciones presidenciales del año 2024, el ant chavismo y la Casa Blanca han insistido en la narrativa del fraude electoral. Pero, independientemente de aquella campaña, lo cierto es que Maduro no ha sido secuestrado por nada que tenga que ver con actas, urnas o recuentos. Ha sido secuestrado en base a una acusación sin pruebas, discrecional y absurda de “narcoterrorismo”. Una que, mañana mismo, podría ser empleada contra cualquier presidente latinoamericano que no sirva a los intereses imperiales del hegemón del norte.
Estados Unidos ha bombardeado Venezuela como antaño bombardeó e invadió tantos otros países en América Latina. Guatemala, México, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Brasil, Colombia, Guyana, Granada, Haití, Cuba, República Dominicana… En aquellas ocasiones, los agredidos también eran “tiranos” y el ataque también era “una excepción”.
Y, sin embargo, junto a las oligarquías cipayas —cuya sumisión a Estados Unidos es, a menudo, diligentemente recompensada—, hay que leer al malmenorismo centroizquierdista condenar la agresión, pero condenando también a la propia Venezuela. En realidad, la diferencia sustancial entre el chavismo y el resto de expresiones políticas del fecundo —pero frustrado— ciclo de gobiernos antiimperialistas y desarrollistas en América Latina en el siglo XXI es que el chavismo no había caído hasta ahora.
Estados Unidos ha bombardeado Venezuela como antaño bombardeó e invadió tantos otros países en América Latina.
Si Estados Unidos no amenaza hoy Ecuador, Argentina, Uruguay o Bolivia no es por una particular maldad del chavismo ni por sus errores —que, en un gesto de muy mal gusto, se empeñan hoy algunos en sacar a relucir—, sino simple y llanamente porque al correísmo, al kirchnerismo, al Frente Amplio o al MAS lo pudieron echar con guerra mediática, guerra judicial o golpes de Estado exitosos. Si aquellas estrategias injerencistas hubieran fracasado en alguno de estos países, hoy enfrentarían con toda probabilidad la misma amenaza que enfrenta Caracas.
Aún no está claro cómo será el día después del secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Puede que los ataques sigan y que toda la institucionalidad chavista caiga. Puede que María Corina Machado reciba por fin su ansiadísimo mandato de entrega y subasta de Venezuela. Puede, incluso, que Padrino, Cabello y el resto de los grandes nombres propios de Miraflores consigan ordenar algo parecido a un gobierno de unidad nacional antiimperialista que negocie algún tipo de tregua con Trump.
Pero algo está claro: el paradigma ha cambiado. El 3 de enero de 2026 será estudiado como el día en el que las agresiones militares del imperialismo estadounidense en América Latina regresaron. Y, también, como el día en el que algunos decidieron entregar moral y mediáticamente a la víctima a cambio de algunas migajas políticas desde Washington o Bruselas. No son los primeros… y, lamentablemente, no serán los últimos.
Por: Editorial Diario Red.
