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ALGO TENEMOS EN COMÚN: LOS VENDE PATRIAS.

POR: TOÑO NERIO

Las inmensas tierras que desde el principio fueron llamadas con nombres nacidos del error, -y que, por hoy, solo por hoy- se denominan América, forman un continente en el que la afrenta sentó sus reales, la matonería estableció su reino y el miedo y la estupidez –del latín que apela al aturdimiento y el estupor paralizantes- fue nombrado democracia.

Indefectiblemente, mucho antes que los Estados Unidos nacieran, una ominosa nube con olor a cadaverina y putrescina ha estado presente a ras de tierra en toda la geografía del continente americano.

Desde la llegada a nuestro suelo de los primeros súbditos de la corona británica, hasta los tiempos actuales, la muerte violenta se ha ensañado de modo permanente en contra de las poblaciones que habitan estos territorios continentales y sus islas.

No obstante ser nosotros los habitantes de estas tierras a partir de la prehistoria, durante quinientos años los asesinos anglosajones han pugnado por darnos muerte para exterminarnos y llenar la geografía con sus descendientes. Todo por una sola razón: la rapiña de una caterva perversa, ávida de riqueza material como sustento de su poderío militar y político.

Si alguien conoce el nombre de un lugar de nuestra América que no haya sufrido la invasión expoliadora inglesa o estadunidense, que me lance la primera piedra.

Es que, primero los ingleses y, posteriormente, sus degenerados herederos, han aniquilado a los pobladores originarios en pos de todo lo que consideran valioso que está por encima de la superficie y en el subsuelo. Han atacado sin cesar, en el mar y en la tierra, con la rabia de un criminal enloquecido y feroz, robando, saqueando, destruyendo y masacrando, bajo el mismo lema “God save…”, agréguele usted “the queen”, “the king” o, si le parece, el nombre de “America” -así, sin la tilde en la e-, del cual también se han apropiado en su multifacética lucha ideológica mediante la que intentan imponer la idea de que ellos –los anglos- son América, nuestra casa ancestral.

A partir de Enrique VIII –por si no lo conoce: un hombre que impunemente asesinaba a sus esposas, así como sus hijas continuadoras crueles de su costumbre maldita, María e Isabel, las dos medias hermanas sanguinarias que gobernaron tras su muerte-, todos los reinados de Inglaterra han sido una sucesión de gobiernos, solapada o abiertamente, piratas. Un ejemplo conocido de la piratería gubernamental franca y desembozada es Francis Drake, Caballero del reino de Isabel I. Un vil pirata con patente de corso, es decir, un corsario.

Los gobiernos sucesores, pertenecientes a otras dinastías, y hasta la actualidad, siempre ejecutaron a donde llegaron, desde el principio de su expansión, estrategias genocidas, siglos antes de que a esa acción exterminadora se le pusiera el nombre de “tierra arrasada”. En Asia, África, Oceanía y América, han derramado tanta sangre asesinando a tanta gente, como nunca ningún imperio fue capaz.

No es, pues, ninguna novedad que en nuestros días el gobernante a cargo del imperio sea un cínico cruel y despiadado. Esa es la más destacada de las características que todos esos abominables gobernantes imperiales tienen en común. Hasta el mismísimo Abraham Lincoln fue un asesino canalla que, al mismo tiempo que libraba una guerra para eliminar las cadenas y grilletes de la esclavitud de la negritud –para ponerlos a vender su fuerza de trabajo en las fábricas y someterlos a una novedosa forma de esclavitud más sutil-, autorizaba el exterminio de las poblaciones Sioux, aborígenes que habitaban lo que hoy es el estado de Dakota del Sur, al oeste de los ríos Minnesota y Mississippi.

Abraham Lincoln fue, efectivamente, el autor de la mayor ejecución masiva de la historia de los Estados Unidos. Me refiero a la mayor ejecución masiva realizada dentro de las leyes y por parte de las instituciones de todos los niveles. Mayores –y mucho peores- fueron las ejecuciones masivas, fuera de toda ley, pero con el permiso tácito de las autoridades, en las que asesinaron con saña inenarrable e indescriptible a hombres y mujeres de todas las edades y condiciones físicas, desiguales en tecnología de guerra e incapaces de defenderse. Pero ese criminal genocida pasó a la historia oficial estadunidense como un santo.

