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“Groenlandia era proamericana hasta hace poco. El problema es Trump”: Marzio G. Mian

El periodista y autor de ‘Guerra blanca’ lleva media vida recorriendo el Ártico. Allí “Estados Unidos se siente débil y ahora quiere corregirlo”, Rusia domina, China tiene interés y la Unión Europea se queda atrás. Los próximos puntos ‘calientes’, advierte, serán las Svalbard noruegas y el estrecho de Bering.

Por Celia Hernando.

En agosto de 2007, una expedición rusa descendió más de 4.000 metros bajo el hielo del océano Ártico y plantó una bandera de titanio en el lecho marino, justo bajo el Polo Norte. El gesto no tenía validez jurídica, pero sí un enorme valor simbólico: Rusia reclamaba el océano helado para sí, y el Ártico dejaba de ser sólo un espacio de exploración científica y cooperación internacional.

Ni siquiera la Guerra Fría o la anexión rusa de Crimea en 2014 rompieron del todo ese equilibrio. En el Ártico existía competencia —militar, tecnológica y estratégica—, pero alrededor de la mesa se seguía hablando. Como recordaba el explorador ruso Artur Chilingarov, uno de los protagonistas de aquella expedición, “en el Ártico no se puede sobrevivir sin cooperación”.

Esa lógica empezó a resquebrajarse antes de que el mundo mirara hacia Groenlandia por las ambiciones expansionistas de Donald Trump. En 2012, el hielo marino alcanzó su mínima extensión histórica y Naciones Unidas alertó de que el deshielo estaba transformando el Ártico: un “continente emergente”, rico en recursos, con rutas marítimas cada vez más accesibles y una población escasa. Para algunos, como el periodista italiano Marzio G. Mian (Fanna, 1961), que lleva media vida recorriendo esas regiones heladas, el giro hacia el norte era cuestión de tiempo.

Así lo cuenta en Guerra Blanca: en el frente ártico del conflicto mundial (NED), publicado en 2022 y recién editado en España. En esta entrevista por videollamada con El Orden Mundial, el reportero, fundador de la asociación de periodistas The Arctic Times Project y candidato al Pulitzer en 2024, habla sobre una región que ha vuelto al centro mediático ante la amenaza de una intervención estadounidense en Groenlandia, pero cuya escalada llevaba años gestándose bajo el hielo.

¿Cuáles son los intereses de Estados Unidos en Groenlandia? ¿Cree que Trump está dispuesto a llegar hasta el final para quedársela?

Estados Unidos está determinado a adquirir Groenlandia de una forma u otra. Será cuestión de seguir el dinero: se trata de ganar presencia y poner a Groenlandia bajo el control estadounidense. También existen razones geopolíticas para incorporar la isla, que está en medio de zonas estratégicas para la defensa antimisiles estadounidense y de rutas clave. Hay que empezar a mirar el mundo desde arriba. El tamaño del Ártico es comparable al del Mediterráneo, y Groenlandia sería como Sicilia, pero más grande. Rusia controlaría todo desde Israel hasta Marruecos.

Ahora bien, no sé cómo una asociación o alianza con la isla convertiría a Estados Unidos en una superpotencia ártica. Estoy de acuerdo [con Trump]: no es lo mismo tener la posibilidad de desplegar fuerzas militares y disponer de la isla para los fines de Estados Unidos que ser propietario del territorio.

Tampoco creo que Estados Unidos esté capacitado para operar sobre el terreno. Una cosa es tener Groenlandia bajo la “cúpula dorada” [un proyecto de escudo antimisiles de la Administración Trump] y otra muy distinta es tener soldados allí. Ni siquiera los canadienses están preparados: el 40% de Canadá es Ártico y, si quiere ejercer su soberanía allí, necesita a los inuit, o no podría manejar ese entorno.

Trump sostiene que si Estados Unidos no se queda con Groenlandia, lo harán China o Rusia. ¿Qué hay de cierto en esa afirmación? 

Rusia no tiene interés en Groenlandia. Su foco está en el Ártico ruso y en las rutas comerciales. También reclama el Polo Norte, pero eso es otra cuestión. Lo hace por la vía legal, a través de un dossier presentado ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de la ONU, y ese expediente tiene muchas posibilidades de salir adelante, aunque no es el único país con reclamaciones en la zona.

Además, creo que Putin y Trump llegaron a algún tipo de entendimiento cuando se reunieron en Alaska [en agosto de 2025]. A Putin no le sorprendieron los intereses de Trump en Groenlandia y, de algún modo, dio luz verde a esa ambición estadounidense. Lo que realmente cambia el ánimo en Moscú no es Estados Unidos, sino la OTAN: la percepción de una interferencia creciente de la Alianza Atlántica en su “patio trasero” ártico, especialmente a través del reciente despliegue de tropas.

