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De los furros a los therians: la afirmación bestial de una nueva tribu urbana.

Por: Fabian Acosta Rico. Universidad de Guadalajara- México

En la evolución de la mentalidad religiosa ha habido etapas. Desde los albores, los pueblos primitivos imaginaron un cosmos poblado por espíritus, celestes y telúricos; en este entorno animado, el ser humano no era consciente de su diferenciación respecto del resto de las criaturas. Envidiaba y admiraba a algunos animales al grado de convertirlos en tótems: bestias sagradas reconocidas como espíritus ancestrales con los que se identificaba la tribu.

Pero el hombre tomó conciencia de su dignidad y redefinió lo sagrado, dándole el matiz de su propia esencialidad, o bien identificó a los dioses como seres antropomórficos en todos los sentidos. Los concibió idénticos a él en lo fisonómico, lo emocional y lo racional. La humanidad antigua ya no admiraba a los animales: los sacrificaba en sus altares para congraciarse con los inmortales. Aspiraba a convertirse en uno de ellos.

El cristianismo realizó la revaloración suprema de la condición humana: ya no son los hombres, en su insistencia y necesidad de trascendencia, quienes aspiran a ser como dioses; es el propio Dios quien decide volverse hombre. Qué tan digna y significativa resulta para la fe cristiana la condición humana que, en sus concepciones teologales, vislumbra el misterio y el milagro de la encarnación: el Dios hecho hombre.

Desde nuestra cultura judeocristiana y grecolatina transpiramos un humanismo que se vino gestando desde hace centurias; superamos la admiración-envidia de la bestia, dejamos atrás el antropomorfismo de lo sagrado, olvidándonos de los dioses antiguos, y llegamos a la concepción del Dios hecho hombre: el Cristo encarnado. Culturalmente se nos enseñó a estar orgullosos de ser seres humanos. Pero ¿qué crisis cultural estaremos atravesando?, ¿qué vacío y sinsentido existencial nos agobian para querer abjurar de nuestra condición humana?

Cosas de la posmodernidad y de la idea de la deconstrucción: tu ser está definido no por una esencia —y menos divina—, sino por tu autopercepción. Nada desprecia más el actual transhumanismo que la condición humana; le resulta preferible identificarnos con una máquina o un ciborg, o por qué no, como ocurre con los hoy tan famosos therians, con un animal.

Estamos ante un verdadero infrahumanismo, si se me perdona el neologismo. Los therians son la nueva tribu urbana, sobre todo de jóvenes, que sienten una conexión emocional, identitaria y hasta espiritual con un animal. En su estrambotismo utilizan máscaras de perros, lobos, zorros o gatos; se montan una cola de peluche y se desplazan imitando a un cuadrúpedo, realizando en sus afanes exhibicionistas piruetas como si de animales circenses se tratase. Adolescentes alfa o jóvenes de la generación Z buscan notoriedad, convirtiéndose en la sensación de las redes sociales. En TikTok, YouTube e Instagram son la novedad más vista y comentada. A esta tribu urbana se le graba en solitario o en manada en plazas públicas, parques y calles. En un video, un therian intenta interactuar con un perro real y este, estresado, le suelta una dentellada. En otro, a un therian le arrojan comida y este la rechaza. Fue en Argentina donde una madre denunció cómo una pandilla de therians rodeó a su niña; lo que esta tomó como una jugarreta terminó mal, pues uno de sus disfrazados acosadores le dio una mordida en el tobillo.

La moda prolifera y, desde las redes sociales, ahora se ha adueñado de los espacios públicos. Se han anunciado concentraciones de therians en la Ciudad de México (en la UNAM), León, Guanajuato (Arcos de la Calzada), Monterrey, Nuevo León (Universidad Autónoma de Nuevo León), y Guadalajara, Jalisco (la Minerva).

Sorprende la proliferación de los therians: son una moda en ascenso. Han logrado convertirse en un fenómeno global, captando una atención que jamás tuvieron los furros. El furro es más añejo que el therian y constituye toda una subcultura inscrita en el universo friki, pero sobre todo otaku: admiradores de la cultura pop japonesa, aficionados al anime, el manga y los videojuegos.

El furro, inspirado en personajes zoomórficos casi de fábula de series como Beastars, BNA: Brand New Animal o Aggretsuko, gusta de caracterizarse con elaborados disfraces; son artistas del cosplay enfundados en botargas de tiernos animales. Lo suyo es un gusto estético y, sobre todo, un pasatiempo propio de convenciones de cómics. Los therians representan su radicalización, pues se toman en serio su identificación animal: son verdaderos transespecies que se identifican parcialmente con su animal de elección.

La subcultura de los therians desafía siglos de progreso cultural; es, en buena medida, un retroceso a estadios animistas, con chamanes que en sus trances aseguraban encarnar al animal totémico de la tribu. El therian, cambiando lo que haya que cambiar y sin este trasfondo religioso, se imagina dueño de un espíritu bestial confinado en un cuerpo humano; no está conforme con su condición humana y encuentra, en su infrahumanismo, más deseable identificarse con un mamífero cuadrúpedo.

Esta nueva licantropía cultural recuerda precisamente a esos personajes góticos que, con la luna llena, se transformaban en lobos. Con los therians no hay un cuerpo celeste operando una mágica transformación; en ellos priva más bien una especie de misantropía, un desprecio de lo humano, que los incita a querer involucionar hasta igualarse con el animal.