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El martirio de Monseñor Romero: la palabra que la bala no pudo callar.

Por Mauricio Manzano. (Investigador y Consultor Educativo).

El asesinato de San Óscar Arnulfo Romero no es solo un hecho histórico; es el martirio del profeta frente al ídolo y la palabra encarnada contra el abuso de poder y la impunidad. Monseñor Romero es el estándar máximo de lo que significa que la inteligencia y la fe se conviertan en una amenaza para el poder.
El 24 de marzo de 1980, una bala atravesó su corazón mientras consagraba el pan frente al altar. Fue el intento final de la tríada del control de aquel entonces por silenciar «la voz de los sin voz». Pero lo que el poder no entendió es que al matar al hombre liberaron su palabra, convirtiéndola en un arraigo eterno para el pueblo salvadoreño.
Romero no fue un ideólogo, fue un hombre de una inteligencia sentiente y compasiva Su «conversión» nació de ver los cuerpos torturado de sus amigos y feligreses. Entendió que el alfabetismo moral no se aprende en las lujosas catedrales sino en el polvo de los cantones y comunidades. Su legado nos enseña que la verdadera capacidad intelectual es aquella que puede sentir los límites del saber, y saber leer la voluntad de Dios en el rostro sufriente del campesino, de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, de los perseguido…

Romero comprendió que la Iglesia, como cuerpo místico de Cristo, también debe encarnarse frente a la perversidad de la riqueza y el poder opresor, su fe no se escondía en las catedrales y templos acomodados, su cristianismo era una soberanía ética. Para denunciar los ídolos de la época utilizó la radio, que era como la armadura mediática de su tiempo, pero al revés, para denunciar a los desaparecidos y asesinados.
Monseñor Romero también comprendió, iluminado por el evangelio y la Doctrina Social de Iglesia, que existe la desobediencia justa; su última homilía pidió a los soldados que no obedecieran una orden de matar que iba contra la ley de Dios, es el acto supremo de autonomía frente a la dictadura de su época.

¿Qué nos enseñó y que nos dice Romero hoy?
Hoy, en un El Salvador de régimen de excepción, manipulación de la verdad y de propaganda digital, Romero, sin duda, volvería a ser una amenaza, volvería a denunciar los casi 500 muertos bajo custodia del Estado, los desaparecidos, la manipulación del hambre y el brindis con licores exonerados de impuestos de la casta que gobierna sobre la miseria del pueblo. Su legado es un recordatorio de que ser cristiano no es aplaudir al poderoso, sino ser el escudo de las víctimas.

Monseños Romero no cayó por política, cayó por amor. La bala que abrió su corazón nos reveló que la verdad tiene un precio, pero el silencio tiene un costo mucho más alto, la pérdida de la libertad y la dignidad.

También Romero nos enseñó que el Estado, el dinero o un líder pueden convertirse en ídolos que exigen sacrificios humanos, nos enseñó que la obligación auténticamente cristiana no debe ser nunca arrodillarse ante los ídolos. Para Romero la opción por el pobre, no fue una frase vacía o un slogan publicitario, sino una decisión de vida. Nos enseñó que estar del lado de la víctima, del inmigrante, del preso inocente, es estar en el lugar donde la luz de Dios brilla con más fuerza, nos enseñó que podrán quitarnos la libertad pero nunca podrán quitarnos la verdad. Romero «resucitó en su pueblo», no murió con el cáliz en la mano. Porque no hay mayor honor que ser fiel a la justicia hasta el último suspiro a pesar del miedo que el mismo confesaba sentir. Su sangre derramada es el agua clara que riega nuestra esperanza.
Amen y amén.