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Por qué Trump pasó en poco más de 10 horas de la amenaza de destrucción total de Irán al alto el fuego.

Factores políticos y su enfoque sobre estrategias de negociación movieron al presidente, aunque incluso algunos asesores no supieron hasta el último momento si cumpliría sus amenazas

Sara Fernández y Idoya Noain.

Buena suerte a cualquiera que intente aventurar qué pasa por la cabeza del presidente de Estados Unidos a la hora de tomar decisiones o cómo funcionan sus razonamientos. Ni siquiera sus propias palabras, que acostumbran a incluir contradicciones, arrojan una luz que permita definir definitivamente sus argumentos. Esa enorme incógnita es la que late ahora, cuando tras 38 días de guerra en Irán, y 10 horas y 26 minutos después de lanzar en su red social la genocida amenaza de hacer “morir una civilización”, Trump anunció también en Truth Social un acuerdo con Irán, y con Israel, para un alto el fuego de dos semanas, una tregua anunciada solo 88 minutos antes del ultimátum que él mismo había dado y que este miércoles ya se ha probado extremadamente frágil.

Para entender ese giro lo único que se puede hacer, al menos de momento y dado que el mundo está ante un líder que ha roto todos los esquemas y precedentes de las últimas décadas sobre cómo funciona alguien en el Despacho Oval, es entender el momento político de EEUU y también, recorrer la historia de Trump, identificar tendencias y tomar en cuenta sus palabras, por más que sean volátiles, y las de las personas del círculo de poder que le rodea.

Argumentos de sobra para una rampa de salida

Argumentos para buscar una rampa de salida a esta guerra Trump tenía abundantes. En Estados Unidos la mayoría de la población era contraria al conflicto y a cómo el presidente lo estaba manejando, como han dejado cada vez más claro una encuesta tras otra. 

La cascada de consecuencias en la economía global del cierre práctico por parte de Irán del estrecho de Ormuz también alcanzaba a EEUU. Una encuesta reciente del centro Pew publicada este martes demuestra que el impacto que más preocupaba a los estadounidenses era el que la guerra está teniendo en la economía, y en particular en el precio de la gasolina, que había subido por encima de los 4 dólares por galón (cerca de un euro por litro), un 33% respecto a antes del 28 de febrero. 

No son buenas noticias para un presidente que se juega en las elecciones legislativas de noviembre que su partido mantenga el endeble control que ahora tiene de las dos Cámaras del Congreso, algo imprescindible si quiere evitar un bloqueo de su agenda o verse sumido de nuevo en investigaciones lanzadas por los demócratas.

Además del golpe económico, la guerra, y el papel fundamental que en decidirlo a lanzarla han jugado Israel y su primer ministro, Binyamín Netanyahu, ha profundizado la brecha entre Trump y la base MAGA, o al menos entre algunas de sus más destacadas e influyentes figuras públicas, como el comentarista Tucker Carlson o la excongresista Marjorie Taylor Greene. La oposición a la campaña militar se ha hecho feroz, y hace que sangre a borbotones una herida que ya estaba abierta por cuestiones como el caso de los archivos del pederasta y depredador sexual Jeffrey Epstein.

Un conflicto en el que Irán ha mostrado su voluntad y su capacidad de mantener resistencia pese a la asimetría de fuerzas y la compleja logística y el intenso despliegue de personal y recursos militares que, durante años, se requerirían de EEUU para asegurar el estrecho de Ormuz, incluso si se tomara el control, amenazaban también al presidente con sumirle en una de esas “guerras eternas” que atraparon y dañaron a predecesores y de las que, como candidato, prometió mantener fuera a su país.

Trump también enfrentaba la preocupación de fondos soberanos localizados en países del golfo pérsico, que Irán ha bombardeado en las últimas semanas. Esas naciones se han hecho inversoras fundamentales en la revolución de la Inteligencia Artificial que está alimentando el crecimiento de la economía en EEUU y su sector tecnológico y si se veían obligadas a invertir más en defensa tendrían menos para ese motor económico durante este segundo mandato del republicano.

La amenaza como herramienta

Públicamente, ni el presidente ni sus secretarios y portavoces asumen ninguno de esos puntos débiles que pueden haber animado el giro. De hecho, este miércoles todos ellos se esforzaban en retratar la ‘Operación Furia Épica’ como un éxito total y el alto el fuego como un triunfo de su estrategia, incluyendo la retórica genocida.

“Lo que al presidente le importa más son los resultados, y de hecho su retórica muy dura y su duro estilo de negociación es lo que ha llevado al resultado que ven”, decía este miércoles en la sala de prensa Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca.

En la campaña de 2024 Trump habló en privado en una reunión con donantes de una de sus tácticas favoritas de negociación. Según el relato de esas palabras que ha recuperado ‘The Washington Post’, y que no han confirmado ni China ni Rusia, Trump alardeó de poder frenar a ambos países amenazando con bombardear Pekín o Moscú. La respuesta de Xi Jinping, según Trump, fue pensar que “estaba loco”. “No me creyó, salvo quizá un 10%”, explicó el republicano. “Y un 10% es todo lo que necesitas”.