El caso de China es distinto: representa sobre todo una amenaza comercial. Tiene una presencia muy fuerte en el Ártico ruso y desempeña un papel clave en la Ruta Marítima del Norte. Pero también está presionando para empezar a abrir seriamente el paso del Noroeste con Canadá. Es un tema muy candente. 

En cuanto a Groenlandia, es cierto que China tuvo una presencia muy importante. La Administración Biden presionó para que Pekín abandonara la isla en un plazo de tres años. Lo hizo de forma silenciosa, presionando a Dinamarca para bloquear y cancelar contratos, proyectos de aeropuertos y licencias mineras. China era una amenaza, pero también un socio fuerte para los inuit, que buscan independizarse de Dinamarca.

“Estados Unidos se siente débil en el Ártico y ahora quiere corregirlo”

En el libro señala que Joe Biden inició esta nueva estrategia ártica en 2021. Más allá de la retórica de Trump, ¿existe una política de Estado respecto al Ártico?

Sí, ya había una estrategia estadounidense para el ártico publicada por la Administración Biden. En los círculos de poder de Estados Unidos hay una sensación muy fuerte de american rush: de haber llegado tarde al Ártico y de necesitar recuperar el tiempo perdido. Están destinando grandes fondos a rompehielos —que van a conseguir a través de Finlandia o incluso Corea del Sur— y están invirtiendo en infraestructuras clave, como la ampliación del puerto de Nome, en Alaska. Pero sí, Estados Unidos se siente débil en el Ártico. El imperio estadounidense ha sido históricamente un imperio marítimo, dominante en todos los mares del mundo, pero no en el océano Ártico. Y ahora quieren corregirlo.

A eso se suma un segundo elemento muy importante. Alrededor de Trump hay toda una constelación de actores económicos con intereses en el Ártico, especialmente en Groenlandia. Hablo de esa élite tecnocrática de Silicon Valley, vinculada a figuras como Peter Thiel. Estas personas ven Groenlandia como una tierra de utopía: un laboratorio libertario donde establecer un Gobierno liderado por las grandes corporaciones. Hay ideas que pueden parecer extravagantes, pero son personas muy ricas y cercanas al poder, y cuando alguien tiene ese nivel de recursos puede intentar convertir una utopía en algo real. Actores de este entorno como Bill Gates o Jeff Bezos tienen interés en obtener licencias para explotar tierras raras.

Usted conoce bien el terreno y en el libro habla de redes estadounidenses de inteligencia vinculadas a Groenlandia. ¿Siguen existiendo? ¿Cómo operan? ¿Hay otros países implicados?

En Groenlandia no funciona el espionaje tradicional. No es fácil infiltrar agentes y, en realidad, tampoco es necesario. Lo que existe desde hace tiempo es una actividad constante de influencia política, económica y mediática. Un buen ejemplo es cómo se amplificó en redes sociales el escándalo de las esterilizaciones forzadas que el Estado danés llevó a cabo hasta los años ochenta. Fue un episodio real y traumático para la comunidad inuit, pero su difusión también tuvo un claro efecto en la relación entre Groenlandia y Dinamarca.

Además, gran parte de esta actividad de espionaje o influencia no se desarrolla en Groenlandia, sino en Dinamarca. Durante la administración Biden, la embajada de Estados Unidos en Copenhague funcionaba de facto como un centro de asuntos árticos, un Arctic desk, con unas quince personas trabajando exclusivamente sobre Groenlandia. El actual embajador estadounidense [Ken Howery], además, está vinculado al mundo empresarial y al entorno de Peter Thiel, y es cercano al círculo de Trump.

Paradójicamente, hay menos actividad de este tipo en Groenlandia que en otras zonas del Ártico europeo. En el noreste de Noruega, por ejemplo, la presencia de redes de inteligencia es o era mucho más visible. Recuerdo que un alcalde me dijo una vez: “Todos esos observadores de aves que ves por aquí…, la mayoría no sabrían distinguir un pájaro de otro; son otra cosa”.

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“En el Ártico hay dos superpotencias: Rusia y la OTAN. La UE no tiene capacidades suficientes”

Esta semana se celebró el Foro de Davos, al que Trump acudió por primera vez desde su regreso al poder. La cuestión de Groenlandia tuvo mucho peso, con reuniones paralelas con la Unión Europea. ¿Qué papel juegan los europeos en el Ártico? ¿Puede la UE actuar de forma autónoma?

