El Salvador: el país de las patas arriba.
La era Bukele y el laboratorio donde lo absurdo se volvió normal.
Por: Miguel A Saavedra.
Esta es una crónica de un país que decidió caminar con las manos, el horizonte se ha vuelto un espejismo digital. Donde la lógica fue exiliada y lo absurdo se convirtió en la moneda de curso legal. Aquí, a siete años del inicio de la era del «dictador cool», hemos aprendido a aceptar que el pez vuela y el pájaro nada, no porque sea cierto, sino porque el tuit oficial así lo decreta.
Mira y camina por las calles del nuevo San Salvador y sientes que estás dentro de una obra de teatro permanente. Luces LED que pintan de colores las fachadas históricas, espectáculos de drones en el cielo y un marketing milimétrico que vende la imagen de un paraíso recobrado. Todo se ve impecable… mientras las obras que anuncian muchas veces solo existen en renders generados por IA, aplaudidos desde la diáspora como si fueran reales.
Estamos en un país donde se invirtió la presunción de inocencia, se privatiza desde la asamblea en la noche lo que se celebra público de día, y millones aceptan perder derechos a cambio de espectáculos de luces y plazas remozadas para caminar en sus cuadras porque comprar en los negocios del lugar cuesta un ojo de la cara. ¿Progreso o anestesia colectiva?
La gente ni siquiera conoce bien a los candidatos oficiales ni sus proyectos reales para las mayorías, pero igual les entrega poder total con su voto. Y cada vez que se acercan elecciones, vuelve el mismo ritual donde empleados del gobierno tocando puerta por puerta con calendarios del presidente y cajas de comida enlatada, acompañados de esa “advertencia y amenaza amistosa”: “Si no ganamos, volverán los pandilleros”. Bienvenidos al gran experimento que demuestra hasta dónde un pueblo cansado puede vender su libertad por la promesa de paz.
Lo más fascinante y aterrador es cómo se armó todo esto. No necesitaron viejos discursos ideológicos. Bastó una gorra hacia atrás, una sonrisa millennial y un ejército de creatrolls, youtubers, influencers y opinadores (nacionales y de afuera) pagados con plata del erario público. Mientras los ministerios de Educación y Agricultura cambian de ministro cada vez que sopla el viento y sobreviven con presupuestos raquíticos que aún así no se los gastan al final del año, la vitrina publicitaria nunca se apaga. Millones en pautas y lobbistas en Washington sostienen la imagen de un país que, a ratos, parece existir solo en la pantalla y en los anuncios de las redes.
Y luego está la famosa “guerra divina”. Capturaron más de 90 mil personas en tres años sin haber disparado un solo tiro. Ni los Navy SEALs ni la Fuerza Delta habrían hecho esa misión con tal eficacia, suena a milagro, ¿verdad? Pero cuando bajas la mirada a los expedientes, la épica se desmorona: a uno de cada veinticinco apenas le encuentran un arma. ¿Dónde quedaron esas “mejores armas que las de la PNC” millones de dolares y bienes que decían tener las pandillas? La respuesta oficial es simple: intervención del Altísimo.
Pero la divinidad del milagro se desvanece cuando se mira la trastienda: lo que el guión oficial omite es que, desde 2019, en los pasillos clandestinos del poder, ya se tejían acuerdos con las cúpulas pandilleriles.
Ese pacto de sombras ,fué documentado por el periodismo de investigación y sellado en los archivos del Departamento de Estado de los EE. UU. Sin embargo, frente a las pruebas, el ciudadano común prefiere el refugio del fanatismo; una ceguera colectiva donde la verdad es el enemigo y el mito del salvador es la única religión permitida.
Mientras tanto, miles llevan cuatro años presos solo por “parecer sospechosos”, por vivir en un mesón, por tener la cara que no le gustó al “juez de la calle” (ese policía o soldado de turno) o por una llamada anónima de venganza.
Desde que te presentan ante las cámaras, ya eres culpable. Y aquí viene la pregunta que duele: ¿por qué tantas audiencias de “inocentes” se programan recién después de las elecciones de 2027, cuando muchos ya llevan años encerrados? En este reino al revés, la justicia ya no busca pruebas, abraza la fe en los “criteriados”: reos confesos con una memoria prodigiosa que señalan hasta 300 personas en juicios sumarios. Ahora el capturado tiene que convencer a sus verdugos de que no es un monstruo, mientras la prensa oficial lo exhibe como trofeo.Pero según declaraciones del vicepresidente Félix Ulloa que los juicios sean masivos, los considera como «innovadores», y defiende que la responsabilidad sea «colectiva» y las penas se apliquen según la jerarquía en cada clica (célula) pandillera.
