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Héctor Silva Arguello y la Democracia como utopía pasada y anhelo pendiente.

Por: Víctor Manuel Valle Monterrosa.

A principios de marzo en curso se presentó en la UCA un libro sobre Héctor Silva Arguello elaborado por el académico historiador Luis Alvarenga con la colaboración de Mauricio Silva Arguello, también académico y hermano de Héctor.

El libro, según fue referido, aborda etapas importantes de El Salvador de los últimos 5 decenios en las que Héctor vivió y actuó desde diferentes trincheras y atalayas y, muy importante, describe la sed inveterada de democracia plena que ha tenido nuestra gente para que la ética de la honradez, aplicada a la sociedad, sea una costumbre asumida por los líderes políticos. Menuda utopía.

Supe de Héctor Silva desde que él cursaba su último año de bachillerato en el Externado de San José, pues un pariente mío, su compañero, se refería a él como una persona muy inteligente y muy buena persona. Además, su padre, el notable médico, Doctor Héctor Silva, era coetáneo y compañero de estudios y graduación de Fabio Castillo Figueroa que, como Rector de la UES, me había encargado desde 1964 la gestión del proceso de admisión a la Universidad. Fabio me presentó al Dr. Silva quien deseaba conocer en detalle en qué consistía el anunciado programa académico de Áreas Comunes al cual ingresaría su primogénito en 1965.

Este programa novedoso para organizar los estudios universitarios lo concebimos en 1963 en la Comisión de Reforma Universitaria y lo echamos andar en 1965, año en el que ingresó Héctor Silva Arguello a la UES. O sea, él fue de los pioneros estudiantes de Áreas Comunes al cual ingresaron estudiantes de Medicina, Odontología, Ciencias Químicas e Ingeniería Agronómica que recibían en el primer año, materias comunes, de ahí el nombre.

En otra ocasión desarrollaré más sobre la novedad del Sistema de Áreas Comunes. Baste reiterar que Héctor fue de los primeros estudiantes en ingresar bajo esa modalidad y tuvo como compañeros a Eduardo Sancho, Alejandro Rivas Mira y 500 más que ingresaron para optar a las carreras arriba citadas en un marco de actuación que a la postre resultó ser un crisol de rebeldía constructiva. Menciono además a otros que ingresaron después de 1965, entre 1966 y 1969, como Rafael Arce Zablah, Virginia Peña, Joaquín Villalobos, Francisco Jovel..

Desde un principio Héctor destacó como líder estudiantil pues contribuyó a fundar la Sociedad de Estudiantes de Áreas Comunes (SEAC) y una revista estudiantil de nombre Hectáreas. Traía de la secundaria fogueo de activismo y liderazgo católico, pues él y compañeros de estudios eran activos en unas “Jornadas de Cristiandad” que contaban con la orientación de sacerdotes diocesanos para darle contenido a la aplicación de la llamada Doctrina Social de la Iglesia.

En el tiempo previsto, allá por 1973, Héctor recibió su título de Doctor en Medicina de la Universidad de El Salvador, con lo cual consolidó su condición de hijo académico de la Universidad primada del país. Después llevó a cabo estudios de posgrado y ejerció su especialidad de ginecólogo dando atención a personas de escasos recursos donde confirmó su sensibilidad y solidaridad con los de abajo.

En 1980 vino el fatídico parteaguas en nuestra historia: un intento de transformación política surgido cuando fue derrocado el general Carlos Humberto Romero. En el contexto de una confrontación geopolítica y una desesperación de los salvadoreños por la abusiva dictadura, en 1980 hubo definiciones y redefiniciones políticas en el país.  Jóvenes del Partido Demócrata Cristiano, desencantados con su  dirigencia que a principios de 1980 pactó con el alto mando militar para contener la lucha popular por la democracia, pusieron “tienda aparte” y fue cuando Rubén Zamora, Héctor Silva, Jorge Villacorta, Juan José Martel y otros fundaron el Movimiento Popular Social Cristiano que pronto se hizo parte orgánica de un Frente Democrático Revolucionario para hacer causa común con el Movimiento Nacional Revolucionario y las cinco organizaciones políticas de izquierda que ya tenía sus correspondientes guerrillas insurgentes agrupadas en el FMLN.

En esos trabajos políticos tuvo participación Héctor y, por los períodos en que él estaba en Estados Unidos para hacer parte de un colectivo político diplomático de la insurgencia, comprobé los rasgos de su personalidad: inteligencia para analizar situaciones, madurez en los razonamientos, apertura para los arreglos conversados, buenas maneras y dotes de líder sin estridencias, pero eficaz para concretar.

Lo demás es de conocimiento público. Fue diputado, alcalde capitalino exitoso, casi candidato presidencial de la izquierda que ya mostraba sus hendiduras fatales y, al final, candidato a la presidencia al margen del FMLN en lo cual no obtuvo el apoyo esperado. Durante esta última aventura, en el 2004, lo encontré en una sala de aeropuerto que coincidimos y me habló de sus perspectivas. Le ofrecí apoyo y deseé buena suerte.

Cuando al final de su vida fue nombrado Presidente de FISDL (entidad pública para alentar el desarrollo municipal) me pareció un acierto. Lamentablemente fue en esa función y en pleno ejercicio de su liderazgo que le llegó el inevitable, para todos, instante fatal. Murió en el 2011 a sus 64 años.  Y El Salvador perdió un notable patriota quien, de acuerdo a mi conocimiento, era inteligente, honrado, de buenas maneras, sensible con los problemas humanos principalmente de los desposeídos de siempre, solidario con los necesitados y firme en sus convicciones de creyente en la democracia.

La vida de Héctor Silva Arguello, en resumen, fue orientada por una bien fundada utopía pasada: construir la democracia plena en El Salvador. Y su recordación permite concluir que la democracia a plenitud sigue como anhelo a cumplir y tarea pendiente en nuestro país.