Libro: CÓMO EMPIEZA UNA GUERRA CIVIL.
POR: JOSÉ GUILLERMO MÁRTIR HIDALGO.
La estadounidense Barbara Florence Walter, politóloga y académica de renombre, especializada en conflictos bélicos, violencia y terrorismo, presenta en español su obra “Cómo empieza una guerra civil y cómo evitar que ocurra” en el año dos mil veinticinco. Las dos ideas fundamentales de la mencionada obra son, en primer lugar, que ni las autocracias ni las democracias consolidadas constituyen los sistemas más vulnerables, sino más bien, los países que se encuentran en transición entre ambos. En segundo lugar, una guerra civil se inicia con actos de violencia y terror esporádicos, los cuales son amplificados por las redes sociales. Walter identifica tres factores que conducen a tal eventualidad: el retroceso democrático, el faccionalismo y la política del resentimiento.
Todo el mundo considera que su guerra civil es singular, lo que ha impedido la detección de factores de riesgo comunes. Sin embargo, expertos han recopilado datos sobre guerras civiles a nivel global y han desarrollado un modelo capaz de predecirlas. Ella revela que en el año dos mil diecisiete, se unió a un grupo de trabajo enfocado en la inestabilidad política. Confiesa que las señales de inestabilidad que observó en otras regiones, ahora las ha comenzado a identificar en el territorio estadounidense.
Señala que la guerra civil exhibe características distintivas en comparación con las guerras civiles del pasado. En la actualidad, los conflictos civiles se libran entre grupos religiosos y étnicos diversos. Los combatientes son guerrilleros y paramilitares. Para que un conflicto estalle, es necesario que exista una acumulación previa de diversas variables. Subraya que los ciudadanos de las democracias liberales disfrutan de más derechos civiles y políticos que aquellos que habitan en regímenes no democráticos. Un sistema de gobierno democrático presenta otra ventaja significativa: las democracias plenas enfrentan un riesgo menor de entrar en guerra. Por lo tanto, uno de los mejores indicadores para prever si un país experimentará una guerra civil es su tendencia a avanzar hacia la democracia o a alejarse de ella.
Los países rara vez transitan de una autocracia a una democracia plenamente consolidada. Los intentos de los líderes por democratizar el país suelen acarrear retrocesos significativos o un estancamiento en una zona intermedia pseudodemocrática. Es precisamente en esta franja intermedia donde se desencadenan la mayoría de los conflictos bélicos. Una de las causas primordiales de la insurrección radica en que las transiciones democráticas generan nuevos ganadores y perdedores. El nuevo gobierno en una anocracia tiende a ser frágil, y el Estado de Derecho se encuentra en una fase incipiente. Incluso en las democracias liberales del pasado, consideradas seguras, se manifiestan estas tensiones. Una anocracia es un sistema político híbrido e inestable que amalgama elementos democráticos y autoritarios, sin llegar a ser plenamente ninguno de los dos. Los perdedores se encuentran en la incertidumbre respecto a si la nueva administración será equitativa y les brindará la protección adecuada.
La autora reflexiona que, tras casi medio siglo de creciente democratización, los países, en particular las democracias emergentes, han comenzado a deslizarse hacia una dirección opuesta. Desde el año dos mil, líderes democráticos que han ascendido al poder a través de procesos electorales han empezado a consolidar regímenes autocráticos. Esto ocurre porque estos líderes electos comienzan a ignorar las líneas rojas que salvaguardan sus democracias. Los políticos que cuentan con el respaldo de una facción consolidada disponen de un amplio margen para implementar una agenda tribal que favorezca tanto a ellos como a sus seguidores. Los partidos políticos y sus líderes se transforman en depredadores que anhelan gobernar, excluyendo a otros grupos y a expertos del proceso. Al mismo tiempo, instan a los ciudadanos a continuar actuando o votando en función de su identidad, en lugar de sus convicciones. La probabilidad de conflicto se incrementa aún más si una facción dentro de un país se convierte en una superfacción. Este es un grupo cuyos miembros no solo comparten la misma identidad étnica o racial, sino también la misma religión, clase y ubicación geográfica.
Para que una sociedad se fracture a lo largo de líneas identitarias, es imperativo contar con voceros, individuos dispuestos a proferir afirmaciones discriminatorias y a implementar políticas excluyentes en nombre de un colectivo específico. Estas personas, que ambicionan cargos públicos o buscan conservar los que ya poseen, se asocian con emprendedores étnicos, quienes evocan y manipulan sentimientos de temor como estrategia para consolidar el apoyo del electorado que respaldará su lucha por el poder. Los grupos que recurren a la violencia suelen experimentar la percepción de haber sido marginados del proceso político. Las facciones degradadas hacen referencia a miembros de colectivos que sienten haber perdido un estatus que consideran legítimamente suyo y, en consecuencia, alimentan un resentimiento profundo.