La UE no tiene capacidades militares ni estratégicas suficientes para proyectar influencia en el Ártico. En eso Trump tiene razón. En el Ártico hay dos superpotencias: Rusia y la OTAN. Los únicos que pueden realmente operar y luchar allí son los rusos, los noruegos y los finlandeses. 

La agenda de la UE en el Ártico ha estado marcada por la sostenibilidad y el activismo ambiental, lo que yo llamo “el tren de Greta” [Thunberg] en el libro. El dogma de Bruselas ha sido: “Lo que pasa en el Ártico debería quedarse en el Ártico”, incluyendo sus recursos. Con este enfoque se ha quedado fuera de la toma de decisiones, mientras otros actores avanzan sin complejos, aprovechando la ausencia de una política ártica europea. Ahora Europa anuncia un paquete de inversiones en la isla, pero va tarde, como siempre.

Además, muchas iniciativas europeas de sostenibilidad han generado tensiones con los inuit, ya que se aplican marcos occidentales que no siempre se ajustan a sus modos de vida y necesidades locales, por ejemplo en materia de caza y gestión de recursos. Esto ha alejado a las comunidades locales de Europa y ha complicado cualquier intento de influencia o colaboración. Por eso yo no me creo las palabras del primer ministro de Groenlandia [Jens Frederik Nielsen] cuando dijo que entre los estadounidenses o los daneses y europeos se quedaban con los segundos. Es una tontería. Hay mucho resentimiento hacia Dinamarca y hacia los europeos, con su manera supremacista de hacer las cosas, mientras que la relación histórica con Estados Unidos ha sido más pragmática. El problema es la retórica de Trump. 

Si Trump finalmente ataca Groenlandia, ¿sería el fin de la OTAN? ¿Y de la UE?

Sí, de ambas. Creo que hay mucho de verdad cuando Trump dijo al New York Times que había que tomar una decisión entre Groenlandia o la OTAN. En cualquier caso, soy de los que piensan que la OTAN debería haber cesado sus actividades en 1991, cuando colapsó la Unión Soviética, porque ese era el sentido original de la alianza. Tras eso, la actuación de la OTAN ha sido un desastre en términos de derecho internacional y desestabilización.

Ese era el momento perfecto para comenzar a construir también un ejército europeo. Europa era fuerte entonces, con grandes líderes, Alemania recién unificada, entusiasmo, dinero y un sentimiento común. Pero luego vinieron los Balcanes, el bombardeo de Belgrado en 1999, Libia y todo lo que conocemos. Honestamente, no veo a Macron como el Napoleón de la nueva OTAN europea.

¿Qué papel juegan otros países de la Alianza, como Canadá? Si Estados Unidos se queda con Groenlandia, rodearía todo el territorio canadiense. ¿Cómo afectaría esto a su seguridad y estrategia geopolítica?

En el Ártico americano, Alaska y Canadá siguen trabajando juntos dentro del marco del NORAD [el Comando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica], una estructura conjunta encargada de patrullar y vigilar la región. Sin embargo, estuve recientemente en la isla canadiense de Ellesmere y noté mucha tensión. Desde allí, en términos árticos, estás prácticamente frente a la base estadounidense de Groenlandia.

En el Ártico canadiense hay una gran actividad: inversiones en logística, construcción de nuevas bases militares y exploración de minerales. Además, el deshielo provocado por el cambio climático está haciendo algunas zonas más habitables y abre nuevas tierras agrícolas, lo que ha impulsado enormes inversiones inmobiliarias en el extremo norte de Canadá, en lugares con apenas unos pocos pueblos. Muchas de estas inversiones son de grandes empresas estadounidenses que buscan proyectos de futuro en la región.

Como ya he dicho antes, China también tiene presencia e interés en la zona, especialmente en el desarrollo de la ruta del noroeste.

De hecho, China y Canadá acaban de firmar un acuerdo de asociación…

Exacto. Es una provocación frente a los intereses expansionistas de Estados Unidos. Los estadounidenses tienen ambiciones en la región y existen desacuerdos sobre la soberanía del paso del Noroeste: Canadá lo considera un canal nacional, mientras que Estados Unidos y China sostienen que debe ser internacional. Este paso es crucial porque puede funcionar como alternativa al canal de Panamá, que se está volviendo inestable. El Ártico canadiense sigue prácticamente sin explotar y necesita ayuda e inversión, pero Canadá no quiere depender de la ayuda estadounidense ahora que podría verse rodeado por Alaska y Groenlandia.

Más allá de la política, operar en el Ártico requiere capacidades muy concretas. Hoy Estados Unidos no tiene una flota sólida de rompehielos, entre otras limitaciones. ¿Puede realmente defender Groenlandia sin depender de sus aliados europeos o de la OTAN?