Incluso ahora en las oficinas que deberían defender los derechos humanos, dígase (PGR ,Fiscalia o PDDH), la cosa se puso rara. Si vas a interponer un recurso por un familiar, te advierten iimplícita o directamente que tú podrías terminar siendo el sospechoso. El denunciante se vuelve vigilado y el afectado, potencial victimario. Así se siembra miedo y se disuade a quien busca justicia.
En el manejo de la plata pública la incoherencia es el pan de cada día. Pregonan que “lo público es mejor que lo privado”, pero firman leyes que abren la puerta a la privatización del agua, la educación y la salud. Colocan primeras piedras con la misma velocidad con que cambian ministros, mientras un hospital especializado tarda años y una megacárcel se levanta en tiempo récord. Prioridad clara: más cemento para el castigo, menos para curar.
Y surgen preguntas que nadie quiere responder en voz alta: ¿por qué los presupuestos de Salud y Educación no se gastan completos cada año, pero sí piden préstamos millonarios “para fortalecer esas áreas”? ¿Cómo es posible que remodelar tres aulas, pintar la fachada y cambiar los servicios sanitarios de una escuela cueste casi un millón de dólares? ¿Dónde quedaron los evaluadores técnicos, las auditorías independientes y los controles que deberían frenar estas cosas?
Prometieron ahorro con la reducción de diputados (de 84 a 60) y municipios (de 262 a 44), pero el resultado fue el opuesto: más recursos por cabeza y sueldos que se triplican desde el primer día. Despiden a miles de empleados públicos diciendo que “quitan grasa”, pero contratan a decenas de miles de activistas del partido(se estiman 38 mil). Es el clásico truco: mover la plata de un bolsillo a otro mientras la gente aplaude el espectáculo.
Lo más doloroso no son las torres de control ni los decretos de “reserva de información”. Es el adormecimiento colectivo. Llegas a casa después del show de luces en el Centro Histórico y te conformas con encontrar solo agua helada en la refrigeradora. Aceptaste el trueque más caro entregar los derechos ciudadanos a cambio de una sensación de seguridad que patrullan “jueces de calle” con licencia para llevarse al que parece pobre o vive en tugurio.
La crítica se susurra, la conformidad se grita, y la amenaza del CECOT o el exilio siempre está ahí.El Salvador no está evolucionando. Está perfeccionando el arte del atraso con filtro millennial. Un país que camina hacia el abismo convencido de que está volando, porque nadie se atreve a decirle al conductor que el mapa está al revés.
Y para cerrar el círculo, intervienen hasta la lógica de las urnas. El presidente-candidato aparece en todas partes rompiendo reglas, y en la oscuridad de los servidores ocurre el milagro: un voto cian se multiplica diez veces en el cómputo. Cajas que desaparecen, papeletas que reaparecen sin doblar y misteriosamente marcadas… ¿Apoyo masivo real o el primer fraude algorítmico de la era digital?
Este país carga heridas profundas de los años 70 y 80, con su guerra civil llena de masacres y violaciones a los derechos humanos que todavía duelen. A eso se sumó el terror de las pandillas en barrios, colonias y cantones. Pero nunca hemos cerrado esos ciclos: ni justicia transicional verdadera, ni reparación colectiva, ni un perdón sincero. Seguimos en la lógica del “que sufran como nosotros sufrimos”, aunque el 80 o 90 % nos digamos creyentes de religiones que predican misericordia y amor al prójimo. No hemos asimilado esas enseñanzas.
La estrategia ha sido maestra: agitar el dolor de las víctimas de las pandillas para encubrir el verdadero objetivo concentrar poder total y permanente. El agradecimiento visceral por la “seguridad” se convierte en deuda emocional infinita que justifica todo: capturas sin pruebas, erosión institucional y leyes cambiadas a antojo. Así la gente se vuelve más indolente ante las violaciones, más vengativa con quien critica y más dispuesta a aplaudir soluciones deshumanizantes.
Así, la sociedad se vuelve cada vez más indolente ante las violaciones sistemáticas, vengativa ante cualquier voz crítica y dispuesta a aplaudir soluciones deshumanizantes megacárceles, juicios sumarios y la inversión de la presunción de inocencia como si fueran actos de legítima defensa colectiva. El miedo convertido en gratitud es el combustible perfecto para perpetuar el control.Seguimos atrapados en la lógica primitiva del castigo como venganza.
Un país donde el adormecimiento colectivo ya no se disimula: es visible, medible, es digno de estudio internacional(para no repetirlo ,ni replicarlo). Y la pregunta cae por su propio peso, sin rodeos: ¿ha logrado el marketing político imponerse sobre la razón y el juicio crítico de la gente?.
Finalmente , debes enterarte que , por más que la gente cierre los ojos, se refugie en los memes o se deje llevar por el miedo y la maquinaria de propaganda que inunda las redes, la realidad internacional sigue su curso. Y es un hecho que, el Grupo Internacional de Expertas y Expertos (GIPES) un organismo independiente de juristas internacionales , ya entregó su informe a la ONU, con evidencias de violaciones sistemáticas ocurridas en el pais y que apuntan al cometimiento de crímenes de lesa humanidad bajo el régimen de excepción.
