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El Salvador es declarado una dictadura.

Latinobarómetro no hace más que ponerle nombre oficial a una tragedia que el pueblo sensible ya vive en el día a día.

Cuando un país es catalogado como dictadura, significa que se han quitado todas las protecciones que cuidaban al ciudadano común frente al abuso del poderoso.

Por: Mauricio Manzano.

El informe 2026 de Latinobarómetro coloca a El Salvador en el lugar histórico donde las advertencias hechas en el pasado se convierten en la cruda realidad del presente. Ubicar a El Salvador junto a Venezuela y Nicaragua no es una casualidad metodológica; es el resultado de medir la demolición sistemática de los contrapesos democráticos, el control absoluto de los poderes del Estado y la anulación de la pluralidad política.

Los números no mienten, cuando una sociedad cede sus libertades civiles a cambio de una promesa de orden, el destino final siempre es el mismo puerto autoritario. ¿Qué significa este diagnóstico regional para el futuro de El Salvador?

Que El Salvador aparezca en el mismo informe junto a los regímenes de Caracas y Managua demuestra que las dictaduras en latinoamerica han mutado. A diferencia de las dictaduras militares tradicionales del siglo XX, que llegaban al poder mediante golpes de Estado sangrientos y juntas de gobierno, los dictadores del siglo XXI llegan por la vía democrática, utilizando el desencanto legítimo de la gente, para luego desmantelar la democracia desde adentro, usando las mismas leyes que juraron defender.

Declarar a El Salvador como una dictadura por una prestigiosa institución, y ubicarla entre
Las dos dictaduras continentales aísla moralmente al país de la comunidad de naciones libres. Para llegar a este punto, el régimen salvadoreño debió destituir a los magistrados de la Sala de lo Constitucional, someter al fiscal general, neutralizar a la oposición, perseguir a periodistas independientes y aprobar una reelección presidencial que la propia Constitución prohibía categóricamente. Cuando se rompen todos los espejos institucionales, el poder ya no ve límites, solo reflejos de su propia omnipotencia.

La triste ironía se repite, la gente ha pasado de la esperanza al encierro. Lo más doloroso de este informe de Latinobarómetro no es la etiqueta en sí de dictadura, sino el contraste con las expectativas del pueblo salvadoreño.

Un pueblo empujado por décadas de violencia estructural e indolencia estatal aceptó, comprensiblemente, cualquier vía que le devolviera la paz a sus calles. Pero el precio cobrado por el régimen ha sido altísimo: la renuncia silenciosa al Estado de Derecho, la persecución de inocentes y la condena a vivir bajo un estado de excepción permanente que ya no combate pandillas, sino que administra el miedo ciudadano.

En fin, el informe de Latinobarómetro no hace más que ponerle nombre oficial a una tragedia que el pueblo sensible ya vive en el día a día. Ser catalogado como dictadura no es solo un término en un papel académico; es la constatación de que la libertad se ha esfumado y de que el poder absoluto, una vez entregado sin candados, jamás se devuelve por voluntad propia. La historia latinoamericana nos enseña que tarde o temprano, la realidad siempre se impone sobre la propaganda.

Cuando un país es catalogado como dictadura, significa que se han quitado todas las protecciones que cuidaban al ciudadano común frente al abuso del poderoso.