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Libro: UNA MUERTE CONVENIENTE.

POR: JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.

El sacerdote y académico español Gil José Saez Martínez informa que, en las sociedades antiguas y modernas, los niños han tenido poca importancia. Los abusos sexuales a menores han formado parte de esas sociedades. Los niños no han sido siempre objetos de protección a lo largo de la historia. Los niños han sido víctimas de todo tipo de abusos y vejaciones, incluidos los abusos sexuales. La pederastia, específicamente, es una institución social entre hombres adultos y adolescentes varones, no entre hombres adultos y niñas. Las mujeres estaban y están excluidas de la vida pública manteniéndose en el ámbito doméstico. Las niñas podían y pueden ser casadas desde muy jóvenes, pero la consumación debía esperar a la madurez física. Aunque la explotación sexual de esclavas o menores de edad pobres era y es común, reflejando la desigualdad social.

En la antigua Grecia, los niños sufrían todo tipo de abusos sexuales. Los jóvenes entre los doce (12) y dieciséis (16) años eran iniciados por adultos (erastes), en una relación homosexual regulada por leyes y rituales. Esto como parte de la formación humana en la que los jóvenes eran sujetos pasivos (eromenos). Las relaciones sexuales con prepúberes estaban penadas por la ley. Pero los hijos pequeños de esclavos griegos eran objeto de abusos sexuales, puesto que al pertenecer al amo, estaban dispuestos a él.

En Roma las relaciones sexuales entre adultos y efebos, jóvenes varones que se encontraban en la etapa de la pubertad, comienza a ser mal vista tras el paso de la República al Imperio. En el Imperio Bizantino, los abusos sexuales a niños se producía con frecuencia. Durante la Edad Media, era frecuente que los niños sufrieran sodomía. En el contexto social de la industrialización, los niños eran explotados laboralmente y los hacía más vulnerables a ser víctimas de abusos sexuales o terminar prostituyéndose por la penuria económica. El verdadero cambio comienza con la Convención de los Derechos del Niño. A finales del siglo veinte, los abusos sexuales a menores comienzan a ser visto por la sociedad como un delito grave que debe ser perseguido.

Los antiguos griegos no tenían la palabra niño. En el imperio romano se dejaba de ser niño o niña, cuando se alcanzaba la pubertad para los niños (14 años) y la edad núbil para las niñas (12 años). La diferencia entre mayor y menor de edad, tendrá repercusión a la hora de examinar cuando se esta abusando sexualmente a un menor. La Convención para los Derechos del Niño establece que se entiende por niño, todo ser humano menor de dieciocho años de edad. Por tanto, una victima de abusos sexuales es cualquier persona menor de los dieciocho años de edad.

Alana Goodman y Daniel Halper, periodistas estadounidenses, publican “Una muerte conveniente: la misteriosa muerte de Jeffrey Epstein” en el dos mil veinte. Ellos ponen en duda la narrativa oficial que Epstein era un “genio financiero”. Proponen que su riqueza podría deberse a fuentes oscuras como la extorsión o por sus conexiones con figuras como la de Les Wexner, dueño de Victoria’s Secret. Epstein cultivo relaciones con la élite global para lo cual utilizaba el “Lolita Express”, su jet privado y su isla privada, “Little Saint James”. Así atraía a políticos de alto nivel, miembros de la realeza, científicos de renombre y magnates de la tecnología. Estas relaciones no eran sociales, formaban parte de su esquema de protección mutua y posibles chantajes.

Al analizar el acuerdo de culpabilidad de dos mil ocho, Goodman y Halper denuncian la sentencia increíblemente leve que recibió Epstein. La cual fue el resultado de presiones política y la intervención de abogados poderosos. La sentencia permitió a Epstein continuar con sus abusos sexuales a menores durante una década más. La muerte de Epstein, en agosto de dos mil diecinueve, estuvo rodeada de extrañas circunstancia: fallaron las cámaras de seguridad, los guardias se quedaron dormidos y las fracturas en su cuello eran más compatibles con estrangulamiento que con un ahorcamiento. Los periodistas afirman que hubo una conspiración de asesinato y quedaron protegidos los que visitaron su isla y participaron en sus crímenes.

