Trump y el triunfo de la Ilustración oscura.
Por Carlos Fernández Liria.
El día de Reyes, Enric Juliana publicó un artículo en el que nos anunciaba un regalo muy especial: un tren eléctrico. En uno de sus vagones viajaba Curtis Yarvin, el bloguero más famoso de la Casablanca, muy citado por el filósofo Nick Land, defensor de lo que él llama la Ilustración oscura. Terminaba diciendo: «Jueguen con el tren, y mañana, en la batalla, piensen en qué ha pasado estos días. Se está iniciando algo nuevo». Así es. El año 2026 ha amanecido oscuro.
Se dijo que se invadía Iraq para defender la democracia y era mentira, lo que importaba era el petróleo. «No más sangre por petróleo» era un lema contra la hipocresía. Ahora se ha invadido Venezuela, se ha dicho directamente que es por el petróleo y también es mentira. Es verdad que, en su discurso, Trump utilizó 23 veces la palabra petróleo y 0 veces la palabra democracia. Pero el objetivo no podía ser tampoco el petróleo, porque para obtenerlo no tenían más que levantar las sanciones que ellos mismos habían impuesto al régimen de Maduro, tanto más cuanto que, al parecer, se va a comprar a precio de mercado y al mismo aparato chavista, al que han dejado intacto. El verdadero objetivo es la Ilustración oscura. Lo explicó Curtis Yarvin cuando decidieron cambiar el nombre del golfo de México por golfo de América. «Parece una tontería, pero es una manera de demostrar que puedes hacer lo que te dé la gana». Ahora es lo mismo, lo importante es dejar muy claro al mundo que se ha terminado con cualquier pretensión de derecho internacional o nacional (no se pidió autorización o se informó siquiera al Congreso). El verdadero resultado más que nada ha sido una cuestión de principios: es el fin de las pretensiones del derecho y la celebración del desnudo imperio de los hechos. La Ilustración oscura se ha consolidado. En efecto, es un antes y un después. Recordaremos estos días como aquellos en los que el proyecto político de la Ilustración fue definitivamente derrotado.
Estábamos acostumbrados a la impotencia de la razón. Pero no a un mundo en el que pretender tener razón no tuviera ya ninguna importancia o fuera más bien algo despreciable y ridículo. Para entender lo que esto significa hay que leer a Nick Land. La Ilustración oscura aboga por acabar de una vez por todas con la obsoleta «ideología» de los derechos humanos, algo así como una disolución de la ONU y cualquier institución encaminada a defender el derecho a nivel internacional. «Llamar superstición a la creencia en la igualdad humana sustancial es insultar a la superstición», nos dice Nick Land, hablando de los derechos humanos. «Puede que sea injustificado creer en los duendes, pero, al menos, la persona que mantiene esa creencia no está viendo que no existen durante las horas del día. La desigualdad humana, en cambio, y en toda su abundante multiplicidad, se exhibe constantemente. Las personas no son iguales, no se desarrollan igual, sus objetivos y sus logros no son iguales, y nada puede igualarlas. La igualdad sustancial no tiene relación con la realidad, salvo con su negación sistemática».
Esta majadería también solía repetirla Gustavo Bueno respecto del artículo II de la Declaración de los derechos humanos, y no se sabe por qué solía hacer gracia a algunos materialistas de corte spinozista. En el fondo, lo único que se está diciendo es que tenemos que aceptar que en el mundo no haya otro derecho que el de la fuerza de los más poderosos. Pero no es así. La Declaración, y la propia ONU, puede resultar muy impotente, pero sólo en tanto que es derrotada. Otra cosa es que haya mucho interés por parte de algunos en derrotarla y en prestar su colaboración para su derrota. Y mucho interés también en que no haya posibilidad de distinguir las victorias de las derrotas. Algunos llaman «materialismo» a eso, a la constatación de que en este mundo no hay más que victorias, porque sólo el que es capaz de vencer tiene derecho a existir.
Así fue desde el principio, desde sus orígenes en la Ilustración. Todos los seres humanos se diferencian por su raza, color, sexo, parentesco, religión, etc., pero existe un a priori en el que todos son iguales a la hora de tener «derechos y libertades». Ese a priori ya no existe para Nick Land. Esto es tanto como decir que los filósofos han pensado en vano el deber ser y, por lo tanto, si ha de tener Kant alguna razón, la libertad. Nick Land y Curtis Yarvin se han metido un pico de metanfetamina y han superado a Kant y Hegel, y, en general, a la historia de la filosofía.
El texto de Land que acabamos de citar es absurdo y solo puede haber sido escrito de mala fe. El primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano decía: «Los seres humanos nacen y permanecen libres e iguales en derechos». No se afirma que nazcan iguales, sino que son iguales en derechos. Y que tienen derechos porque son libres. Y que permanecen libres e iguales en derechos, aunque fácticamente se les aprisione en una jaula. Eso no quiere decir que no puedan ser esclavizados; solo que no hay derecho a ello. Que todos tengamos los mismos derechos no quiere decir que seamos un ejército de clones idénticos. Quiere decir que hay algunas diferencias que son legítimas y otras que no; en concreto no lo son aquellas que van contra el hecho de que todos tengamos los mismos derechos. Esto no es un mero flatus vocis propio de filósofos que están en la luna. Es un hecho tan impresionante como la revolución francesa, de la que dijo Hegel que fue «obra de la filosofía».
