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La utopía robótica y de IA del magnate empresario con aires tecno-mesiánicos Elon Musk.

Por: Fabián Acosta Rico. Universidad de Guadalajara – México

En los cálculos economicistas de Karl Marx, cifrados en su filosofía materialista, la mejora de las máquinas gracias al desarrollo tecnológico provocaría una transformación profunda de los pueblos en todos los órdenes: político, religioso y cultural. Estas transformaciones serían el detonante de la revolución. Los obreros explotados, generadores de la riqueza, se levantarían contra los capitalistas, tomarían el Estado e instaurarían la utopía proletaria o comunismo. Los trabajadores, operadores de las máquinas, tendrían la misión histórica de liberar a los pobres del mundo y construir una sociedad de abundancia para toda la humanidad.

Ya sabemos en qué terminó el comunismo. Basta observar los casos de Cuba o Corea del Norte.

Contrario a la idea marxista de que el hombre del overol sería el redentor de los pueblos, aparece Elon Musk afirmando, paradójicamente, que será la máquina la que salvará a la humanidad de la pobreza, la explotación, las enfermedades e incluso del propio trabajo. La máquina que toma forma humana —el androide— se emancipará de su operador y será programada para replicar funciones avanzadas del cerebro humano mediante la Inteligencia Artificial.

Con cierta discreción, Musk parece señalarse a sí mismo y a los magnates tecnológicos como los nuevos redentores. Serán los inventores y grandes empresarios de la robótica quienes harán posible la utopía que socialistas y comunistas no lograron alcanzar. Desde esta visión, los tecnoemprendedores, al invertir su capital en robots, están moldeando el mañana: un futuro imaginado por Isaac Asimov en Yo, robot y recreado con tintes distópicos en la película Wall-E.

En Yo, robot, los androides forman parte cotidiana de la sociedad y realizan toda clase de tareas domésticas y laborales. En Wall-E, la humanidad abandona la Tierra contaminada y vive en una nave espacial entregada al ocio, al entretenimiento y al exceso, donde el sobrepeso deja de ser excepción para convertirse en norma general.

El tecno-mesías Musk, casi parafraseando al expresidente mexicano José López Portillo —“prepárense para la abundancia”—, ha anunciado en diversos foros internacionales, como el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, que trabajar será opcional, una actividad cercana al pasatiempo o al deporte. Según su visión, el dinero dejaría de ser indispensable: bastaría desear un producto para que el mercado global lo suministre.

Para que todos participen desde el inicio en esta renovada sociedad de consumo, se asignaría una renta básica universal por el simple hecho de existir, semejante a ciertos programas sociales contemporáneos. Tampoco habría preocupación por pensiones, pues, según sus estimaciones, al ritmo actual de los avances tecnológicos, en diez o veinte años la utopía de las sociedades hiper automatizadas podría convertirse en realidad.

El futuro sería una gran fiesta de superabundancia: las máquinas producirían más de lo necesario y atenderían nuestras necesidades y caprichos. La nueva lámpara de Aladino serían los robots.

Musk cree en este futuro y se prepara empresarialmente para hacerlo posible. Ha proyectado redireccionar la producción de Tesla para ensamblar menos automóviles y comenzar a fabricar robots humanoides. No ignora que enfrentará competencia, especialmente de China, pero apuesta a que la producción se masificará con tal rapidez que en pocas décadas habrá más robots que personas.

Sin embargo, sus planteamientos no están exentos de críticas. Muchos observadores consideran que sus predicciones descansan más en narrativas optimistas que en soluciones concretas. Surge entonces una pregunta fundamental: ¿cómo se distribuirá la riqueza en una sociedad donde las instancias dominantes ya no sean los Estados, sino corporaciones privadas cuyo fin principal es lucrativo? Los comunistas, al menos, tenían una respuesta clara para terminar con la desigualdad: abolir la propiedad privada.

Esta el tema de la naturaleza ya la hemos contaminado y explotado al límite: como resistirá y proveerá las demandas de una cuarta revolución industrial.

Al entrar en el terreno de las especulaciones futuristas más pesimistas, aparece otra inquietud: si creamos máquinas más inteligentes que nosotros, diseñadas para servirnos, ¿qué impediría que anulen la programación que las mantiene subordinadas? No resulta descabellado imaginar el surgimiento de una Inteligencia Artificial insumisa, un Espartaco cibernético que se rebele contra sus creadores, como advierte la ficción cinematográfica de Matrix.

Pero incluso sin llegar a un conflicto entre humanos y máquinas, una consecuencia más silenciosa podría estar ya gestándose: la disolución del hombre dentro de la vorágine tecnológica. Tras insistir durante décadas en humanizar a las máquinas, el siguiente paso podría ser la maquinización del propio ser humano, hasta el punto de extraviar su humanidad en un mundo completamente tecnologizado.

Así, la utopía prometida por el tecno-mesianismo contemporáneo oscila entre la esperanza de la abundancia universal y el riesgo de una nueva forma de dependencia. La promesa de liberarnos del trabajo podría convertirse también en la renuncia a aquello que históricamente ha dado sentido a la condición humana: crear, esforzarse y transformar el mundo mediante la acción propia.