Epstein coleccionaba la amistad de poderosos como activos financieros para crear un escudo de impunidad. Su mecenas fue Leslie Wexner, le entrego un poder notarial sobre sus finanzas. Igualmente, Epstein donó millones a universidades para rodearse de premios nobel y científicos, que le dieran un aire de “intelectualidad” y legitimidad. Gishlaine Maxwell fue la “llave” que le abrió las puertas a la aristocracia europea y a la alta sociedad neoyorquina.

Epstein usaba la información como moneda de cambio. Los registros del “Lolita Express” no eran solo una lista de pasajeros, sino, una lista de “deudores sociales”. La red de Epstein eran tan basta, afirman Goodman y Halper, que cuando fue arrestado por segunda vez, en el dos mil diecinueve, el pánico se extendió a tres continentes.

Aunque Epstein se proyectaba como un genio financiero, su fortuna no fue el resultado de inversiones convencionales, sino, de una red de relaciones estratégicas y actividades ilícitas. La empresa de Epstein no tenía folletos, ni sitio web, ni una lista pública de clientes. Su fuente principal de riqueza fue Les Wexner. La fortuna de Epstein era en realidad un “pago” de otros servicios. Las fiestas y los encuentros organizados por Epstein, podrían haber servido para recopilar información comprometedora de figuras poderosas.

Los autores plantean que Epstein posiblemente actuaba como conducto o activo de agencias de inteligencia, lo que explicaría su inmunidad financiera y legal durante años. Epstein utilizaba una compleja red de cuentas en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos, para mover dinero de forma que fuera casi imposible de rastrear, creando una ilusión de solvencia que atraía a más aliados poderosos. Una combinación de negligencia institucional, influencias políticas y fallos sistémicos permitieron que Epstein operara durante décadas y finalmente muriera en una celda de máxima seguridad.

En el dos mil ocho, a pesar de tener pruebas contundentes del tráfico de menores, el fiscal Alexander Acosta permitió un acuerdo secreto que protegía a Epstein y a todos sus posibles co-conspiradores. Epstein cumplió trece meses en una cárcel con permiso de “salida laboral”, que le permitía pasar hasta doce horas al día en su oficina. En agosto de dos mil diecinueve, en el Centro Correccional Metropolitano (MCC) de Nueva York, tras días posteriores a un supuesto intento de suicidio, Epstein fue retirado de vigilancia a pesar de las ordenes de que nunca estuviera solo. Su compañero de celda fue transferido un día anterior a su suicidio. Los guardias encargados de vigilarlo estaban exhaustos o estaban dormidos o falsearon los registros de vigilancia. Las cámaras de seguridad que apuntaban a su celda “fallaron” o el metraje era inutilizable esa noche.

Epstein utilizo su riqueza para contratar a abogados que intimidaran a los fiscales locales. Los autores sugieren que Epstein tenía vínculos con agencias de inteligencia, que le habrían servido de “escudo” para evitar investigaciones más profundas por miedo a comprometer secretos de Estado.

Goodman y Halper ponen en entre dicho el informe oficial de suicidio por ahorcamiento. Contraponen la opinión del patólogo forense contratado por la familia de Epstein: Michael Baden. Las fracturas en el hueso hioides, en el cuello, es más común en casos de estrangulamiento que en ahorcamiento. 

Durante años el sistema fallo en proteger a las víctimas de Epstein. Las irregularidades que ocurrieron en el Centro Correccional Metropolitano de Manhattan fueron que las grabaciones de vídeo de las cámaras frente a la celda de Epstein tuvieron fallos técnicos la noche de su suicidio, los guardias encargados de vigilarlo no realizaron sus rondas cada treinta minutos y a pesar de haber estado bajo vigilancia por riesgo de suicidio, se permitió quedarse solo en su celda poco antes de morir.

La tesis de Goodman y Halper es que la muerte de Epstein fue “conveniente”. Epstein poseía información comprometedora, su juicio habría obligado a revelar nombres de cómplices de alto nivel. Al morir el proceso penal contra él termina protegiendo efectivamente los secretos de su red. Negligencia sistémica y corrupción deliberada permitieron que alguien entrara en la celda de Epstein o simplemente, las autoridades “miraron hacía otro lado” para permitir que se quitara la vida o le quitaran la vida.