Cuando se dictó la Declaración, el partido colonial consideró literalmente que se había impuesto «el Terror». El Terror todavía no era Robespierre, era la Declaración. «En septiembre de 1789, Rivarol, periodista monárquico, denunciaba lo que veía como un peligro en la declaración de derechos: «Con la Declaración de los Derechos en la mano, los negros en nuestras colonias y los domésticos en nuestras casas pueden echarnos de nuestras propiedades»». Era o la Declaración o las colonias. A este tipo de comentarios fue a los que luego respondió Robespierre diciendo: «Perezcan las colonias antes que renunciar a un principio».
Este es el hecho. El 4 de febrero de 1794 se dictó la abolición de la esclavitud en Francia. Textualmente: «La Convención declara la esclavitud de los negros abolida en todas sus colonias; en consecuencia, decreta que todos los hombres sin distinción de color, domiciliados en las colonias, son ciudadanos franceses y gozarán de todos los derechos asegurados por la Constitución». Otro hecho: Robespierre fue guillotinado y, al final, fue él quien cargó con el título de representante del Terror. Pero no hay que olvidar que ese título fue primero encasquetado (por las mismas fuerzas que lo guillotinaron) a la propia Declaración.
El 10 de mayo de 1802, Napoleón promulgó la ley que restablecía la esclavitud. Ello causó 10.000 muertos en Guadalupe, suicidios masivos de exesclavos en la Reunión. En Haití, en cambio, los exesclavos derrotaron al general francés Leclerc y alcanzaron la independencia el 1 de enero de 1804.
Todo esto son hechos, no duendes que viven en castillos en el aire. Son hechos que tienen que ver con un derecho. Hechos que acontecieron a causa de las tensiones que introduce en este mundo el derecho: el hecho de que, entre los hechos, hay un hecho que es el derecho.
Todo ese supuesto «realismo materialista», como el que exhibe Nick Land, es simplemente ridículo. Hay que ser materialista hasta el final, en el sentido que decía Chesterton: «Era tan materialista que solo creía en los hechos. Pero lo era hasta tal punto que prefería un hecho incluso al propio materialismo».
El hecho de que haya mil diferencias de clase, de género, de talento, de aspecto físico o de lo que sea no impide que exista el hecho mismo del derecho. La historia del derecho es un hecho, y buenos efectos ha causado en la historia de la humanidad. Hay desigualdades: eso es un hecho. Y también es un hecho que no hay derecho a que existan algunas de esas desigualdades. No se entiende qué puede tener esto de asombroso para una mente como la de Nick Land. La «Ilustración oscura» debería escribir su Crítica de la razón pura, porque, por el momento, los crípticos pastiches de Land y Yarvin dan bastante vergüenza.
Por ejemplo, frente a Robespierre y la Montaña, el poder económico había reclamado su independencia, su derecho a quedar al margen de cualquier control político. Así, por ejemplo, la esclavitud era una cuestión económica que no debería incumbir a la política. A ese supuesto derecho se contraponía otro derecho, el que había sido recogido y votado en la Declaración. Lo mismo pasaba con el precio del grano, que supuestamente debería quedar al margen de consideraciones políticas. Pero para hacer valer ese derecho, los propietarios reclamaban que se impusiera nada más y nada menos que la ley marcial. Como se ve, por tanto, los derechos y los hechos se entrecruzan y producen nuevos hechos, unos que son derrotas y otros victorias, derrotas para unos y victorias para otros.
Esto no ocurre con los «duendes» de los que habla Nick Land. Los derechos no son creaciones de la fantasía, sino hechos bien asentados en la realidad, al menos mientras en la realidad exista eso a lo que llamamos libertad.
La Declaración de Derechos no fue una quimera irrelevante. Fue el Terror de la «clase de los poseedores» y les costó mucho trabajo y mucha sangre derrotarla (incomparablemente más de lo que le cuesta a Nick Land escribir estos libros). Finalmente lo consiguieron, de modo que esa supuesta «quimera» permaneció en la sombra hasta 1948, momento en que renació en una institución cargada de impotencia, como la ONU. Fueron siglo y medio de silenciamiento y de derrota de las aspiraciones de la razón. Fue también la derrota de las clases sociales más desfavorecidas. Pero una derrota de clase no te convierte en un duende o en una quimera: te convierte en una clase derrotada, algo por desgracia bien real y concreto. En estos momentos, es peor. Asistimos a la derrota de la humanidad. No nos hemos librado de una quimera, acabamos de sufrir a nivel mundial la derrota del derecho internacional. Es un hecho.
