LIBRO: LA INVENCIÓN DEL PUEBLO JUDÍO.
POR: JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
Shlomo Sand es un historiador israelí y profesor en la Universidad de Tel Aviv. Pública “La Invención del Pueblo Judío” en el dos mil ocho. En el dos mil nueve se traduce del hebreo al inglés y en el dos mil once, se publica en castellano. El libro desafía los cimientos del sionismo, al que considera un mito moderno construido en el siglo diecinueve. El mito plantea la idea de un “pueblo judío”, como entidad homogénea y ancestral. En su obra, Sand plantea analizar las raíces históricas y la identidad del Estado de Israel.
El texto arranca con una colección de retratos biográficos que expresan el poder del mito. El retrato mítico en la cual se ha forjado el Estado de Israel es que, la historia comienza cuando Moisés recibe en el Sinaí las Tablas de la Ley, se prolonga a través de reinos florecientes y penosos exilios, conservando siempre la identidad del “pueblo judío”.
Basándose en los trabajos de Benedict Anderson y Ernest Gellner, comprueba que el pueblo judío se constituye en una religión espectáculo-cultural con su legión de sacerdotes-intelectuales. El nacionalismo queda así perfilado como la religión más exitosa de la modernidad. Para el autor, los judíos son una comunidad cultural y religiosa forjada durante el primer exilio en Babilonia y cuya patria son los países que habitan.
El trabajo de Heinrich Graetz, en la década de mil ocho cientos cincuenta, aportará una perspectiva radicalmente distinta: el sujeto histórico pasa a ser presentado al moderno estado nación, en un momento en que la mitología nacional invade a todos los rincones de Europa. Moses Hess incorpora un sesgo racial a este proceso, juzga a los judíos como una de las “razas primarias” del género humano. Y Yitzhak Buer reclama el establecimiento de un Estado en Palestina. Así, el relato del antiguo testamento se convierte en la verdad histórico-nacional.
Sin embargo, afirma Sand, a partir de finales de la década de mil novecientos sesenta, excavaciones plantean serios problemas a este relato dominante. Resultan ser incoherentes el “tiempo de los patriarcas”, la salida de Egipto, la conquista de Canaán, el reino unido de David y Salomón. Por el contrario, confirman su composición elaborada cientos de años después, con el propósito de crear una comunidad religiosa y cohesionada basada en el monoteísmo.
Los romanos nunca deportaron a pueblos enteros de los países del este que conquistaron, aunque, la caída del Reino de Judea, en el año setenta de la era cristiana, fue una destrucción importante en Jerusalén. La sublevación de Bar Kokhba, en el años ciento treinta y dos, dio lugar a nuevas destrucciones, tampoco hay evidencia de una deportación, sentencia el autor.
El origen del mito del exilio de los judíos, después de la ruina del templo, es una elaboración tardía de los grupos que vivían fuera de Palestina, quienes buscaban identificarse con la esencia errante e irredente de un pueblo que rechazaba la gracia del mesías Jesús y esperaba al “verdadero” que los llevaría de vuelta a Jerusalén. Sand expresa que hay evidencia que el judaísmo practicado por gentes helenizadas, era una religión proselitista que creció con un importante número de conversos de pueblos foráneos. No hay pruebas que la conquista de Palestina por los musulmanes, en el siglo séptimo, provocara un exilio, como sostienen los historiadores sionistas. Pese a que el número de judío en la zona se redujo.
La narrativa sionista nos pone ante la imagen del pueblo errante que reivindicaba el derecho a regresar a su tierra. Por el contrario, nuestro autor nos recuerda el reino judío proselitizado de Himyar en la Península Arábiga, que se mantuvo del siglo cuatro al siglo sexto de la era cristiana. Igualmente, el norte de África fue una zona de frecuentes conversiones al judaísmo entre las tribus bereberes. La Reina Dihya al-Kahina, reina de la tribu bereber de los Yarawa, en la actual Argelia, era de procedencia judía y resistió al Islam. En el siglo décimo de la era cristiana, aparece un reino judío proselitizado al este de Ucrania y el Sur de Rusia. El Reino de Jazaría, fundado por un pueblo túrquico seminómada, como anhelo de independencia frente a cristianos y mahometanos. El rey y su corte eran de religión judía y el porcentaje de población jázara que profesaba el judaísmo era alto. El reino nace en el siglo cuarto y decae a partir del siglo décimo. La migración masiva de judíos jázaros hacía el oeste se producirá hasta la invasión de los mongoles en el siglo décimo tercero. Los jázaros desterrados, comienzan a florecer en el oeste de Ucrania, Polonia y otras regiones de centroeuropa.
Los reinos descritos aportan una imagen viva y dinámica del judaísmo de aquellos siglos, pero, contradice el relato sionista de una nación expulsada y errante que solo añora regresar a su tierra. Sand dice que la efervescencia nacionalista de la segunda mitad del siglo veinte, mostraba un marcado carácter étnico en Europa Central y Oriental. Allí crece el antisemitismo como reacción a ese otro nacionalismo étnico que es el sionismo.
La definición “racial” del pueblo judío era muy común entre los primeros dirigentes y militantes sionistas. La historia del Estado de Israel, muestra desde su fundación la evolución de un proyecto nacionalista étnico. El autor considera que el proyecto étnico del Estado Judío, ha marcado una tensión insufrible y ominosa con los árabes, quienes son marginados dentro de Israel y físicamente colonizados en los territorios ocupados.
Los judíos no descendieron de un exilio babilónico masivo en el siglo sexto antes de Cristo, sino, que surgieron de conversiones masivas en la edad media. Principalmente en el mundo islámico y en Europa Oriental. Los judíos asquenazis o jázaros tiene más afinidad genética con poblaciones europeas, que con judíos sefardíes o mizrajíes.
Sand diferencia entre religión judía y sionismo. La religión judía se refiere a creencias espirituales y a prácticas rituales centradas en la Tora y el Talmud. En cambio el sionismo, es un movimiento político secular nacido en el siglo diecinueve, que busca crear al Estado Judío en Palestina, como refugio al antisemitismo europeo. El sionismo buscaba la identidad étnica con territorialidad. La religión judía no requiere un Estado soberano para existir.
Sand fundamenta su crítica con datos científicos y críticas a las interpretaciones radicales de la Tora que los sionistas usan para justificar acciones genocidas. Un dato científico es, que solo entre el cuarenta o el cincuenta por ciento del ácido desoxirribonucleico (ADN) asquenazi proviene de ancestros del medio oriente. El autor argumenta que el sionismo, al inventar una narrativa de retorno ancestral, facilito la Nakba, expulsión de los palestinos de sus tierras y el apartheid actual en Cisjordania y Gaza. Concluye que los judíos no tienen un origen común, sino, son una miscelánea de personas de Europa y Asia Central que se convirtieron al judaísmo en distintos momentos.
