Inseguridad política y electoral en El Salvador: democracia bajo presión.
Ecosistema para perpetuar el poder y que ganen los mismos
Por: Armando Fernández /Comunicador Comunitario
Cuando la política deja de ser competencia y se convierte en control
En El Salvador, el debate político actual gira en torno a una paradoja inquietante: un gobierno con altos niveles de popularidad que convive con crecientes dudas sobre la salud del ecosistema democrático. Una escena casi irónica. El liderazgo es fuerte, el apoyo ciudadano visible, pero al mismo surgen preguntas incómodas sobre el terreno en el que se libra la competencia política.
La democracia no se mide únicamente por la celebración de elecciones periódicas.
Se mide también por la equidad del terreno político, la independencia de las instituciones electorales y la posibilidad real de que exista alternancia en el poder.
En el caso salvadoreño, diversos analistas comienzan a advertir sobre la aparición de una nueva forma de inseguridad política y electoral que no se expresa necesariamente en fraudes tradicionales, sino en un fenómeno más complejo: la concentración progresiva del poder político, institucional y comunicacional en torno al Ejecutivo.
En otras palabras, el problema no sería únicamente cómo se vota, sino en qué condiciones se compite.
El Ejecutivo mantiene una influencia y una relación de sumisión todos los pilares del Estado:la Asamblea Legislativa, el sistema judicial, organismos autónomos, y de buena parte de la narrativa mediática nacional
En teoría, los sistemas democráticos funcionan como relojes de engranajes múltiples: cada institución limita a la otra, cada poder vigila al vecino. Pero cuando demasiadas piezas responden al mismo impulso político, el mecanismo deja de equilibrarse y comienza a girar en una sola dirección.Tiene rasgos claros de una dictadura. Y no representa el modelo clásico de democracia competitiva.
Los politólogos suelen llamar a este fenómeno “democracia de hegemonía dominante”: las elecciones existen, pero el terreno de juego ya no está perfectamente nivelado. Algo así como disputar un partido donde un equipo controla el estadio, el marcador y, hasta el pito del árbitro. En este modelo, las elecciones continúan realizándose, pero el equilibrio político se reduce considerablemente.
Otro factor que alimenta la inseguridad política es el debilitamiento estructural de los partidos de oposición.
Durante los últimos años se ha producido:una fuerte deslegitimación de los partidos tradicionales,la fragmentación de nuevas fuerzas políticas,limitaciones para construir alternativas competitivas político electorales, además de la ventaja que le proporciona el poder de cambiar las reglas del juego en cualquier momento y de las condiciones para participar
En un contexto de esa popularidad presidencial a la que le dan seguimiento permanente y dominio comunicacional del gobierno, la oposición enfrenta dificultades para:
Acceder a espacios mediáticos,movilizar recursos políticos,articular un discurso alternativo que conecte con la ciudadanía
El resultado es un sistema político donde la competencia electoral pierde intensidad, acercándose a modelos de predominio casi absoluto de una sola fuerza.
Las reformas recientes al sistema político salvadoreño también han generado debate.
Entre ellas destacan:La reducción del número de municipios,reducción de escaños en la Asamblea Legislativa,cambios en la configuración territorial electoral
Si bien el gobierno ha defendido estas reformas como medidas de eficiencia administrativa y reducción del gasto público, algunos analistas sostienen que también pueden tener efectos importantes en la representación política.
Cuando las reglas del juego cambian de forma acelerada y desde el poder dominante, surge inevitablemente una preocupación legítima:si esas reformas buscan fortalecer la institucionalidad o consolidar la hegemonía política existente, de tal manera que se convierte como en el cuento del “Tigre suelto y Burro amarrado”,constituyéndose así en una ventaja adelantada real.
El contraste es llamativo. Mientras el gobierno domina el escenario político con una estrategia comunicacional disciplinada, la oposición aparece dispersa, como una orquesta que intenta tocar sin director. Y la política, como la música, rara vez suena bien cuando cada instrumento va por su cuenta.