La Corte Penal Internacional con sede en la Haya ,está revisando ese documento en este preciso momento. Y la pregunta que queda flotando es incómoda: ¿hasta dónde llegará esto? Porque lo que viene podría ser una investigación en regla y una eventual condena internacional no solo contra el Estado, sino contra el propio Bukele, sus operadores y quienes han estado más cerca en la ejecución de esta política. La burbuja del “todo está bien” «yo, solo cumplía ordenes» «Yo solo fuí colaborador» no va a proteger a nadie cuando la gravedad internacional empiece a actuar.
Y lo que más les cuesta aceptar a quienes se sienten intocables y todopoderosos es que, tarde o temprano, les llega su tiempo. La impunidad siempre tiene fecha de caducidad. La historia lo ha demostrado una y otra vez: ningún régimen, por popular o blindado que parezca en su momento, escapa para siempre a las lecciones de la justicia.
Por más que hoy se rían de las críticas, se escuden en el 94 % de aprobación o se crean invencibles detrás de la maquinaria de propaganda, el reloj sigue avanzando. El informe del GIPES ya está sobre la mesa de la Corte Penal Internacional, y lo que hoy parece lejano puede convertirse mañana en una rendición de cuentas.
Y los señalamientos no terminan ahí. Falta todavía conocer a fondo los alegatos que están saliendo en los juicios contra líderes de pandillas que se están llevando a cabo en Estados Unidos, especialmente en cortes federales de Nueva York.
En esos procesos, varios cabecillas de la MS-13 (y algunos de Barrio 18) están declarando o enfrentando evidencias que podrían sacar a la luz los arreglos y negociaciones que el gobierno de Bukele mantuvo con estas estructuras entre 2019 y 2022, hasta el momento en que se rompió el diálogo y arrancó el régimen de excepción.
Según las acusaciones y documentos judiciales estadounidenses, funcionarios cercanos al presidente como Carlos Marroquín y Osiris Luna Meza se reunieron repetidamente con líderes pandilleros en cárceles y otros lugares. A cambio de bajar drásticamente los homicidios (para mejorar las estadísticas y la imagen del gobierno), las pandillas recibieron beneficios carcelarios, dinero, control territorial, apoyo para campañas electorales de Nuevas Ideas , liberación de líderes de los penales y hasta promesas de frenar extradiciones hacia EE.UU.
Esos pactos, que el oficialismo siempre ha negado, quedaron documentados en investigaciones del FBI enviados a la Fiscalía de EE.UU., audios, testimonios y reportes de inteligencia. Ahora, en los juicios, esos mismos líderes podrían detallar cómo funcionaba el acuerdo, quién daba las órdenes y hasta cómo se usó esa “paz fabricada” para consolidar poder político.
¿Cuáles serán las repercusiones?
Podrían ser fuertes. Primero, más presión internacional y mayor credibilidad a los informes que ya tiene la CPI y la ONU sobre posibles crímenes de lesa humanidad. Segundo, un golpe duro a la narrativa del “milagro Bukele” sin negociaciones: se confirmaría que la baja inicial de homicidios no fue solo por mano dura divina, sino también por un pacto de sombras. Tercero, esto podría complicar aún más la relación con Estados Unidos (aunque el actual contexto político parezca protector) y alimentar solicitudes de investigación contra altos funcionarios salvadoreños.
Al final, lo que muchos creen que quedó enterrado bajo el CECOT y la propaganda, podría volver a salir a flote en una corte extranjera. Porque los pactos con el diablo, aunque parezcan convenientes en su momento, casi siempre terminan cobrando factura.
¿Crees que esto cambiará algo en la conciencia colectiva de quienes hoy aplauden sin preguntar? ¿O seguiremos prefiriendo el show de luces antes que mirar de frente estas sombras del “nuevo El Salvador”?
Porque la historia no perdona a quienes confunden el miedo colectivo con consentimiento eterno, ni a quienes convierten el dolor de un pueblo en combustible para el poder absoluto.
Aprender las lecciones de la justicia no es opcional; es inevitable. Solo es cuestión de tiempo.Aunque debemos reconocer que el adormecimiento colectivo ya es visible, medible y digno de estudio internacional.
Y la pregunta es directa: ¿ha ganado el marketing político sobre la razón y el sentido crítico?
¿Realmente piensas que la seguridad actual vale la pena de sacrificar tus derechos ciudadanos?
Porque tarde o temprano, por mucho que te vendan que los peces vuelan y los pájaros nadan, la realidad termina imponiéndose. Y llegará el momento de reconstruir una normalidad justa y duradera para todos.
Así será…
