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La adolescencia termina a los 32 años, revelan las neurociencias.

Por: Fabian Acosta Rico. UNIVA – México.

¿Fue la adolescencia, como edad cronológica, una invención de la modernidad? Haciendo una audaz retrospectiva, las culturas primitivas interrumpían la infancia a edades muy tempranas: diez o doce años. El púber se “convertía” en adulto tras un periodo de entrenamiento que lo preparaba para los ritos iniciáticos de transición a la adultez.

Con la instauración del Estado nación —o Estado moderno— vino la creación de los sistemas de educación pública. La instrucción de las nuevas generaciones se volvió una responsabilidad de los gobiernos. Se buscó homogenizar la preparación y graduarla por edades cronológicas y biológicas: niños, adolescentes y jóvenes.

Con la posmodernidad nos entendimos con la progresión de la maduración del ser humano bajo otros criterios, menos condicionados por el avance escolar de la cognición. Aniñar al analfabeto era algo común. Pero eso cambió con el creciente reinado del consumismo, convertido en meta global. Tus gustos y hábitos de consumo empezaron a definir tu generación: millennials, centennials, alfa…

Muchos se rezagaron o regresaron a sus gustos pueriles o adolescentes. Nostalgias de la infancia que incidían en las adquisiciones, aficiones y esparcimientos del sujeto posmoderno. Adultos comprando juguetes retro, vistiendo camisetas de superhéroes, jugando videojuegos noventeros, viendo anime, leyendo cómics… ya no eran motivo de asombro ni de descalificación. El mercado de las mercancías pop los necesitaba y alentaba a seguir comprando.

La psicología los diagnosticó bajo el complejo de Peter Pan; la antropología los clasificó como la tribu urbana de los kidults. Un aventurado politólogo como Agustín Laje señaló en su libro Generación idiota que estamos bajo el imperio de una cultura adolescentrista. Comportarse, consumir, pensar y opinar como adolescente se volvió tendencia: está de moda.

Pues lo que nos faltaba: ahora resulta que las neurociencias acaban de demostrar que, más allá de las transformaciones morfológicas y las revoluciones hormonales, la adolescencia es un estado neuronal, uno de cinco. La niñez va desde el nacimiento hasta los 9 años; a partir de esta edad viene la adolescencia, que se prolonga hasta los 32 años; tiempo en que inicia la adultez, la cual termina a los 66, cuando arranca la vejez temprana, que se prolonga hasta los 83 años, dando paso a la vejez tardía.

El estudio que arrojó estos resultados tuvo todo el rigor científico: en él participaron cuatro mil sujetos de hasta 90 años que se sometieron a escaneos que reportaban sus conexiones neuronales. Corrió por cuenta de investigadores de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, quienes demostraron que el cerebro mantiene su fase de adolescencia hasta principios de los treinta años, momento en que alcanza su máximo potencial.

Incluso como tema de salud mental pública, es durante este periodo de la vida —de los 9 a los 32 años— cuando somos más propensos a desarrollar alguna psicopatología o trastorno, como ansiedad, depresión o neurosis.

Esta propensión a las enfermedades mentales suele deberse a que esta etapa de la vida es cuando nuestras conexiones cerebrales experimentan un periodo de eficiencia desmesurada. Nuestras sinapsis están en todo su apogeo, dejando expuestas a las neurodivergencias; caer en ellas sería relativamente sencillo si las circunstancias resultan propicias.

Y las condiciones sociales, culturales y económicas de la posmodernidad con facilidad se conjugan para golpearnos emocionalmente, siendo los jóvenes —los neuronalmente adolescentes— los más vulnerables.

La edad adulta neuronal es la más prolongada: comprende aproximadamente tres décadas. En ella los cambios resultan más paulatinos si los comparamos con la etapa anterior; no obstante, nuestro rendimiento mental comienza a declinar, pero no de manera notoria ni repentina.

El envejecimiento temprano comienza a los 66 años y no es, pese a lo que se podría suponer, una caída en picada de nuestras capacidades neuronales; sin embargo, sí se producen cambios en los patrones de las conexiones en el cerebro. El funcionamiento de nuestro cerebro, en vez de operar como un todo, se va sectorizando en regiones que trabajan estrechamente entre sí, pero manteniéndose independientes. Aunque en esta etapa los individuos suelen mantenerse sanos cerebralmente, sí empiezan a manifestar cierta demencia e hipertensión que afecta la salud cerebral.

En el envejecimiento tardío, que comienza a los 83 años, este declive tiende a acentuarse. Durante la investigación resultó más problemático encontrar cerebros sanos pertenecientes a este grupo, por lo que se obtuvieron menos datos sobre ellos.

Ahora bien, la gran ausente en estas edades neuronales es la juventud: pasamos abruptamente de la adolescencia a la adultez como resultado de las reconfiguraciones que sufren nuestros cerebros a lo largo de su desarrollo.

¿Qué tanto convendrá validar los resultados del presente estudio? Si los tomamos en serio y les damos pertinencia, entonces, como sociedad, estaríamos obligados a reconsiderar el trato, las exigencias y los cuidados que debiéramos dispensar ahora a nuestros adolescentes tardíos. Partiendo de las evidencias científicas, ¿lo correcto sería ser con ellos aún más sobreprotectores e indulgentes? En otros tiempos, nuestras civilizaciones se brincaron la adolescencia y socialmente funcionaban; ahora, cultural y científicamente, insistimos en prolongarla.