Sí, claro. Estados Unidos tiene un ejército de más de un millón de soldados, la mayor fuerza aérea del mundo y tecnología avanzada. Mucho más que Europa, en cualquier caso. Pero mantener efectivos sobre la isla es otra cosa. Operar en el Ártico requiere experiencia específica y adaptación al frío extremo.

Por ejemplo, en 2022 el New York Times bromeaba sobre una de las maniobras realizadas en Alaska por militares estadounidenses que habían sido entrenados en el desierto. Muchos tuvieron que ser evacuados y las temperaturas ni se acercaban a las del Ártico más al norte. Para ponerlo en perspectiva, en 2023, mientras tenía lugar la contraofensiva ucraniana en Járkov, Rusia desplegó 50.000 soldados en la península de Taimyr, en condiciones mucho más extremas con temperaturas de invierno en torno a los -60 ºC. Pero insisto, no creo que Estados Unidos tenga que defender la isla frente a Moscú.

Hablemos de la situación interna. Groenlandia es un territorio autónomo que busca la independencia. Como explica en su libro, un acuerdo con Washington podría resultar tentador, porque reemplazaría la ayuda financiera de Dinamarca. ¿Puede Estados Unidos persuadir a Groenlandia con dinero?

El problema con la apuesta de Trump por Groenlandia es el propio Trump, por su lenguaje, su actitud racista, etcétera. Ha cambiado el ánimo en la isla, que hasta hace poco era proamericana y estaba dispuesta a colaborar con Estados Unidos. Geográficamente, Groenlandia está más cerca de Nueva York que de Copenhague.

Los inuit también saben lo que hicieron “los blancos” con los pueblos indígenas —en Estados Unidos, Canadá y Alaska—, así que no confían en los estadounidenses por esa parte. Pero el dinero cambia las cosas; hablamos de cifras muy elevadas. La comunidad está dividida y son un pueblo muy orgulloso: han pasado por una colonización muy dramática y no quieren volver a vivir algo así. Si vas a Groenlandia te das cuenta de que todos los groenlandeses quieren ser independientes, aunque se diferencian en la manera. Ser independiente hoy es muy caro, incluso en el territorio inuit en el que esta población ha vivido por siglos. Necesitas carreteras, aeropuertos, puertos… Y sólo Estados Unidos podría invertir cantidades tan enormes. Pero Trump es el problema. 

“Hay una especie de fiebre del oro en el Ártico”

Se habla con frecuencia de que Groenlandia y el Ártico esconden auténticos “tesoros”: hidrocarburos, tierras raras y otros recursos estratégicos. ¿Estamos ante una nueva “fiebre del oro” ártica?

Sí, ya hay una especie de fiebre del oro en el Ártico. Está ocurriendo por todas partes. En el lado ruso, esta carrera comenzó hace siglos y todavía tienen enormes reservas de petróleo y gas por explotar, para lo que necesitan el know-how estadounidense. Pero esta fiebre del oro se da en muchos lugares del Ártico. Canadá es, probablemente, el mejor ejemplo. Desde los pequeños aviones que describo en el libro, la sensación es volver al siglo XX: aventureros, principalmente hombres, ingenieros, trabajadores, soldados, profesionales extraños como buzos que exploran posibles nuevos puertos. Se siente la atmósfera de la fiebre del oro.

En Groenlandia es distinto, pero lo que puede cambiarlo todo es, por ejemplo, la construcción de dos nuevos aeropuertos con vuelos directos desde Newark [Nueva Jersey]. Entonces llegarán turistas estadounidenses —en un lugar donde ni siquiera hay baños—, y la experiencia será similar a la que vivió Islandia: una invasión que cambia completamente la identidad del territorio.

De cara al futuro, ¿dónde cree que se concentrarán las tensiones en los próximos años en el Ártico? 

Ya hemos hablado del paso del Noroeste, la ruta que va desde el Pacífico hasta el Atlántico norte, entre las islas árticas de Canadá y Groenlandia, donde confluyen intereses muy distintos y a veces enfrentados. Otros dos puntos calientes para los próximos años serían el archipiélago noruego de las Svalbard y el estrecho de Bering, donde Rusia y Estados Unidos se encuentran separados por apenas unos kilómetros. En estas zonas se concentran proyectos estratégicos, como la construcción del primer puerto ártico de aguas profundas de Estados Unidos en Nome, Alaska.

*Celia Hernando. Madrid, 2000. Graduada en Estudios Internacionales por la UAM y Máster en Geopolítica y Estudios estratégicos por la UC3M. Interesada en la geopolítica, la seguridad energética y el proceso de ampliación de la UE.