El psicólogo y economista israelí-estadounidense Daniel Kahneman, junto con el psicólogo cognitivo y matemático israelí Amos Tversky, llevaron a cabo experimentos en los que indagaron si los participantes estarían dispuestos a participar en un juego en el que contaban con un cincuenta por ciento de probabilidad de ganar y las mismas posibilidades de perder. La mayoría de las personas respondía con una negativa, ya que los seres humanos poseen una notable aversión a la pérdida.
Walter sostiene que los individuos son capaces de soportar años de pobreza, desempleo y discriminación. Aceptan instituciones educativas de escasa calidad, hospitales deficientes y una infraestructura negligente; sin embargo, hay algo que no pueden tolerar: perder el estatus en un lugar que consideran legítimamente suyo. Las facciones más peligrosas son aquellos grupos que, en tiempos pasados, fueron dominantes y que hoy enfrentan un inevitable declive. Por otro lado, las desigualdades económicas parecen exacerbar la paz y el resentimiento existentes, permitiendo a los más acaudalados oprimir a los más desfavorecidos.
Walter se cuestiona: ¿Cómo surgen, entonces, las guerras civiles? ¿Quiénes son los que suelen iniciarlas? Responde que son los grupos marginados en las anocracias, dominados por facciones étnicas. Cuando un colectivo pierde la confianza en el sistema vigente, emergen los radicales para ofrecer una alternativa.
Las elecciones pueden tener un efecto similar. En ocasiones, pueden propiciar una fragmentación en facciones y alentar a los políticos a emplear la carta étnica. En determinadas circunstancias, las guerras civiles pueden retroceder a un único incidente, a un detonante: unas elecciones, manifestaciones fallidas y catástrofes naturales, con el fin de movilizar el apoyo necesario para alcanzar el poder. La mayoría de las veces, los conflictos armados se inician con pequeñas agrupaciones de extremistas. Los gobiernos pueden llevar a una sobreactuación y desencadenar una reacción conflictiva de mayor envergadura. La autora señala que no es la primera vez en la historia que populistas con inclinaciones antidemocráticas acceden al poder. Tampoco es la primera ocasión en que las democracias experimentan un retroceso.
Antes, las autocracias se producían cuando generales militares daban Golpes de Estado, ahora, en cambio, las propician los propios votantes. A medida que la población pierde confianza en el proceso democrático, se muestra más dispuesta a apoyar a un sistema alternativo. Al depositar el poder en manos de individuos carismáticos que les prometen protección y un futuro determinado, estos ya han logrado utilizar sus medios de comunicación favoritos, las redes sociales y se han consolidado en el poder.
Walter expresa que por primera vez, en más de dos cientos años, Estados Unidos es una anocracia. Y una democracia parcial tiene el triple de posibilidades de sufrir una guerra civil. En medio de este marasmo político, irrumpe el mayor emprendedor étnico: Donald Trump. Quien ha alentado la división en facciones por motivos étnicos.
La mayoría de las insurgencias atraviesan por fases similares de desarrollo durante su ciclo vital. En la fase previa a la insurgencia, los grupos se identifican con los agravios comunes y construyen una identidad colectiva. En la primera fase comienzan a reclutar miembros, a hacer acopio de armas y provisiones.
La segunda fase es la fase de insurgencia, es la fase de conflicto incipiente, acciones violentas de baja intensidad que pretender comunicar su misión, recabar apoyos y provocar una reacción desmedida por parte del gobierno. La discriminación es la tercera fase, es cuando un grupo niega o suprime los derechos de los demás. La deshumanización es la fase cuatro, en ella se utiliza el discurso publico para enfrentar a los ciudadanos con los integrantes del grupo opositor. La quinta fase es la organización, es cuando un grupo empieza a reunir un ejército o milicia para erradicar al otro. Walter considera que Estados Unidos se encuentra en la quinta fase.
La sexta fase es el aceleracionismo, creencia apocalíptica que la sociedad no tiene remedio, por lo que hay que precipitar los acontecimientos para establecer un nuevo orden. La séptima fase es la lógica del genocidio como estrategia de autodefensa. La limpieza étnica es la octava fase, espoleada por el miedo a sentirse amenazado y vulnerable. Y la novena y última fase es el exterminio.
Walter finaliza contando que Sudáfrica se hallaba más cerca de la guerra civil, en mil novecientos ochenta y nueve, de lo que Estados Unidos esta hoy. Fueron los lideres al mando, Frederik Willem De Klerk y Nelson Mandela, quienes escogieron colaborar y evitaron a Sudáfrica más conflicto y derramamiento de sangre. Mandela pudo haberse convertido en un emprendedor étnico, en lugar de ello predico el perdón, la unidad y la paz.