Del tiempo de los corsarios y los libertadores de esclavos hasta estos días han pasado centenares de años, sin embargo la cultura política imperial respecto de los pueblos débiles que se encuentran sometidos y son dependientes continua inamovible. Para el resto, esos que han decidido y han podido alejarse del influjo imperial –como Cuba-, el cerco es inclemente.

El aislamiento internacional es el equivalente moderno del sitio que por diez años establecieron los aqueos que cercaron Troya o los dieciocho días que duró la maniobra del turco Mehmed cuando impuso su asedio sobre Belgrado o los doscientos días que los nazis mantuvieron sitiada Stalingrado.

La finalidad es la misma, vencer por hambre y sed al pueblo sitiado. Durante meses, y hasta años, los ejércitos rodean las ciudades enemigas. El peor de los crímenes de lesa humanidad de ese tipo es el que el infame John Fitzgerald Kennedy le impuso desde el 3 de febrero de 1962 a la isla de Cuba. En pocas semanas se cumplirán 64 años continuos desde que dio inicio esa agresión.

Tras cuatro meses de ataques contra humildes barcazas de pescadores en aguas del Caribe y del Pacifico, los acosadores de Venezuela finalmente dieron su zarpazo contra el presidente constitucional y consiguieron secuestrarlo junto con su esposa. Exitosa maniobra militar -y generosa y heroica rendición del acechado- para evitar una mayor sangría a su pueblo.

Al ofrendar su libertad a cambio del cese del fuego contra sus soldados, policías, milicianos y civiles, Nicolás Maduro ha dado una voltereta a su posición en todo el discurso enemigo. De ser el bandido al que se le acusaba de todo lo malo, ha pasado a ser la víctima de una gran farsa orquestada por los organismos de inteligencia estadunidenses en total connivencia con sus medios de propaganda y la ridícula y minúscula oposición. De bandido a héroe y mártir.

El propio presidente de los Estados Unidos ha desmentido la tan propalada victoria electoral de la oposición en las presidenciales, al afirmar que esos canallas vende patrias “no tienen ni el respaldo ni el respeto” de la ciudadanía dentro del país. Es decir, que era una enorme falacia toda la versión acerca del presunto fraude. A Maduro lo apoya el setenta por ciento del pueblo, dijo.

Mientras tanto, el Departamento de Justicia aclaró que todo lo que se había estado hablando acerca de un supuesto cartel de narcotraficantes llamado “de los soles”, que era encabezado por el propio jefe de Estado venezolano, era en realidad solo una construcción de los periodistas amarillistas que de ese modo se referían a los jefes militares corruptos durante el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez, al principio de la década de 1990.

De tal modo fue el impacto de esa revelación de la verdad que en la corte neoyorkina que juzga al legal y legítimo presidente venezolano se desestimaron los cargos relacionados con esa organización criminal ficticia.

No obstante, “la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza” que se menciona en el Artículo 2 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas sigue siendo palabra hueca para los que encabezan el imperio.

La propia Venezuela, Cuba, Colombia, México y, por qué no, también Brasil, están en el punto de mira del colimador del arma que apunta directamente a su soberanía y a su integridad territorial y a la libertad y dignidad de sus pueblos. Como antes y como hoy.

Igual que en los siglos pretéritos y en las décadas recientes de la historia de nuestras frágiles y divididas naciones de América Latina, tenemos a la vista, en común y con toda certeza, y sin que calce ninguna duda, un horizonte de agresiones imperiales.

Al igual que en todos los tiempos, también en estos tenemos en común esa lacra de cipayos, los traidores que, sean cuales sean las razones que arguyan, siempre son capaces de entregar la Patria al enemigo antes que permitir que la tome en sus manos el pueblo trabajador.

Bien lo decía pocas horas antes de su muerte -en la batalla de Dos Ríos- el Apóstol José Martí, en su carta inconclusa del 18 de mayo de 1895 a Manuel Mercado, “sin duda, llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la isla a los cubanos”.

Del mismo modo que los llamados “próceres” centroamericanos en el párrafo 1 de la Declaración de Independencia se excusaban de tener que declarar la independencia de las provincias respecto de la Corona “para prevenir las consecuencias –que serían terribles- en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.” ¡Vendepatrias!