No es necesariamente irregular. Pero sí plantea una pregunta inevitable:¿se está modernizando el sistema… o reconfigurándolo en beneficio de quien ya domina el tablero?La diferencia entre ambas cosas, a veces, es tan delgada como una línea en un mapa electoral.
La batalla por el relato
Si la política del siglo XX se jugaba en parlamentos y plazas públicas, la del siglo XXI se libra en pantallas y algoritmos.Y en ese terreno el gobierno salvadoreño ha demostrado una eficacia notable. A través de redes sociales, campañas digitales y comunicación directa del liderazgo presidencial, ha construido una narrativa política que conecta especialmente con sectores jóvenes de la población. Sin embargo, también genera un fenómeno conocido como asimetría comunicacional, donde la voz del gobierno domina el espacio público mientras las voces críticas encuentran cada vez menos visibilidad. Cuando el debate público pierde pluralidad, la democracia se empobrece.
Quizá uno de los elementos más difíciles de medir, pero también uno de los más significativos, es la aparición de un clima de autocensura política.
Un clima creciente de autocensura política.
Periodistas, académicos y analistas han señalado que el ambiente público se ha vuelto más hostil hacia la crítica abierta. Las voces disidentes suelen recibir respuestas intensas desde el ecosistema digital oficialista.
No se trata necesariamente de censura institucional directa;pero sí de algo más difuso: presión simbólica, hostilidad digital, desgaste público.Y ese fenómeno tiene un efecto silencioso.
La gente mide sus palabras.Como ocurre en esas reuniones familiares donde todos saben que hay un tema prohibido… y nadie lo menciona.Cuando la crítica comienza a incomodar demasiado, la democracia pierde uno de sus nutrientes esenciales: el debate libre..
Cuando la crítica pública comienza a generar temor aunque sea de forma indirecta— la democracia entra en una fase delicada,porque el debate libre es el oxígeno del sistema democrático.
Las elecciones recientes en El Salvador mostraron respaldo popular al liderazgo del presidente y a su partido político.Pero se negaron a auditar la exactitud el resultado principalmente con el voto en el exterior donde solo la representación oficial tuvo presencia y vigilancia en los consulados (tampoco ahí se tuvo autoría que demostró veracidad de los datos.
Es un respaldo real o un ecosistema bien montado.
Sin embargo, la pregunta que comienza a plantearse en ciertos círculos académicos y políticos no gira únicamente en torno al resultado electoral, sino al ecosistema democrático en el que esos resultados se producen.
La legitimidad democrática no depende solo del voto.
También depende de:la pluralidad política,la igualdad de condiciones entre competidores,la independencia institucional,la libertad de crítica,pues cuando alguno de estos elementos se debilita, surge lo que algunos expertos denominan “inseguridad democrática”.
El Salvador enfrenta hoy un dilema político que muchas democracias del mundo han vivido en distintos momentos de su historia:¿cómo mantener altos niveles de popularidad y liderazgo fuerte sin debilitar las instituciones democráticas?
La historia muestra que cuando el poder se concentra excesivamente en una sola figura o movimiento político, los sistemas institucionales tienden a deteriorarse con el tiempo.Y cuando eso ocurre, recuperar el equilibrio democrático puede tomar décadas.
Finalmente ,la democracia como equilibrio frágil, pues la democracia no es un trofeo que se gana una vez y se guarda en una vitrina.Es más bien un sistema vivo, delicado, lleno de tensiones pues comprobado está que :Los gobiernos cambian, los líderes aparecen y desaparecen y las mayorías electorales se mueven como mareas.
Pero las instituciones esas estructuras invisibles que limitan el poder deberían permanecer.El verdadero desafío para El Salvador no es elegir entre seguridad, gobernabilidad o democracia y evitar que una termine devorando a la otra.
Porque cuando la política deja de ser competencia y se transforma en control, la democracia no muere de golpe y se marchita lentamente como una planta que sigue en pie… pero a la que, poco a poco, le han ido quitando el agua.
Por eso, más allá de simpatías o antipatías políticas, el verdadero desafío para El Salvador es garantizar que la seguridad, la gobernabilidad y la popularidad política no terminen debilitando el sistema democrático que sostiene al país.