Ese es el enfoque que Trump suele adoptar, ya sea en sus amenazas a la OTAN, en las guerras comerciales abiertas con sus aranceles, en las ambiciones imperialistas en Groenlandia o en muchas otras maniobras políticas: usar lo impredecible y amenazar con una escalada catastrófica para ganar fuerza en la negociación.

Es una política que en materia de relaciones internacionales Stephen Walt, académico en Harvard, ha descrito como “hegemonía depredadora”. “Su objetivo central es usar la posición privilegiada de Washington para extraer concesiones, tributos y despliegues de deferencia de aliados y adversarios, buscando ganancias a corto plazo en lo que ve como un mundo puramente de suma cero”, describió el experto en un artículo en ‘Foreign Affairs’.

Quienes rodean y apoyan al presidente aseguran que sus métodos, esos de ignorar convenciones y hacer demandas maximalistas que aprendió en su etapa en el agresivo mundo del sector inmobiliario en Nueva York, funcionan también en la geopolítica. Y el mismo tiene abundante confianza en sí mismo. Lo ratifica una conversación que un par de semanas antes de la guerra tuvo con Tucker Carlson, de la que han informado dos periodistas de ‘The New York Times’ que publicarán un nuevo libro en junio titulado: «Cambio de régimen: dentro de la presidencia imperial de Donald Trump». “Sé que estás preocupado pero va a salir bien”, le dijo al comentarista. Cuando este le preguntó como lo sabía replicó: “Porque siempre sale bien”.

Observando resultados como el quebradizo alto el fuego en Irán, y especialmente el potencial de que Teherán siga controlando Ormuz y salga finalmente reforzado de este conflicto, críticos y buena parte de los analistas se inclinan mucho más por hablar de un fracaso. Walt, por ejemplo, escribió en su texto que en el caso de Irán se confirma “lo vacío de este enfoque”. “Generará un creciente resentimiento global» y «creará tentadoras oportunidades para los principales rivales de Washington”, opinó.

INCERTIDUMBRE Y TACO

El lunes, según una información de ‘Axios’, EEUU e Israel supieron que, por primera vez desde que empezó la guerra, Mojtaba Jameneí, nuevo líder Supremo de Irán, instruyó a sus negociadores a moverse hacia un acuerdo. Pese a esos movimientos, Trump redobló las amenazas públicas y ni siquiera dentro de su gobierno algunos sabían qué haría. “No teníamos ni idea de qué iba a pasar”, le ha dicho al portal una fuente de Defensa.

El giro definitivo y el final de la incertidumbre llegaron el martes tras horas frenéticas de contactos no solo con miembros del gabinete y asesores políticos, militares y de Justicia sino también con líderes empresariales. Trump tuvo tiempo para lanzar mensajes en Truth de apoyo a candidatos políticos locales o para llamar a Budapest, donde el vicepresidente Vance participaba en un acto junto a Viktor Orbán. Pero la decisión sobre Irán llegó, con contactos intensificados de Vance con los pakistaníes, la implicación de China y conversaciones de Trump y su equipo con los israelíes, según ‘Axios’ cada vez más conscientes de que perdían control. 

Ese giro ha hecho que vuelva a usarse el término TACO (acrónimo en inglés de Trump siempre se vuelve un gallina). Es un concepto que se ha acuñado en este segundo mandato ante su retirada de amenazas que él mismo ha hecho y que no hace falta ni siquiera desempolvar por su frecuencia, porque el patrón se repite.

Se ha visto con los aranceles, con plazos que han ido y venido sin que nada se solvente en las negociaciones con Rusia y Ucrania para poner fin a esa guerra, o respecto a Groenlandia. Y ha vuelto a aparecer también un plazo por el que parece sentir predilección, aunque a menudo acabe saltando por los aires, viéndose prorrogado, simplemente superado por la falta de resultados o probado como una mera compra de tiempo: dos semanas.

Leavitt, en su rueda de prensa de este miércoles, ha insistido como el propio Trump o el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en que los objetivos militares “se han cumplido o excedido”. Y la portavoz ha remarcado: “Son los iraníes los que capitularon, no el presidente Trump”. 

La secretaria de prensa desestimaba o tildaba de “insultantes” las repetidas preguntas, que se replicaban en centros de poder alrededor del mundo y en análisis y columnas, sobre si con la amenaza que lanzó de destruir la civilización iraní, y no el gobierno de Teherán, Trump no ha destruido la credibilidad moral que le pudiera quedar a EEUU, algo que el nobel Paul Krugman recordaba en su Substack este miércoles que hizo, “a todos los efectos, con el permiso de las instituciones políticas y civiles”.

Fue el propio Trump quien en una entrevista este año con ‘The New York Times’ dijo que su único límite es su “propia moralidad”. Y en enero su asesor Stephen Miller también había puesto sobre la mesa la filosofía del presidente. “Vivimos en un mundo en que puedes hablar todo lo que quieras sobre formalidades internacionales y todo lo demás pero es un mundo que está gobernado por la fuerza, por la imposición, por el poder”, dijo en CNN. “Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”.