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LIBRO: Sobre la violencia.

Por: José Guillermo Mártir Hidalgo.

La filósofa política alemana de origen judío, Hannah Arendt, publicó Sobre la violencia en 1969. Una de sus tesis centrales es que la violencia no es signo de fortaleza, sino de debilidad: aparece cuando el poder se erosiona y pierde legitimidad. En ese vacío, la violencia surge como sustituto, pero nunca como fundamento estable del poder.

La violencia ejercida por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE) resulta injustificable, pues vulnera los derechos humanos y la dignidad de las personas. Ejemplos como los asesinatos de Renee Nicole Good y Alex Pretti evidencian cómo la pérdida de legitimidad, el uso indiscriminado de la fuerza, la falta de supervisión y las políticas migratorias restrictivas generan abusos sistemáticos.

De manera similar, la violencia del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) de San Salvador contra los vendedores ambulantes refleja la falta de consenso y legitimidad del poder político de Nayib Bukele. El uso excesivo de la fuerza y el decomiso arbitrario de mercaderías han provocado tensiones y conflictos. Diversas organizaciones sociales denuncian que las políticas gubernamentales favorecen a los grandes empresarios, mientras desprotegen los derechos de los trabajadores informales.

Arendt critica la glorificación de la violencia en la tradición filosófica, que la presenta como motor de la historia. Reconoce la fascinación que despierta como herramienta de cambio social. Mao Tsé-Tung sostenía que “el poder procede del cañón de un arma”, mientras que Frantz Fanon afirmaba que “solo la violencia renta”. Para Mao, la violencia era el medio de la revolución; para Fanon, una respuesta a la opresión colonial y un camino hacia la descolonización.

Sin embargo, Arendt subraya que la violencia es meramente instrumental: se basa en la fuerza física, la coerción y las armas. Puede imponer obediencia a corto plazo, pero destruye el poder, genera miedo y fragilidad, y nunca construye legitimidad ni estabilidad. Distingue claramente entre violencia, poder, potencia, fuerza y autoridad:

Poder: capacidad humana de actuar concertadamente; pertenece al grupo y existe mientras este se mantenga unido.

Potencia: propiedad inherente a un objeto o persona, independiente de otros.

Fuerza: energía liberada por movimientos físicos o sociales; no debe confundirse con violencia.

Autoridad: reconocimiento indiscutible que no requiere coacción ni persuasión.

Para Arendt, las sociedades sanas se sostienen en el poder y la acción colectiva, no en la violencia. El poder surge del consenso y la cooperación, generando legitimidad y estabilidad. La violencia, en cambio, solo puede justificarse en casos de autodefensa o emergencias extremas, pero nunca legitima ni crea autoridad duradera. Mientras el poder requiere legitimidad, la violencia exige justificación.

La autora advierte además sobre los peligros de la tecnología moderna, que hace la violencia más letal y difícil de controlar. Señala que la violencia colectiva resulta particularmente atractiva y peligrosa. En el ámbito racial, advierte que la violencia no es “irracional”, sino la consecuencia lógica del racismo. Una escalada de violencia en las calles puede desembocar en ideologías racistas que la justifiquen.

Por otro lado, Arendt denuncia la violencia generada por la burocracia, caracterizada por la ausencia de responsabilidad directa. La burocracia priva a los ciudadanos de libertad política y del poder de actuar, instaurando una “tiranía sin tirano”. La transformación del gobierno en administración y la reducción del espacio público han acelerado este proceso en la modernidad. Para Arendt, el signo más claro de la deshumanización no es la rabia ni la violencia, sino la indiferencia que produce la burocracia impersonal.